Por. Bertha María Topete Ceballos

En todas las épocas de la historia, las mujeres fueron y han sido protagonistas de una u otra forma como luchadoras sociales en afán de conseguir sus ideales, así como también por defender las causas que ellas mismas abrigaban en sus corazones y de igual forma acompañando a sus hombres en las travesías como fue el caso de la Revolución Mexicana.

Una de ellas fue doña Anselma (“Melita”) Ramos Recio de Fuentes Dávila, esposa de Alberto Fuentes Dávila, quien fue un fiel seguidor de Francisco I. Madero. En Aguascalientes, organizó el Club Antirreleccionista. Fue gobernador de Aguascalientes y formó parte de la Junta de gobierno neutral militar que él mismo presidió.

Doña Melita, como era llamada cariñosamente, nació en Galeana, Nuevo León en 1877, y fue hija de don Modesto Ramos y de doña Natalia Recio, originarios también de dicho lugar. Contrajo matrimonio con Alberto Fuentes Dávila el 17 de febrero de 1900 en la ciudad de Toluca y posteriormente el matrimonio fue a vivir a la Ciudad de México D. F.

Tuvieron como hijos a: Alberto, Anselma, Vicente, Raquel, Leonor, Samuel y Sara. Los dos primeros nacieron en la Ciudad de México y los demás ya en Aguascalientes. En esta ciudad fincaron su domicilio en la calle de Colón y posteriormente en la calle de Primo Verdad.

En el cambio de gobiernos, el matrimonio fue perseguido y acosado al grado de que Don Alberto tuvo que huir a la sierra donde no fuera encontrado. Alejandro Topete del Valle, amigo de Don Alberto, relata algunas de sus peripecias y describe los avatares que sufrieron durante esta etapa tan difícil de su vida.

La autoridad, con el deseo de encontrar al revolucionario, se dirigió con su esposa para que les dijera dónde se encontraba Fuentes Dávila, pero doña Melita no les pudo dar razón ya que su esposo salió corriendo sin avisar su paradero, por lo que la señora Fuentes fue detenida y encarcelada en el Hospital Hidalgo el día 23 de noviembre y además acusada por la distribución de la propaganda maderista según lo declararon los jóvenes Gustavo Ipiña, y J. Marcos Uvalle, quienes la culparon de habérsela proporcionado, aunque más tarde se retractaron y confesaron que lo habían hecho por venganza contra antiguos patrones. Al enterarse de la aprehensión de doña Anselma, la señora doña Dolores del Valle de Topete, decidió recoger en su casa a los pequeños hijos del matrimonio Fuentes, que habían quedado desamparados, en el hogar de las calles de Primo Verdad, aunque esto no fue necesario ya que llegó de Saltillo la abuela, madre de Melita quien se hizo cargo de los infantes.

Además de la señora Topete, fueron la señora Lucita Villegas de Olavarrieta, la entonces señorita Torres Pico, y doña Carmen Salas de Azco, para entrevistarse con el entonces gobernador Alejandro Vázquez del Mercado y suplicarle que la dejara en libertad, ya que ella no tenía ninguna culpa.

El gobernador les manifestó que el asunto no dependía de su autoridad, sino que era de jurisdicción federal, aunque con gusto, recomendaría su petición ante el juez de distrito, ante quien deberían tramitar, conforme al procedimiento legal, para lo cual se pidió una fianza de $1,000.00, que fue otorgada por el doctor Zacarías Topete al gravar su casa marcada con el número 15 de la calle Rivero y Gutiérrez y que estaba valuada en $2,500.00.

Anselma Ramos de Fuentes permaneció en prisión sesenta y siete horas y cuarenta y cinco minutos, aproximadamente. Melita, fue víctima de la represión a quienes se oponían al régimen porfirista.

DOÑA ADELA DOUGLAS VALENCIA (1847 – 1941)

El Lic. Carlos Ortega de León en un escrito dejó el testimonio de su abuela Adela. Fue hija de John Douglas y Carmen Valencia. Nació en Gómez Palacio, Durango, y llegó a Aguascalientes muy pequeña, junto con su medio hermano Juan y María, su hermana menor.

