Por J. Jesús López García

De acuerdo a muchos autores, eso que llamamos “identidad mexicana” fue una construcción revolucionaria surgida al finalizar la revuelta que vivió el país hace más de un siglo. Durante el virreinato hubo ya varios intentos de establecer una identidad mexicana pero anidada en el criollismo; lo indígena era una identidad bien definida pero aparte, y lo mestizo en sus múltiples variantes -había más de veinte castas diferentes con sus respectivas identidades raciales en la Nueva España-, realmente era visto como parte de los accidentes de la convivencia étnica intensa.

En el siglo XIX el México independiente buscó en modelos foráneos, principalmente europeos, una nueva manera de parecerse a las naciones modernas; indagó en los modelos políticos de un imperio y un regimen republicano su manera de ordenarse y gobernarse, y en sus manifestaciones técnicas y culturales como en el caso de su arquitectura, ello también fue así. Exacerbándose en el periodo porfiriano donde los modelos franceses, ingleses y norteamericanos principalmente fueron las influencias preferidas por el régimen y por las clases dominantes, desde las que se propagaron a grandes segmentos de la burguesía nacional y luego a buena parte de la población general.

Algo inherente a la identidad es que cuando en una comunidad o una sociedad, exíste un factor de peso, ese factor es la principal fuente identitaria, sea un modo productivo, una manera de adaptarse a un medio agreste, cosas que marcan lo que podría llamarse un carácter de la colectividad y de ahí de toda una nación o parte de ella.

En materia arquitectónica, el uso del adobe tenía que ver con un recurso, la tierra, abundante y ad hoc al modo de construir en un medio desértico o semidesértico, que además producía un acondicionamiento térmico adecuado a los sitios comprendidos en esa clasificación -como Aguascalientes-, las formas resultantes de esa manera de construir con ese recurso se daban de manera lógica y natural, pero a medida que podemos asistirnos de proveedores de materiales no precisamente regionales y dadas las influencias extranjeras de todo tipo, la arquitectura desde hace más de un siglo presenta en sus elementos una importante cantidad de materiales, soluciones y recursos que no parecen ser los propios del lugar, ni de los de la población.

De lo anterior se desprende que en México, una vez terminada la Revolución, y en aras de reafirmar una elusiva identidad nacional en un territorio vasto, ecléctico y heterogéneo con una población aún más heterogénea, se buscasen algunas fórmulas para definir aquello que nos congregara a todos en torno al “ser mexicano”; lo anterior tuvo varias aproximaciones como la étnica a partir de la raza cósmica de José Vasconcelos (1882-1959), que terminó por asentar al mestizaje como una versión menos grandilocuente como la plataforma social del México revolucionario; otra aproximación era la política con base en un pacto federal en que las partes en conflicto se asumiesen también como componentes de una familia revolucionaria aunque con sus diferencias -donde no se incluyeron a los cristeros por ejemplo- y en materia de arte, expresiones como las de la pintura de Saturnino Herrán (1887-1918) y después en la de los grandes muralistas, donde se buscaba ese espíritu universal de lo mexicano; en el caso de Herrán más criollista, en el de Diego Rivera (1886-1957), más indigenista.

Precisamente en arquitectura, el nacionalismo mexicano después de la Revolución osciló entre esos polos, si bien en lugares sin una raigambre indígena fuerte como Aguascallientes, los modelos más hispanizados fueron los más socorridos. Ello tiene su origen en las décadas 20 y 30 del siglo XX, donde arquitectos como Carlos Obregón Santacilia (1896-1961) buscaban en los lenguajes arquitectónicos de la tradición, casi siempre pasadas por el tamiz novohispano, nuevas maneras de expresar lo mexicano. Eso se aprecia en la ampliación del hoy Palacio Presidencial o en el Edificio Central de la Universidad de Guanajuato, este último del arquitecto Vicente Urquiaga y Rivas en la década de los 50 del siglo pasado, donde se aprecia ese toque que observamos en la arquitectura colonial. Otras versiones con un corte más indigenista se aprecian más en la Ciudad de México con ejemplos como la casa de Juan O’Gorman (1905-1982) entre 1948-1951 -que había abandonado su racionalismo funcionalista- o el Anahuacalli de 1963, de Diego Rivera.

En Aguascalientes se presentaba en la forma de casas como aquella que se encuentra ubicada en la calle Galeana No. 116, de remates mixtilíneos de procedencia barroca con nicho incluido para la imagen religiosa, arcos de medio punto enmarcados igualmente por decoraciones barroquistas, un antepecho elaborado y un recubrimiento de piedra que en este caso probablemente pretendía emular al Palacio de Gobierno, que a su vez se inspiraba en la remodelación al Palacio Nacional en 1926 en donde se le integraba un tercer piso con claro acento neocolonial con su recubrimiento de tezontle.

La identidad de lo mexicano no se fijó ahí, sigue en busca de su arquitectura para el siglo XXI o tal vez lo que esta por redefinirse sea eso que llamamos identidad.