Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Mi abuela materna murió en la madrugada de navidad de 1944… En esa época no existían en Aguascalientes funerarias, y los cuerpos se velaban en las que habían sido sus casas. Entonces, de seguro la difunta habría sido llevada al que fue su hogar, acompañada de algunas personas que estaban presentes en la fiesta navideña a la que llegó esa invitada indeseable que es la muerte. Aquellas personas, mis ancestros y algunos de sus amigos, posiblemente don Enrique Castaingts, el ingeniero Gustavo Talamantes Esparza, el Chango Alonso, cambiarían el jolgorio por el silencio fúnebre, toda música acallada, y entre ella la música vital del corazón de mi abuela, a la que no conocí, que se fue 12 años antes de que yo llegara, pero que aún ahora siento con una cercanía insólita, pese a ser sólo una sombra desvaída.

También en silencio las estrellas avanzarían en el cielo, entre cuetes de alcohol y de pólvora, y pronto los acompañantes se habrían ido, particularmente quienes tenían hijos pequeños, a fin de esperar la llegada del Niño Dios -si entiende lo que quiero decir-, hasta que se quedaron solos, mi abuelo, mi madre y mi tía; solos con su cadáver, en la madrugada de navidad, sin Niño Dios posible, ahogados los tres en el estupor de lo incomprensible…

También guardo en mi memoria el pañuelo con el que le mantuvieron cerrada la boca -¿cómo le harán ahora para que la gravedad no actúe sobre un cadáver inerte y la mandíbula se mantenga en su lugar de forma mínimamente decorosa?- y un resto de vela puesto en el improvisado catafalco, objetos que afortunadamente quién sabe dónde quedaron, aparte de en mi memoria.

En fin. Ocurre que estos hechos me marcaron de por vida. Fueron, han sido, como una mancha en la brillante superficie del Sol, o como si en medio de una interpretación sinfónica irrumpiera una pieza de regetón, o como tomar conciencia de que la maravilla que es la vida llega a su fin, y que además existe una distancia insalvable entre nuestros sueños; nuestro pensamiento, y la realidad; lo que quise ser, y lo que terminé siendo. Entonces vino la pregunta crucial de la temporada, y quizá de la vida: ¿cómo es que algo tan extremo; tan terrible como la muerte, ocurre precisamente cuando se nos anuncia la vida, “Tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos”?, según dicho del anciano Simeón en boca de san Lucas, el evangelista, que es lo que representa la navidad, esta fiesta anual que nos ofrece la certidumbre de que podemos ser mejores personas para, algún día, hacer vida la proclama celeste de la navidad, tan llevada y traída; tan gastada y vilipendiada, tan quimérica, pero tan necesaria; ¡siempre tan necesaria!: Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad… O sea, que podamos vernos sin interés ni violencia, convivir guiados por una alta estima de nuestra dignidad de personas.

Esta paradoja me ha acompañado toda la vida. Le he dado un sinfín de vueltas, la he observado de una manera, de otra, para terminar siempre en el mismo pasmo que, hay que decirlo, es pariente de la maravilla porque señora, señor, de todo esto se desprende que la vida es única, maravillosa, frágil, gozosa, digna de vivirse y cuidarse y aprovecharse.

Pero ese día mi abuela fue llevada al camino contrario al de la luz, y se internó en la oscuridad, y muchos más; demasiados. Entonces supe que tampoco la navidad era perfecta, y esta certeza constituyó una dosis de melancolía que se mezcla con la alegría de estos días. Luego, de la pregunta inicial se desprendió otra, ¡pura retórica inútil para torturar mi ánima!; ¡pura pirotécnica intelectual que se apaga apenas después de haber iluminado de manera efímera la noche!, aunque ésta se aplica en cualquier momento del año: ¿cómo es que el mundo siga como si nada, si he perdido algo que era tan importante para mí, y cuya ausencia me abre un boquete en el alma?

Nadie debería morir en diciembre, para no trastornar el espíritu de la temporada y acallarlo de mala manera.

Nadie debería morir en diciembre, porque el fin de año tendría el alto a que todos tendríamos derecho para descansar un poco luego del trajín anual, la pausa obligada para recuperarse y poder seguir adelante.

Yo sé que seguirá ocurriendo, porque medianamente he aprendido los mecanismos de funcionamiento de esta vida; los giros del planeta, la certeza de que todo ser vivo ha de morir pero, ¡caray! ¡No se vale!: ¡Nadie debería morirse en diciembre! (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).

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