Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Así como los extremos se tocan en esta temporada, y diciembre se convierte en enero en apenas un santiamén; un parpadeo de ojos avizores y también soñolientos, así también la alegría de navidad se emparenta con la melancolía de vivir; de estar vivos y soñar y no alcanzar; de vivir y morir, de disfrutar de personas y cosas que luego nos son arrebatadas, en ocasiones violentamente. Diciembre y enero, los extremos del principio y el fin vuelven a tocarse, sólo para terminar con aquella reflexión terrible que Joan Manuel Serrat hace en su perturbador Pueblo Blanco: y me pregunto por qué nace la gente, si nacer y morir es indiferente.

Nadie debería morir en diciembre, y mucho menos en navidad, cuando se supondría que la vida nos está ofreciendo una faz más amable; una tregua de su proverbial dureza, gracias a todo lo que la temporada trae consigo, de la esperanza de muchos a las luces de colores; de los ojos anhelantes de los niños a un ponche de piña con una buena dosis de ron, y en el centro de todo, la historia sagrada, esta idea esperanzadora que es como nosotros, que nos aferramos con manos y pies a las paredes del pozo de la vida y sus incertidumbres y miedos en que estamos cayendo, siempre cayendo. En realidad la historia de Adán y Eva constituye una metáfora idónea de la condición humana; de la caída… La certeza de que la vida puede doler; de que somos efímeros y padecemos necesidad en tanto soñamos con una libertad que es como el arco iris, siempre huidiza.

En el centro de las fiestas decembrinas está la idea de que Dios se humaniza en el niño nacido en Belén, y de esta forma comparte su divinidad; nos levanta de la miseria de nuestra condición, la pobre materia de que estamos hechos, y amortigua los efectos de la vida y la muerte… Navidad nos ofrece la esperanza de que podemos cambiar y que vestimos de mil maneras. La iluminamos con luces de colores, y la tergiversamos de mil maneras.

Hablo desde luego desde la cultura católica en la que fui educado, pero independientemente de ésta, usted sabe, el hecho de que sean vacaciones, y venga la familia que vive en otras ciudades; los amigos, incrementa la magia de este tiempo.

Por otra parte, tampoco pierdo de vista que para mucha gente, sumida en la pobreza y la ignorancia, diciembre no significa mucho más que frío y necesidad, como todo el año, con la excepción de que se trata de una temporada en la que las luces de colores iluminan otros rostros. Entonces, no estamos del todo bien si alguien no lo está.

Por eso diciembre es melancólico. Es como si la vida nos mostrara la perfección de las cosas, de nuestros sueños, y nos ofreciera al mismo tiempo la certeza de que son inalcanzables, una quimera…

En fin, que cada año por estas fechas recupero esta serie de ideas inútiles, porque sí o porque no, y lo haré de nueva cuenta cuando llegue un nuevo diciembre, o alguien querido muera… en diciembre, como ocurrió en la navidad del año pasado con la señora Pascuala Jáuregui, allá arriba, en las alturas de Puerto de la Concepción, Tepezalá, y luego aquí, el día 30, con mi amigo Gustavo Arturo de Alba.

Desde luego semejante recuperación de ideas y sentimientos ni es gratuita ni es nueva, y más bien tiene su origen en una ¿tragedia, trauma, herida, desgarre del alma? ¿Cómo he de llamar a esto que le voy a contar? Estas reflexiones que he esbozado en rápidas pinceladas vienen a mi mente en estos días porque resulta que mi abuela materna, la señora Consuelo Rivas Prieto de Sahagún, originaria de Chihuahua, de 44 años, murió en la madrugada del 25 de diciembre de 1944, en una fiesta de navidad (quizá por eso, entre otras cosas, adoro -es un decir- la música de Glenn Miller, desaparecido en el Canal de la Mancha 10 días antes, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial)… Entonces, cada fiesta de la natividad, o muchas de ellas, vi a mi madre llorosa, vestida de negro, metida en el templo. Le sobrevivió 49 años, pero creo que nunca pudo superar del todo el trance, que subsistió incluso con mayor intensidad que cuando la muerte de su padre, casi 20 años después.

Ocurrió el tránsito de mi abuela a la nada en el hogar de los señores Miguel Dosamantes Rul y Lupita Nieto, en la avenida Madero, en una casa que ya no existe, y en donde en su lugar se levantó la parte nueva del Hotel Francia. Discúlpeme, pero no puedo menos que imaginar la escena, según me la contaron: mi abuela saliendo del baño en el piso superior, sólo para desplomarse sin vida. Se habría hecho el silencio, la habrían rodeado y tal vez entre los comensales hubiera un médico que se habría acercado a auxiliarla, sólo para constatar lo que parecía evidente: muerte por infarto fulminante, y mirar a los comensales con ojos que negaban. ¿Cómo saberlo? No hay nadie que me cuente lo ocurrido esa noche con este grado de detalle; todos están muertos… Pero yo sigo utilizando los ingredientes que mi madre me dio para construir una imagen de aquello. Vendría el levantamiento del cadáver y su traslado a su casa, en la misma avenida y acera, un par de cuadras al oriente, y algunos amigos y conocidos que tornarían las copas de sidra, los jaiboles, por el rosario y las jaculatorias de la luz perpetua, descanse en paz, así sea. Tercer misterio: la natividad de Jesús, Padre nuestro…(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).