Su padre fue el fundador de La Perla, Productos de Maíz. Contrajo matrimonio con Guadalupe Ortega Romo de Vivar y procrearon 4 hijos: Edmundo, Alfonso, Rafael y Luis. Al morir su padre en 1918, se hizo cargo junto con otros administradores de La Perla, vendiéndola en 1930.

Fue la gran defensora del templo de San Antonio en 1914, cuando el Gobernador Alberto Fuentes Dávila, influenciado por el pensamiento radical de David G. Berlanga, incautó dicho templo para convertirlo en Palacio Legislativo.

Cuando el grupo de funcionarios, encabezados por el gobernador, se encaminaban a ocupar el edificio, Doña Adela y un grupo de señoras que había ido a llamar al Mercado Terán, impidieron la entrada, manifestándose con cazuelas y ollas que hacían sonar con palos y cucharas.

Doña Adela se encaminó entonces a la Estación de Ferrocarriles y, abriéndose paso entre soldados y oficiales, llegó hasta el convoy oficina de Francisco Villa, ahí solicitó al General le regresara el templo al pueblo. Villa respondió que para eso son las iglesias, para el pueblo, y le pidió que el encargado del templo se presentara con él para que le diera las llaves. Doña Adela así lo hizo y gracias a su valentía y determinación impidió que San Antonio se destinara a otros fines.

El Padre Morones, sacerdote comisionado a ir por las llaves de la iglesia en conflicto, comentó tiempo después que doña Adela no le tenía miedo ni al diablo. Y explicó que la señora Douglas fue al Mercado Terán por mujeres y no por hombres, para no comprometerlos.

LAS SOLDADERAS

Y no podían faltar las mujeres que ayudaron tanto a la revolución, muchas de ellas permanecieron en el anonimato.

Las soldaderas fueron aquellas mujeres mexicanas que se alistaron en las fuerzas revolucionarias con el ánimo de luchar por su país para obtener una vida digna y mejorar la calidad de vida del obrero y campesino ya que estaban sometidos a los trabajos más pesados, con salarios ínfimos y comprometidos de por vida con el patrón. Desde luego, el deseo de lucha fue impulsado por sus hombres que se fueron “a la bola” con los mismos ideales.

El término “soldada” es de origen aragonés y significaba que recibían una paga.

Ellas mantuvieron viva y fecunda la revolución. Caminaban largas distancias ya que los caballos eran para los hombres. Vivían en los techos de los trenes donde cocinaban e inclusive ahí llegaron a parir hijos ayudadas por las demás.

Algunas cargaban su catre (cama), su sarape (cobija), las ollas y las provisiones para cocinar los alimentos de los hombres que andaban en la revolución, así como los rifles. Repartían propaganda, trasportaban armas, hacían de espías y contrabandeaban armas de los Estados Unidos. Otras despachaban los trenes, los telégrafos, eran enfermeras, farmacéuticas, reporteras, editoras de periódicos y muchos otros oficios más.

De entre muchas mujeres que ahora permanecen en el anonimato, cuenta la tradición, que se conoció el nombre de Adela Velarde Pérez, mejor conocida como “La Adelita”; luego el término se utilizó para designar a todas aquellas mujeres aguerridas que colaboraron en la Revolución.

Otra de ellas fue Valentina Ramírez “La Valentina” quien perteneció a la división del Norte y fue famosa por su valor. Murió a los 116 años y sus cenizas fueron lanzadas al viento, según sus deseos ya que ella había sido libre.

Otras mujeres revolucionarias que se conocen son:

Rosa Bobadilla—Coronela Zapatista

Juana Ramos—La Tigresa

Carmen Parra Alanís—Coronela Alanís

Carmen Vélez—La Generala

Petra Ruiz—formó su propia brigada

Así como ellas, muchas otras más lucharon, pero sus nombres se perdieron en la historia.

Este es un homenaje a todas ELLAS.