Jamás consideré a la primera película de “Parque Jurásico” como una joya tal cual, ahora los treintañeros que crecieron viéndola en cines o por televisión abierta la recuerdan tal vez y sobre todo por el rosado cristal de la añoranza (demasiadas fallas en la caracterización, una curva dramática muy al gusto de su director Spielberg y unos novedosos efectos especiales que masticaron más a la historia que los dinosaurios a sus víctimas humanas), pero reconozco que posee muchas virtudes narrativas y en ritmo poniéndola al lado de “Mundo Jurásico: Dominio”, un despapalle de película que no tiene pies ni cabeza sujeta a la idea de que amerita su existencia nada más por mostrar a los protagonistas de ésta nueva trilogía (la cual misericordiosamente concluye con esta entrega) con aquellos de la cinta original para sumar éste esfuerzo al de éstas “legasecuelas” producto de las oficinas de marketing de los estudios y no tanto desde las cavidades creativas de guionistas o directores. “Dominio” retoma desde donde nos quedamos en “Mundo Jurásico”, con el escape de multitud de dinosaurios a punto de ser subastados como armas biológicas por obra y gracia de una niña clonada que malentiende su condición y la traspola a dichos seres como un pueril ejercicio de libertad. Este punto de partida pudo erogar en algo muy interesante teniendo a dinosaurios coexistiendo con humanos en ambientas urbanos y pudiendo proponer algunos cuestionamientos morales o éticos sobre su erradicación en aras de nuestra subsistencia y redondear a los personajes más allá de su acartonado diseño como héroes de acción. Pero como el proyecto lo dirige Collin Trevorrow entonces nos quedamos con simplonas correrías aptas para la audiencia con déficit de atención que no muestra interés por detalles insensatos como caracterización, lógica o alguna pauta racional que permita entender por qué los protagonistas dicen o hacen lo que dicen o hacen con algún sustento básico inoculando detalles como una plaga de langostas modificadas en su genoma con ADN de dinosaurio (así de ridículo como suena es lo que se ve) y una compañía malvada (en el cine maniqueo de Hollywood no hay de otras) que busca aniquilar las cosechas de alimentos no sembradas con semillas de su empresa.

Sam Neill, Laura Dern y Jeff Goldblum regresan a sus roles originales como el profesor Grant, la doctora Sattler y el matemático-caoista Malcolm, respectivamente. Todos ellos reaparecen para detener dicha calamidad orquestada por el plutócrata monomaniaco en turno (Scott Campbell) quien a su vez tiene la mala idea de raptar a la chiquilla clonada (Isabella Sermon) y a la velociraptor Blue porque en su sistema esconden la clave para la estabilización genética de dichas langostas. Este es el punto de acceso en el guion para que los estelares de esta trilogía, Owen (Chris Pratt) y Claire (Bryce Dallas Howard) intervengan y terminen uniendo fuerzas con Grant, Sattler y Malcolm. El desarrollo es lo de menos, ya que el libreto del mismo Trevorrow escrito en conjunto a Emily Carmichael y Derek Connolly economiza en psicología y emotividad para derrochar los recursos de su trama en persecuciones (una en particular efectuada en Malta pondrá a cualquiera a lanzar ojos al techo por su disparatada ejecución) y diálogos de uso frecuente que se fatigan por lucir dramáticos o graciosos (sin conseguirlo). Al ver la cinta lo único que se extinguen son nuestras neuronas y esperemos que realmente sea la última de esta serie.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com

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