Aquellas personas, mis ancestros y algunos de sus amigos, posiblemente don Enrique Castaingts, el ingeniero Gustavo Talamantes Esparza, el Chango Alonso, cambiarían el jolgorio por el silencio fúnebre, toda música acallada, y entre ella la música vital del corazón de mi abuela, a la que no conocí, que se fue 12 años antes de que yo llegara, pero que aún ahora siento con una cercanía insólita, pese a ser sólo una sombra desvaída.

También en silencio las estrellas avanzarían en el cielo, entre cuetes de alcohol y de pólvora, y pronto los acompañantes se habrían ido, particularmente quienes tenían hijos pequeños, a fin de esperar la llegada del Niño Dios -si entiende lo que quiero decir-, hasta que se quedaron solos, mi abuelo, mi madre y mi tía; solos con su cadáver, en la madrugada de navidad, sin Niño Dios posible, ahogados los tres en el estupor de lo incomprensible…

También guardo en mi memoria el pañuelo con el que le mantuvieron cerrada la boca -¿cómo le harán ahora para que la gravedad no actúe sobre un cadáver inerte y la mandíbula se mantenga en su lugar de forma mínimamente decorosa?- y un resto de vela puesto en el improvisado catafalco, objetos que afortunadamente quién sabe dónde quedaron, aparte de en mi memoria.

En fin. Ocurre que estos hechos me marcaron de por vida. Fueron, han sido, como una mancha en la brillante superficie del Sol, o como si en medio de una interpretación sinfónica irrumpiera una pieza de regetón, o como tomar conciencia de que la maravilla que es la vida llega a su fin, y que además existe una distancia insalvable entre nuestros sueños; nuestro pensamiento, y la realidad; lo que quise ser, y lo que terminé siendo. Entonces vino la pregunta crucial de la temporada, y quizá de la vida: ¿cómo es que algo tan extremo; tan terrible como la muerte, ocurre precisamente cuando se nos anuncia la vida, “Tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos”?, según dicho del anciano Simeón en boca de san Lucas, el evangelista, que es lo que representa la navidad, esta fiesta anual que nos ofrece la certidumbre de que podemos ser mejores personas para, algún día, hacer vida la proclama celeste de la navidad, tan llevada y traída; tan gastada y vilipendiada, tan quimérica, pero tan necesaria; ¡siempre tan necesaria!: Paz en la Tierra  a los hombres de buena voluntad… O sea, que podamos vernos sin interés ni violencia, convivir guiados por una alta estima de nuestra dignidad de personas.

Esta paradoja me ha acompañado toda la vida. Le he dado un sinfín de vueltas, la he observado de una manera, de otra, para terminar siempre en el mismo pasmo que, hay que decirlo, es pariente de la maravilla porque señora, señor, de todo esto se desprende que la vida es única, maravillosa, frágil, gozosa, digna de vivirse y cuidarse y aprovecharse.

Pero ese día mi abuela fue llevada al camino contrario al de la luz, y se internó en la oscuridad, y muchos más; demasiados. Entonces supe que tampoco la navidad era perfecta, y esta certeza constituyó una dosis de melancolía que se mezcla con la alegría de estos días. Luego, de la pregunta inicial se desprendió otra, ¡pura retórica inútil para torturar mi ánima!; ¡pura pirotécnica intelectual que se apaga apenas después de haber iluminado de manera efímera la noche!, aunque ésta se aplica en cualquier momento del año: ¿cómo es que el mundo siga como si nada, si he perdido algo que era tan importante para mí, y cuya ausencia me abre un boquete en el alma?

Nadie debería morir en diciembre, para no trastornar el espíritu de la temporada y acallarlo de mala manera.

Nadie debería morir en diciembre, porque el fin de año tendría el alto a que todos tendríamos derecho para descansar un poco luego del trajín anual, la pausa obligada para recuperarse y poder seguir adelante.

Yo sé que seguirá ocurriendo, porque medianamente he aprendido los mecanismos de funcionamiento de esta vida; los giros del planeta, la certeza de que todo ser vivo ha de morir pero, ¡caray! ¡No se vale!: ¡Nadie debería morirse en diciembre!

 

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