Jorge Ricardo
Agencia Reforma

HUAJICORI, Nayarit.- «Mejor no le digo, me da vergüenza», dice, y mejor informa que se llama Petra Gamboa González, que vive aquí, en San Andrés Milpillas, a cinco horas en auto desde Tepic, hacia la zona serrana nayarita, sobre las nubes, alejada de todo, en la frontera nublada y lodosa con Sinaloa y Durango.
Que vende pan con figura de puerquito pero que ya se le ha terminado. Las puntas verdes de los cerros resplandecen con el sol de la tarde, igual que el cabello gris de Petra Gamboa, indígena tepehuana, que se recarga en una cerca de madera y enseña su cesto vacío, canasta tan vieja como ella.
«Al Presidente Obrador lo queremos y lo seguimos mucha gente, por eso vendí toda mi canasta», afirma y al fin se anima a decir su edad: Ya 80 años.
-¿Y por qué le da vergüenza?
-Pues, por haber vivido tanto.
Es el efecto López Obrador. La idea, la fe, la creencia de que todo mejorará si lo promete él. Aunque no mejore. La certeza de que muchas cosas existen sólo porque él las mira. Petra Gamboa, por ejemplo: «Aquí nunca nadie nos había venido a ver, ni un Presidente llega, nadie sabía que existimos».
López Obrador dejó la Suburban y cruzó desde Mezquital, Durango, en un helicóptero que aterrizó en el aserradero del poblado de 500 habitantes indígenas y casas de madera. Hasta allá lo siguieron.
Platanares, caballos comiendo en el arcén, campesinos con machete, eternos en el absoluto sol del medio día. Pedazos de caminos de concreto y piedra, y luego el verde se iba al cielo, sobre desfiladeros de tepetate mojado sobre el que sólo podían subir las camionetas 4×4 de la Secretaría de Bienestar. A medio camino, entre el ruido de arroyos y las peñas, había un carro de volteo y cuatro hombres pidiendo auxilio.
«Nunca tuvimos estar oportunidad y nos dijimos: vamos a ver al viejón. Íbamos atrás arriba de la grava, pero se fregó la góndola», cuenta José Luis Torres Belmonte, mientras acomoda sus botas en la caja de la camioneta.
De bigote blanco, 66 años, cabeza calva, campesino del ejido El Resbalón, beneficiario del Programa Sembrando Vida. Dos hombres más jóvenes corrieron a treparse con él. Otro más, un anciano, ya no pudo alcanzar la camioneta.
«Pobre, tiene 82 años y tenía ganas de ver a Obrador», lamenta Belmonte.
«Acá no hay camino. No hay luz, no hay medicinas, no hay señal de teléfono. Los paneles solares te los roban. Donde está ese pinito es donde agarra señal. Mejor el pinito tiene señal que nosotros», se quejó el de la camisa abierta, ondeada por el viento, desde el escalón de la caja. Describiendo lo que no podía verse entre el desfile veloz de los ocotes.
En el aserradero aterrizaron cuatro helicópteros, dos militares. Las ramas estaban recortadas en la entrada del pueblo. La orilla de la terracería, adornada con piedras pintadas con cal. El centro, cerrado a con vallas de metal, policías estatales y militares. Estaban todos los pobladores, más los que llegaron de más lejos. Nunca en la historia había llegado un Presidente.
«Del DIF de Acaponeta nos trajeron unas siete, ocho personas, de San Blasito, estuvo bien porque es un día y medio a pie», platica Nemesio Reu. Sus pies, dos terrones filosos, sujetos apenas por un par de huaraches.
Una mesa cuadrada entre canasta y canasta de la cancha. Sentados en la mesa los funcionarios y 150 beneficiarios del programa de pensiones, tuvieron sillas para sentarse en las primeras filas. Los demás, apretaban las orillas de sus huaraches en la tierra suelta junto al arroyo, debajo del enlonado.
Recargaban los brazos sobre las vallas y más atrás, de brazos cruzados a pleno sol junto a las casas de teja vieja. En una esquina de la cancha, en una puerta que era una cortina de tela, el público entraba y salía del baño público.
López Obrador se veía fresco. Como siempre, caía en la tentación de sí mismo. «Fíjense que no tengo remordimiento de consciencia porque desde que llegamos al gobierno empezamos a trabajar en beneficio de los pobres», expresó ante los indígenas, ya cansados de esperarlo desde las nueve de la mañana.
«Fíjense la gran injusticia, que los fundadores de México, la verdad más íntima de este País, esté padeciendo, más que otros grupos, de marginación y de pobreza».
Era la presentación de su Plan de Justicia para el Pueblo O’dam, o tepehuano, y prometió caminos pavimentados, internet gratis, energía eléctrica que el pueblo no tiene desde junio, cuando se fue por las lluvias.
En escenarios así, el Presidente parece en su agua. Ahí dio su clase de historia. Todo es más auténtico si es lo de más antes. Todo pasado será mejor: «Se llegó a decir que acá en nuestra América vivía el demonio».