Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

El Señor Presidente de la República anda lavando ropa sucia fuera de casa y, al parecer, descubriendo el hilo negro… Ahí tiene usted que el otro día, por ejemplo, y con motivo de su visita al Reino Unido, le dijo al periódico británico Financial Times lo que hace tiempo sabemos, pero que aparentemente él se acaba de enterar: muchos mexicanos sienten desconfianza –supongo que hacia el gobierno–. Y dijo: hoy hay sin duda, una sensación de incredulidad y desconfianza […] ha habido una pérdida de confianza y esto se ha demostrado en la sospecha y la duda”, dijo Peña en su “confesión más sincera desde la desaparición y la sospecha de asesinato de 43 estudiantes”, escribió la periodista Jude Weber en El Financial.

Peña Nieto dijo que está comprometido a luchar contra la corrupción de manera “mucho más eficaz” y a terminar con”el estigma” de que los políticos de México están considerados como ladrones” (http://aristeguinoticias.com/0203/mexico/epn-ve-un-mexico-plagado-de-desconfianza-financial-times/, consultado el 5 de marzo de 2015).

Desde luego el asunto es mucho más complejo y complicado que los buenos deseos presidenciales, y tiene una cola más larga que la de un tiranosaurio rex coludo. ¿Se acuerda del lema de campaña del candidato presidencial de 1976, José López Portillo, La solución somos todos? Algún agudísimo observador de la realidad lo parafraseó para dejarlo en La corrupción somos todos, y se quedó. La corrupción, se ha dicho, es el lubricante del sistema; lo que hace que funcione para que podamos hacer válidos nuestros derechos y, frecuentemente, eludir nuestras obligaciones.

Por mi parte se me figura que México es como un par de mulas –sin aludir ni agraviar a nadie–, que mueven una piedra de molino, girando incesantemente, pero sin ir a ningún lado, como el pobre don Sísifo, y sobre todo, sin beneficiarse del resultado de su tedioso esfuerzo… O como una bolsa que todo el tiempo estamos llenando, pero resulta que unos pillos le han hecho enormes agujeros por los que todo el tiempo está perdiéndose una parte importante de la riqueza que generamos y depositamos. De aquí se sigue el misterio casi inescrutable que, siendo ricos, nomás no podamos salir de pobres…

Si usted busca en textos clásicos de quienes han reflexionado sobre la cosa pública y temas anexos y conexos de la República Mexicana como, por ejemplo, Aristóteles, Platón, John Locke, Montesquieu, Hegel, Marx, etc., encontrará complejas elaboraciones intelectuales según las cuales el gobierno se inventó para elevar a las personas hasta la noble altura de la ciudadanía; para organizar la convivencia social, darle cierto orden y evitar que acabemos haciéndonos pedazos, o para controlarnos. Seguramente algo de eso encontrará, pero yo, ahí más humildemente, desde esta ciudad a la que insisten en meterle más y más vehículos en las mismas calles de hace 100 años y más, le diré que el gobierno se inventó para tener alguien a quien echarle la culpa de nuestros males porque señora, señor: está visto que es la cosa más sencilla, cómoda y conveniente, tener a quien culpar de lo que hacemos mal, todas aquellas situaciones, actitudes y convicciones que redundan en la pérdida del bienestar por el que nos esforzamos muchos cotidianamente…

Desde luego el corrupto es el otro; los otros, los eufemísticamente llamados servidores públicos… Pues no. Fíjese que no es así. Como las presidenciales declaraciones, el asunto es más complejo, y si le metemos lupa prácticamente no quedará títere con cabeza. Es obvio que el gobierno no está compuesto de puras blancas palomitas y hermanas de la caridad –¡luego escucha uno tantas cosas!–, pero tampoco es cierto que la corrupción sea exclusiva de la autoridad.

Va un ejemplo, el más simple y simplón que se me ocurre, pero que creo ilustra lo que quiero decir: si ante el semáforo en rojo usted se comporta como ciudadano y se detiene, no será necesario corromper al agente vial que lo detenga para infraccionarlo por habérselo pasado, y si usted entrega gato por gato, tampoco será preciso engrasarle la mano a nadie para que no vea que claramente está haciendo pasar gato por liebre…

En fin, que por desgracia el problema es serio, y constituye un gran obstáculo para nuestro progreso y bienestar. Por eso me parece de lo más valioso e interesante el trabajo que ha realizado sobre este tema la doctora Evangelina Tapia Tovar, profesora investigadora del departamento de Sociología de la UAA, que por cierto actualmente encabeza.

A partir de una línea de investigación abierta por el doctor Genaro Zalpa Ramírez –toda una institución en la UAA, uno de los personajes más respetados de la universidad–, la doctora Tapia ha trabajado el tema de la corrupción, no en términos de qué obra pública costó más de lo que debía, o quién se carranceó qué, etc. No así, sino de una manera, digamos, más sutil y aparentemente inocua –¿qué tanto es tantito?–, y ha concentrado su atención en aquellos elementos que constituyen lo que podría denominarse como una cultura de la corrupción; aquellas conductas que favorecen el surgimiento y desarrollo de prácticas corruptas, pero que no vemos como tales, sino como elementos normales de nuestra cultura.

Se trata de aquello que podría denominarse, si cabe la posibilidad, como corrupción blanca, o corrupción buena, aquella que ejerce quien tiene un poder delegado, y que se da en el aprovechamiento de relaciones, cobro de favores, la ayuda que pueda conseguirse para acelerar un trámite, obtener una recomendación, es decir, recibir un trato preferencial. Se trata de actitudes que no forzosamente son ilegales, pero que acarrean un quebrantamiento de las normas establecidas y, posiblemente, un daño a terceros.

Este estudio de la cultura de la corrupción lo llevó a cabo la doctora Tapia a través de los refranes que se refieren a ella. Frases inocentes como el que a buen árbol se arrima… y quizá no tanto, como aquella otra que pide, suplica: Dios mío. No te pido que me des, sino que me pongas donde hay.

Desde luego el tema no se agota aquí, y a lo mejor tampoco en la próxima, pero a ver qué resulta… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com).

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