PARA QUE RECUERDE… O SE ENTERE

Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

La semana pasada le conté que la doctora Evangelina Tapia Tovar, profesora investigadora del Departamento de Sociología de la UAA, había invertido sus energías en la investigación de la cultura de la corrupción, y que para ello había trabajado una serie de refranes de dominio público, tanto asociados con el tema mismo –el que no tranza no avanza; en Palacio las cosas van despacio, etc.– como otros, que no asumimos como tales, pero que si se analizan, terminan relacionándose con esta lacra.

En el transcurso de la investigación se dio cuenta de dos cosas: había personas con altos niveles de escolaridad que identificaban fácilmente algunas conductas que tienen que ver con la corrupción, y los jóvenes tenían más sensibilidad que los adultos para identificar estas conductas como corruptas.

Esto último le interesó de manera particular, y entonces quiso profundizar para ver si efectivamente los jóvenes eran más sensibles para identificar la corrupción, y es aquí donde viene lo realmente valioso; lo que trasciende el ámbito puramente académico de la investigación.

Para acceder a información de primera mano; fresca, propuso un nuevo proyecto de investigación, dirigido a jóvenes universitarios, a través de un curso de formación humanística que llevó el sugerente título de ¿El que no tranza, no avanza?, que fue el primero de este tipo que tuvo la UAA.

En la instrumentación de este nuevo proyecto preguntó a 500 estudiantes, por ejemplo, si sabían de profesores que pedían dinero a cambio de mejorar una calificación, o si copiaban en los exámenes, esto para medir qué tanto identificaban la corrupción y cómo se posicionaban frente a ella. También buscó generar un espacio de reflexión y diálogo que impulsara a los estudiantes a referirse al asunto.

Al principio les pedía que definieran la corrupción. Las respuestas eran mínimas, forzadas; de lugar común. Luego, al final se repetía el cuestionamiento, y se encontraba con una gran diferencia. Entre un momento y otro se invitaba a los participantes a incursionar en la Internet, en páginas sobre transparencia, y se les pedía que hicieran una lectura sobre el tema, pero relacionada con su ejercicio profesional.

El curso tardaba un poco en arrancar, puesto que participaban estudiantes de diversas carreras y semestres –aunque se inscribían pocos aspirantes a abogados, o politólogos–. Del área de la salud participaban muchos; llegaban pensando que en su ámbito no hay corrupción, porque tradicionalmente se le considera como un sector limpio; que esto es cosa de abogados o políticos, pero luego resultaba que sí la hay: robo de medicinas, manejo turbio de seguros de gastos médicos, recomendaciones para buen trato a pacientes, o para entrar a trabajar, o los médicos que ven a los enfermos por fuera y les cobran, pero los operan en los hospitales públicos, cobrando ellos la operación, los laboratorios que, o venden ciertos productos y otros no, o sobornan a médicos y/o funcionarios administrativos a cambio de compras…

Los estudiantes trabajaban en equipo y discutían; compartían reflexión, información, experiencia que adquirían durante el curso, y tomaban conciencia de que la corrupción está en todos lados y que todos podemos ser parte de ella. Al final debían escribir un ensayo en el que desarrollaran su idea de la corrupción; qué posición asumían, así como lo que habría que hacer para erradicarla.

Entonces ocurría que no faltaba quien terminaba cayendo en la cuenta de que había cosas que veía como normales; porque así se hacen siempre, o frecuentemente, y entonces tomaba conciencia de que era corrupción, porque hay personas que se perjudican.

Es el tipo de corrupción blanca, que casi nunca se ve como tal, sino como algo benéfico. Por ejemplo, el que consiguió trabajo gracias a una recomendación, que por eso mismo quitó posibilidades a otras personas que tal vez tuvieran más derecho, capacidad o necesidad; el que ganó un contrato de obra pública con precios que sacrifican salarios, materiales, y que por ello va a terminar inservible en un plazo menor al que se debería, etc.

En síntesis, el curso pretendió que los estudiantes reflexionaran sobre esos otros costos sociales que no se ven cuando sólo se observa el favor, que la corrupción frecuentemente, o siempre, trae otras consecuencias que no vemos; otros perjuicios, que a veces no son inmediatos o no alcanzan a gente cercana, pero los hay. En el peor de los casos va generando una forma de ser que va minando la ética de la gente en el comportamiento.

Originalmente este curso fue presencial, y comenzó a darse en 2013 con el título de Taller sobre la cultura de la corrupción en México, y aceptaba a un máximo de 30 estudiantes. Luego se ofreció en línea, con un máximo de 25 participantes, ahora con el título de ¿El que no tranza, no avanza? En principio la doctora Tapia creyó que no iba a funcionar de esta forma, por la falta de contacto, de diálogo directo entre estudiantes en clase. Sin embargo, no fue así, gracias a que, amparados en el anonimato, los estudiantes compartían cosas muy interesantes, que quizá cara a cara no lo harían. A la fecha, entre grupos presenciales y en línea, deben ir unos 18 o 19.

Si se tiene en cuenta que en la universidad se forman quienes en el corto y mediano plazo encabezarán a la sociedad desde todo tipo de organizaciones y empresas, hacer conciencia sobre la gravedad de la corrupción constituye una tarea de la más alta relevancia para avanzar en la erradicación de este mal que tantas energías nos consume, y que tanta desesperanza siembra, porque a final de cuentas todos somos responsables de ella, y no sólo quienes tradicionalmente son vistos como corruptos. Un abogado que no ceda a la corrupción, un ingeniero, un arquitecto, un médico, o un politólogo, será una importante ganancia social que se sería ideal que se multiplicara.

Desde luego, también significará un avance en la generación de ciudadanía, imprescindible si queremos incrementar nuestro progreso y la calidad de vida. Por eso son importantes esta clase de esfuerzos. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com).

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