Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Hace un año inicié mis colaboraciones decembrinas con un par de artículos que llevaron el mismo título que éste, y si ahora regreso es porque entre aquel tiempo y éste ocurrió algo que arrojó luz, más luz, sobre el hecho que relaté entonces.

Ya sé que es absurdo lo que planteo, impertinente; que igual seguirá muriendo gente en todo tiempo, a toda hora, y que diciembre le hace a la muerte lo que el viento a Juárez, porque todo en la naturaleza está dispuesto de esta forma; todo es efímero y transitorio. De hecho, lo único que se necesita para morir es, precisamente, estar vivo, y no hay de otra, no hay desviación posible, nada. Hacia allá vamos todos, y más temprano que tarde ocurrirá, ¡siempre más temprano!

Así que éste es un ejercicio inútil, una reflexión propia de mi mente, obsesionada por este tema, un cerebro que por momentos parece alucinar con “la vida y la muerte bordada en la boca”, según dicho por Joan Manuel Serrat; la reflexión generada para alimentar a los demonios que me habitan, que cotidianamente me torturan, a ver si así me dejan en paz, cuando menos un rato, porque señora, señor: según conté el año pasado, mi abuela materna, la señora Consuelo Rivas Prieto de Sahagún, murió en la navidad de 1944, injustamente a los 44 años.

Evidentemente no he dejado de darles vueltas al asunto. De seguro me equivoco, pero tengo la impresión de que en la educación que muchos recibimos está la idea, el sentimiento, de que diciembre nos ofrece una tregua, esto gracias a las posadas, las celebraciones, la natividad de Jesús en el centro de las festividades, la ilusión infantil, los ojos niños brillantes de emoción y esperanza.

No pierdo de vista que esta es una idea esencialmente de clase media, hija del bienestar de este grupo social, y que para algunos sectores de la población, aquellos empobrecidos cultural y económicamente, los desheredados de esta vida, no hay tregua posible, y la vida es una lucha continua, violenta. En fin, ya ve usted una de las principales proclamas de la temporada: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad”. El hecho es que recuerdo la muerte de mi abuela, una mujer tan cercana a mí, tan imprescindible para que yo existiera, fuera concebido y naciera y me desarrollara hasta articular pensamiento y palabra, y sin embargo tan lejana, prácticamente una desconocida… Pienso en ella y en la circunstancia en que desapareció, el hecho de que haya acaecido precisamente en la madrugada de navidad; justo en el corazón vibrante de ese tiempo anual en que se aviva la promesa de la renovación de la vida; ese tiempo mágico de luces de colores y cálido aroma a ponche de frutas; de buenos deseos y aspiraciones de algo mejor.

El hecho básico, despiadado, es que semejante sucedido constituye la prueba más que evidente de que la naturaleza transita por senderos diversos, e incluso contrarios, a los de nuestra cultura, y entonces vendría el cuestionamiento terrible: ¿a qué engañarse?; ¿a qué creer en cosas que no tienen un sustento en la realidad, y que por tanto no son sino pirotecnia intelectual, elaboraciones amables y bien intencionadas, destinadas a mitigar en algo el miedo al dolor y la muerte? La naturaleza actúa, es, al margen de nuestros deseos, y frecuentemente en contra de ellos. Dicho de otra forma: a final de cuentas no somos sino un puñado de creaturas desamparadas, libradas a nuestra pobre suerte; creaturas frágiles y efímeras, condenadas a desaparecer apenas comenzamos a tomarle sabor y sentido a esto de la vida, y frecuentemente ni siquiera eso; creaturas, digo, patéticamente blindadas con orgullo y soberbia, para en algo protegernos del dolor de vivir y de un destino incierto. Desde luego esto nos horroriza, nos hace sentir en la más plena de las indefensiones, y entonces, para mitigar los efectos de semejante constatación, armamos elaboradísimos sistemas de pensamiento que terminamos creyendo y que en general funcionan.

Esto me recuerda algo que vi hace poco en Facebook, en una página titulada “Poesía favorita”. Y dice: “La filosofía: es como estar en un cuarto oscuro buscado un gato negro. La metafísica es como estar en un cuarto oscuro buscado un gato negro que no está ahí. La teología es como estar en un cuarto oscuro buscando un gato negro que no está ahí, y además gritar: ‘¡Lo encontré!’, para convencer a los demás. La ciencia es encender la luz para ver qué demonios hay en el cuarto”.

En fin. Como escribí hace un año, mi abuela materna murió en la madrugada de la navidad de 1944, en casa de los señores Miguel Dosamantes Rul y Guadalupe Nieto de Dosamantes, a donde asistía con mi abuelo, el señor Alfonso Sahagún López, y otros matrimonios, a la celebración navideña. El lugar de los hechos estaba en una casa de la acera sur de la primera cuadra de la Avenida Madero, muy cerca de la Plaza de Armas…

Entonces, días después de dar a la imprenta aquellas líneas, se comunicó conmigo el profesor Antonio Villalobos Alemán, a quien conozco de la corresponsalía del Seminario de Cultura Mexicana, quien me comentó que mi abuela no había muerto donde yo afirmaba, “en la avenida Madero, en una casa que ya no existe, y en donde en su lugar se levantó la parte nueva del Hotel Francia.” El maestro Villalobos me dijo que no sólo no había ocurrido su muerte en ese lugar, sino que la casa seguía existiendo. Como es de esperarse, el asunto me interesó vivamente, y acordamos vernos para conversar sobre ello, cosa que sucedió el pasado 10 de enero.

Lo que me contó se lo comparto en la próxima entrega. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com)