Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Ahora que se ha regresado a las clases presenciales, en el salón se realiza la misma práctica docente como la que se llevaba a cabo antes de la pandemia: se plantea a todos los alumnos el mismo tema y se dictan también, a todos, las mismas actividades a realizar. En el desarrollo de la clase, unos alumnos hacen las actividades señaladas, otros tienen dificultades para hacerlas; sin embargo, no hay atención individualizada hacia éstos para que superen los obstáculos. Al final del horario, el maestro toma nota de los que terminaron el trabajo y a los que no lo terminaron o no entendieron la clase se les deja de tarea continuar con las actividades en sus casas. El Consejo Técnico Escolar también sigue haciendo lo mismo de antes: elabora un proyecto para mejorar los aprendizajes de los alumnos, toma acuerdos colectivos y hace compromisos para elevar la calidad de los servicios; pero, a pesar de que por décadas se han establecido acuerdos y compromisos, la educación no mejora, nada cambia, las cosas siguen igual (incluso, en algunos casos hasta hay regresiones). Y el hecho de seguir igual, también significa retroceso; porque las ciencias, las tecnologías y la pedagogía, están evolucionado vertiginosamente, mientras la educación se va estancando.

Desde luego, lo anterior no quiere decir que no se esté haciendo nada; no, esa no es la percepción; pues a todos consta que los maestros se reúnen en consejo, discuten y plantean propuestas de mejora educativa. Pero entonces, ¿dónde pueden estar las causas que impiden o limitan los avances que se platean? Sería conveniente que los directivos escolares y los propios docentes, cuando están diseñando el proyecto de mejora educativa, se interrogaran: ¿se han identificado, correctamente, los problemas académicos que aquejan a la escuela?, ¿los propósitos, las metas y las acciones a realizar, responden a la resolución de las causas que ocasionan los problemas académicos detectados?; por las circunstancias imperantes al interior y exterior de la escuela, ¿es factible operar, con éxito, el proyecto diseñado para la mejora?, ¿todos los integrantes del consejo desarrollan, realmente, la parte que le corresponde a cada uno?, ¿se lleva puntual seguimiento, en los salones, de las acciones propuestas?, ¿se hacen evaluaciones periódicas del proyecto para verificar avances y para reorientar lo que no esté funcionando bien? Se puede tener la presunción, o el beneficio de la duda, que no todo se está llevando a cabo como debiera y que por tales motivos no se perciben avances. De ser así, entonces el reto sería formular bien el proyecto de mejora, poner realmente en marcha las acciones (en los salones de clase), evaluar constantemente avances y reorientar lo que no esté dando resultados hasta alcanzar los propósitos y las metas.

Que quede claro, todo proyecto de mejora educativa cobra realidad en el salón de clases y en el terreno de los hechos; por lo tanto, de inicio es fundamental que en el salón de clases se desarrollen y consoliden los aprendizajes de los alumnos, para que éstos puedan enfrentar, con éxito, todos los avatares de la vida. Si un proyecto se formula para mejorar aprendizajes de Matemáticas, Español, Ciencias, Historia, Valores Cívicos, Geografía, Artes y demás asignaturas de los programas de estudio, entonces habrá que asegurar sus aprendizajes, adecuarlos y mejorarlos constantemente conforme las exigencias de la vida cotidiana. Y una de tantas fórmulas pedagógicas recomendables es atender a los alumnos, no en montones, sino de manera personalizada: cada alumno entiende y aprende a su manera, a su ritmo, de acuerdo con sus posibilidades y necesidades; pero aprende, es cuestión de conocerlo, aceptarlo y querer ayudarle. Es bueno hacer algo diferente a lo rutinario con el fin de empezar a salir de la eterna mediocridad. Los alumnos lo merecen.