Por J. Jesús López García 

Hace más de trescientos años, y de ahí hasta hace alrededor de once mil, los antiguos constructores -y hoy les diríamos también- diseñadores de edificios, su formación se debía principalmente al desarrollo del oficio en los rigores de la experiencia cotidiana. El binomio del proyecto y la construcción estaban estrechamente enlazados, no había una disociación entre lo establecido por el intelecto y lo ejecutado por las numerosas manos de un gremio fuertemente cohesionado en una comunidad.

En aquellos momentos la consecución de un edificio terminado no se sujetaba tan obligadamente -como en nuestros días- a la magnificación de una utilidad, a la urgencia en los tiempos de conclusión -casi siempre con el propósito del ahorro de recursos de toda índole- y la misma terminación, era un factor que no estaba tan presente; el hecho arquitectónico era como el oficio del agricultor, algo que se debía dar en el tiempo y en el espacio, como dirían los romanos: festina lente, de manera lenta, pero constante, sin pausa. El abad Suger de Saint Denis (1081-1151), uno de los primeros artífices del gótico en el siglo XII, fue sólo uno en la gran lista concatenada de maestros constructores involucrados en la edificación de la abadía de Saint Denis, lista que se incrementa si contamos a sus antecesores carolingios o hacia nuestra época a los arquitectos restauradores del siglo XIX entre los que estaba Eugène Viollet-le-Duc (1814-1879).

Lo anterior sólo manifiesta la obligación con un oficio que se sabía milenario y se proyectaba a un futuro de muy largo aliento, pues sus oficiantes tenían muy claro que aquello en lo que estaban involucrados, algún día sería continuado por otros arquitectos y que su producción quedaría como testimonio de una época.

La arquitectura, como algunas otras profesiones, ha ido cambiando el objeto de su interés a muchas circunstancias más allá de la actividad medular de su oficio -recordemos que la etimología de la palabra arquitecto deriva del griego archos = principal y tecton = obra, haciéndole significar el «primer constructor».

La ocupación de imaginar edificios y construirlos muestra hoy una separación entre el pensar y el hacer. Las formas de cuantiosas muestras de la arquitectura contemporánea son ejemplos de un gran artificio a veces muy caprichoso, y que por tanto tiene pocas posibilidades de establecer pautas para la arquitectura futura. No es de extrañarse ya que mucha de la «gran arquitectura» actual está diseñada para verse a control remoto mediante imágenes reproducidas en revistas, sitios web o películas; la experiencia del espacio arquitectónico «en vivo» ha perdido favor ante éstas circunstancias de la información instantánea, por lo mismo la «constructibilidad» de lo diseñado se da por obvia, aunque sea en ocasiones, de una complejidad innecesaria, basta con lo fotogénico del modelo proyectado.

Resultado de la situación es un desdén por la forma erigida ante el imperio de la forma fotografiada, aunque esa forma fotografiada sea realmente una imagen inexistente en el mundo físico. El oficio del «primer constructor», así, adolece de la experiencia de materializar lo que la mente esboza.

La gran sala de tres alturas de lo que fuese llamado el salón Polivalente en el edificio Gómez Portugal de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, actualmente sede del Museo Nacional de la Muerte, está enclavado adyacente de una joya de nuestro patrimonio arquitectónico local, el camarín de la Virgen de la Inmaculada Concepción, cerrando el segundo patio del ex convento franciscano del siglo XVII. Es una obra que muestra generosamente tanto en su plástica, así como en la estructura el material con que se levantó: concreto armado aparente -a la manera béton brut de Le Corbusier– donde a través de espacios a doble y triple alturas se organizan con losas de entrepiso que dispuestas de maneras diversas, confieren al ambiente de un dinamismo atrayente, un escaparate para observar y ser observado en una configuración contemporánea que interpreta al pórtico tradicional como modelo, pero trayéndolo directamente a nuestro tiempo y traduciéndolo de una manera seria y a la vez afortunada.

El edificio de los años setenta sigue luciendo actual por la sobriedad del planteamiento compositivo y por la elegancia y sencillez de la manera en que fue ejecutado. El cuidado en la exactitud de su construcción muestra hasta nuestros días la claridad con que el arquitecto Javier Sánchez Alfaro concibió esta pieza de arquitectura como tantas otras que exhiben el mismo rigor en el oficio de pensar edificios con miras siempre a hacerlos surgir desde el espacio vacío.

Obras como ésta, sencillas o complejas, pequeñas o grandes, humildes o exuberantes, siempre estableciendo la congruencia intelectual del autor con la materialización a cargo de un grupo de constructores -con el arquitecto encabezándolos-, son las que presentan siempre la calidad perenne de la buena y verdadera arquitectura. Sin temor a equivocarnos, la década de los años setenta del siglo XX fue espléndida en la música a nivel internacional, así como en el ámbito local lo fue en el medio arquitectónico: para muestra basta visitar el espacio referido.