Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

No tan maravillosa como su predecesora

Y continuando por nuestro trayecto por los derroteros ochenteros que la pluralización mediática nos ha marcado desde hace algunos años a modo de miradas nostálgicas a la década de los excesos tenemos ahora a la Mujer Maravilla en esta nueva película ubicada en 1984, pero por fortuna con una idea clara del porqué sobre su naturaleza retro, pues marca un claro paralelismo al auto-derecho que la cultura de la indulgencia produjo en la nación más poderosa del mundo hasta nuestros días, donde dicho país no sólo está a un pasito de la distopía que nos advirtió George Miller en “Mad Max” (y que por cierto su trama se desarrolla justo en el 2021) ante sus arrebatos atrabancados y retrógradas de insurrección provocados por su presidente atrabancado y retrógrada, y de lo que se aprovecha la directora Patty Jenkins para apuntalar tanto al villano de la historia, un yuppie cortado de la misma tela que Donald Trump -con la diferencia de que este antagonista, llamado Maxwell Lord, sí ama a su hijo al que no ve como una extensión de su propia vanidad- como varios momentos de la cinta donde la colorida plasticidad de la era Reagan con sus toques consumistas y superfluos juegan un relativo rol en el armado de la historia, pero incluso estas curiosas puntadas no logran salvar a esta película de un descuido total por los numerosos personajes que se disputan cierto protagonismo, olvidando que, a fin de cuentas, ésta es una película con un personaje estrella muy claro y definido, al punto que a pesar de incluso darle el título a la cinta, no se le confiere el suficiente protagonismo.
La película abre con una lograda secuencia que nos traslada a la isla de las amazonas cuando la princesa Diana, alias la Mujer Maravilla, era todavía una niña, participando de una complicada carrera atlética con numerosos obstáculos contra congéneres mucho mayores. Su aguerrida calaña y disposición competitiva la orillan a hacer trampa para ganar, lo que le acarrea una fuerte reprimenda de su madre, la Reina Hipólita (Connie Nielsen), quien le da una lección sobre la verdad y la honestidad. Este elemento es lo que sirve de contraste precisamente en el marco histórico que maneja la cinta alternando esa idea con la deshonestidad que puebla la mentalidad de la Norteamérica ochentera, pero no lo suficiente como para evitar su dilución conforme avanza la movida trama. Ya en el presente (en 1984), la guerrera amazona ahora conocida como Diana Prince (Gal Gadot) trabaja de incógnita en un afamado museo, donde conoce a una tímida y retraída gemóloga llamada Barbara Minerva (Kristen Wiig), a quien se le encomienda estudiar una nueva pieza que ha llegado al recinto, un cristal antiquísimo del que se rumora puede conceder cualquier deseo. Para probarla, ambas le piden en secreto y por separado sus más caras fantasías, Diana el recuperar a su amor perdido Steve Trevor (Chris Pine) y Minerva ser tan fuerte como Diana. Ambas obtienen lo requerido, pero como indica un personaje, “con un precio, como la Pata de Mono”. Su deseo drena la fortaleza de Diana mientras que a Barbara la sume en la locura. Todo empeora cuando Maxwell Lord, quien procura hacer fortuna mediante estafas y engaños, se adueña del cristal para posteriormente mimetizarse con él. Ahora Lord es como un genio que concede y se alimenta de los deseos ajenos con el fin de obtener poder ilimitado, mientras Minerva se transforma gradualmente en la mortal enemiga de la Mujer Maravilla llamada Cheetah.
Muchas subtramas y personajes terminan por desgranar las buenas intenciones narrativas de la directora Jenkins, quien trata de brindarle a cada personaje algún momento de brillantez, esfuerzo que tan solo brinda atisbos a lo que pudo ser (v.g. la confesión de Steve a Diana sobre el porqué para él volar aviones es su vida mientras pilotea el clásico jet invisible de la heroína o los fugaces momentos en que Lord busca relacionarse con su pequeño) sin que consoliden una trama coherente o sólida, pues todo se pierde entre secuencias de pelea contra convoys en el desierto o el riguroso enfrentamiento durante el clímax, por cierto trabajado con cierto gusto por lo fortuito absurdista, ya que todas las piezas encajan de forma caricaturesca. Y hablando de ello, es necesario notar el sacrificio de las facetas más realistas y humanas por parte de la misma Jenkins junto a Geoff Johns y Dave Callaham en el guion a favor de un espíritu muy acorde a la narrativa comiquera de los 80’s, donde comúnmente la lógica cedía paso a felices accidentes o golpes de suerte entremezclados con fantasía. Tal es la fórmula que se adapta a esta producción, y se echa de menos la seriedad o por lo menos la fortaleza narrativa con que se confeccionó la película previa -esa escena en Tierra de Nadie con la amazona avanzando en ralentí entre tiros nazis es, tal vez, uno de los mejores momentos en toda la historia cinematográfica de la DC-. En el tono de esta película, un servidor le desearía a su villano que “Mujer Maravilla 1984” fuera una producción más interesante de lo que es.

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