Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

El cine ha puntualizado casi desde sus orígenes como instrumento de narración la riqueza y posibilidades comerciales en aquellas historias donde se nos muestran los talones de Aquiles y pies de barro en aquellos individuos a quienes se les rinde culto por su fama y celebridad. El relumbre de su notoriedad y/o actividad artística normalmente opaca los demonios internos y muy personales que los llevaron a ese pedestal, y las películas que abordan estos temas, tanto desde una óptica biográfica (los famosos biopics de artistas relevantes en su ramo) o ficticia pero alegórica en cuanto a los riesgos de la gloria obtenida vertiginosamente, suelen ser consentidas por la preferencia del público. En el caso de la más reciente versión de “Nace Una Estrella” (sus predecesoras datan de 1937, 1954 y 1976), la premisa parte del rubro mencionado, pero afortunadamente encuentra una identidad propia mientras elabora un discurso que prefiere explorar los componentes más íntimos de su pareja protagonista que la grandilocuencia a la que se presta la ejecución de su arte, en este caso la música pop/folk. Y lo más interesante es que mientras la cinta aborda el tema del descubrimiento de una nueva estrella musical, nosotros nos sorprendemos ante la revelación del actor Bradley Cooper, protagonista del filme, como director del mismo, realizando un impecable trabajo manteniendo bien atados los nudos dramáticos y diseñando un ritmo narrativo apoyado más en las facetas emocionales y psicológicas que proveen sus conflictuados personajes que en el universo de la industria musical, aunque ésta también juega un rol importante en la trama.
Jackson Maine (Bradley Cooper) es un cantante que logra convocar multitudes en los escenarios donde se presenta, pero lo atosiga ese viejo enemigo de los intérpretes llamado alcoholismo, en este caso producto de una autoestima lacerada por una crianza difícil y una relación conflictiva con su hermano Bobby (Sam Elliot, excelente como siempre), quien funge de manejador. Una noche después de un agotador concierto, Maine decide refugiarse en un bar de drags y ahí conoce a Ally (Lady Gaga), mesera con un enorme talento vocal que canta ocasionalmente en ese lugar para apoyar a su amigo gay Ramón (Anthony Ramos). En medio de su modorra etílica, Jackson queda prendado tanto de la sensual voz de Ally (quien seduce a la audiencia con una erotizada versión de “La Vie En Rose”) como de su apariencia, por lo que decide charlar con ella cuando termina su número. La relación entre ambos comienza a florecer y se pone de manifiesto la necesidad de ambos por amarse ante los extravíos existenciales y personales de los dos: él sobreviviendo a un punto bajo interno por su propensión a la borrachera como catarsis y fuga, y ella luchando por ser reconocida en un mundo mediocre donde no se le valora y su padre no deja de mencionar los buenos tiempos cuando él era baladista (según le comentara Paul Anka, mejor que Frank Sinatra). Entre un romance retratado con precisión y honestidad brota también la oportunidad de Ally por alcanzar su sueño de ser cantante profesional gracias al apoyo de Maine, quien la impulsa hasta llegar a la estratósfera de la popularidad, mientras él desciende en espiral a puntos peligrosos por su incapacidad de liberarse del yugo etílico.
El macizo guion confeccionado por Eric Roth, Will Fetters y el mismo Cooper, quienes a su vez trabajaron en el proyecto que Clint Eastwood abandonara hace algunos años por razones diversas, estabiliza convincentemente las líneas argumentales principales al mostrarnos una evolución coherente en la relación de los protagonistas con todo y sus altibajos a la vez que apreciamos el ascenso orgánico de Ally a la fama, todo retratado con mucha naturalidad gracias a las generosas actuaciones de Cooper y en particular de Lady Gaga, quien aquí se destapa como una histriona con mucho potencial, mientras que la película luce a nivel visual gracias al preciso 1-2 del cinefotógrafo Matthew Libatique y la contundente dirección de arte de Matthew Horan, quienes logran construir con eficacia una plástica específica para la cinta sustentada en un balance correcto entre tonos cálidos para las escenas emotivas (aquella donde Maine embarra afectuosamente de pastel a Gaga en la nariz –probóscide clave en la relación de ambos- para celebrar su primer contrato disquero) y fríos para aquellas donde existen conflictos (el momento definitivo en la relación de Maine y Bobby o las tomas en la bañera cuando los protagonistas sucumben a su lado más humano), todo manejado con emotividad y relativo realismo.
“Nace Una Estrella” funciona como cine y escapismo y muestra las posibilidades de un actor que ya poseía el estima de los cinéfilos con sus papeles destacados en cintas relevantes como “Juegos del Destino” (Russell, E.U., 2012) y “Escándalo Americano” (Russell, E.U., 2013) y que ahora podría ser valorado como un buen director. Por lo pronto, este trabajo nos da un buen augurio al respecto, al punto que no dudaría surgiera en algunas ternas importantes en la entrega del Oscar el año entrante, por lo que él es la verdadera estrella que nace de esta película.

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