No sabía si titular este artículo ‘Una noche en el museo’, ‘Paseando con las momias’ o el ‘Paciendo con las vacas sagradas’, así que lo dejamos en Naftalina, pues a una semana de los sucesos que voy a describir persiste en mis narices (con perdón) el olor ese con que en casa de mis abuelos intentaban combatir a la carcoma.

Tenía sin pararme en un museo, con la salvedad del MUSE donde estuve trabajando, varios meses, casi un año según mis cuentas; me contaron de la exposición de Antonio Saura en el Posada, fui, pagué mis veinte pesos, vi las obras del pintor español -que, asunto aparte, me encantaron- y a otra cosa mariposa.

La semana pasada volví, ahora al Museo de Aguascalientes; un amigo me invitó y la invitación me pareció tentadora, por lo menos para pasar un rato. Obras de Macotela, Castro Leñero, el surrealista Luquín y Monroy, a propósito, decían, del centenario de la muerte de López Velarde; allí, en ese ritual de las inauguraciones, recordé por qué no asisto yo a esos eventos: por aburridos. Luego los hay que se preguntan por el poco o nulo interés de la gente en los asuntos de la cultura: esos rituales matarían de muermo al mismísimo santo Job.

Tampoco voy porque creo que corre cierta mala fama respecto a mi humilde persona entre los funcionarios culturales, que por lo demás son los únicos que suelen asistir a esas veladas donde el hastío y la nada son el tema central; deberían agradecerme, así por los menos les procuro un entretenimiento: el de espiarme para ver si no me robo unos de los indios de Herrán.

Me acordé de un día que, hace ya unos 15 años, me fui a tomar un café a la Casa de la Cultura, creo que con el Ginger (Engels) y mi compadre Alonso. Pude ir a cualquier café, pues a eso iba: a sentarme con un par de amigos. Algún funcionario del ICA me vio, corrió a darle la alarmante noticia al entonces director, Alejandro Lozano, que se pasó caminando el pasillo de la galería superior el largo rato que estaba yo allí, seguro pensando que me iba a birlar, lo menos, el azucarero de la mesa.

Dicho esto, la obra que exponen ahora es más bien dispareja y López Velarde, más que pretexto es una coartada. Los trabajos de Macotela (de una colección particular de un coleccionista de por estos lares) y la de Castro, interesante y atractiva; la de Luquín, regular, digamos (o digo yo), que le he visto trabajos más logrados y mucho más interesantes; lo de Monroy, del que he visto obras mucho mejores, digamos que esperpéntico, pero más que eso -el esperpento en el arte vale como lo que más- parecía apresurada, violenta, inacabada.

¿Qué tenía que ver aquello con López Velarde? Nada. Nada, con la salvedad de los títulos de la obra de Monroy, que igual se podía llamar ‘Suave Patria’, que ‘Masacre en Irapuato’, ‘Terror en Zacatecas’ o ‘Por mi madre, bohemios’. La obra de Castro Leñero y Macotela, ya de vieja manufactura fue colgada allí, supongo yo, para que alguien diga que en el ICA algo trabajan. Como los únicos asistentes eran empleados del Instituto, pues nadie se dio cuenta de nada.

El resto es ver las miradas consternadas, de alarma o de recelo, que sentía a mis espaldas, hasta que el aburrimiento, el olor de naftalina y el fantasma de Lozano, me invitaron a salirme de allí y agarrar el camino a mí casa.

Yo sugeriría, por si a alguno le interesa mi sugerencia, que esa exposición, o cualquier otra, que da lo mismo, se quede colgada y sirva para ‘celebrar’ otras efemérides presentes o futuras, como el centenario del nacimiento de Astor Piazzolla, los cien años de la creación de la SEP, o el bicentenario de la consumación de la independencia de México. Si la dejan para noviembre podemos celebrar mi cumpleaños, con la promesa de que no voy a invitar a nadie (nadie iría) y que me portaré como el ciudadano respetable que soy y no me voy a robar la ‘Malgré Tout’, o la réplica, que es lo que tienen en el citado museo.

¡Shalom!

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