Moshé Leher

Con sus variantes el mundo occidental, el que nos es familiar, ha vuelto monótono, y en una verdadera monserga, eso de morirse: actas de defunción, servicios funerarios, ceremonia religiosa (si es el caso, que no el mío, por cierto), y dos vías únicas: entierro (“¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!”, Sabines, por supuesto) y la ya aceptada práctica de la cremación: muchos años prohibida por la Iglesia e impuesta a golpe de escasez de tierra en los cementerios.

Esto amén de las prácticas burocráticas por las que los llamados deudos han de pasar para comprobar que el muerto está muerto, cuentas bancarias por cancelar; contratos por concluir; seguros de vida por cobrar y todos los etcéteras inventados por algunas mentes degeneradas. Lo dicho: una monserga: una para los que se quedan, pues el que se fue ya no se enterará de nada.

Para no entrar en extrañas costumbres funerarias (Barley en un libro amenísimo pero macabro narra, por ejemplo, de un pueblo indonesio que hace estanterías con los huesos de sus difuntos o de otro, creo que del Camerún, que confecciona sillones con su piel), limitémonos a que esto de la inhumación individual es una práctica reciente (los entierros para una persona estaban antes limitados a la realeza y el alto clero), y que la cremación -otra salvajada a mi entender-, es una costumbre por mucho más práctica.

Sobre la cremación, una costumbre milenaria que se remonta a los pueblos mediterráneos, que fue común en Grecia y Roma, muy practicada en el hinduismo y apenas introducida a occidente a fines del XIX, he de contar que ha sido estimulada y prescrita durante la historia de la humanidad, como por ejemplo en Persia, donde tratar de cremar un cadáver era causa de pena de muerte, en tanto que cremar cuerpos fue una práctica habitual para tiempos de plagas, de guerras y como método de castigo -verbigracia con los herejes que amablemente calcinaba la Inquisición.

De pasada hablo del embalsamamiento, práctica limitada a nobles, reyes y sacerdotes, en Babilonia, obviamente en Egipto y afortunadamente olvidada, pues mal haríamos en este mundo, donde ya no queda espacio para nada -más que para que algún despistado construya trenes sobre la selva virgen, refinerías que no refinan nada y todo tipo de elefantes blancos-, que andar buscando depósitos para momias.

En fin, volviendo a lo de la monserga de morirse, tengo ya tiempo pensando en evitar molestias en el momento, que espero todavía lejano, de mi partida, ahora que visito las salas funerarias con más frecuencia de la que deseo y que tengo que entender que ya tengo una edad. Y, esto es importante, que la única persona en el mundo facultada para tomar decisiones sobre mis restos, vive a 12 mil kilómetros y no pienso molestarlo para que venga a perder el tiempo en trámites y ceremonias por demás engorrosas.

Con esto pretendo dejar claro, muy claro, que nadie que no sea mi hijo tiene derecho a decidir nada, para evitar que los metiches vengan a opinar de un asunto del que les excluyo desde ahora y en definitiva.

Como no me apetece enfermar a los gusanos (para algo leí a Ciorán), y en mi caso la cremación es poco recomendable (“con tanto alcohol que has consumido, arderás por siglos”, dijo uno que sabía de lo que hablaba), quedan pocas alternativas: o donar mi cuerpo a la ciencia (para maravilla de generaciones futuras) o seguir la recomendación de aquel que dijo, cuando las lapas de Gayosso lo tenían, como a todos, hasta el copete: “a mí me entierran gratis, o les apesto el pueblo”.

Sobra decir que a falta de sinagoga, prohíbo cualquier centro de culto, a menos de que sea un templo de adoradores de Zoroastro, y que a mí las funerarias me parecen repugnantes, especialmente por las infusiones de calcetín que sirven como si fuera café, amén de lo ya dicho en otro artículo, ya hace muchos años, a mí me momifican, y me dejan de adorno en mi bar, con un cigarrillo en la mano, si no es mucho molestar. Ah y de mezclilla y camiseta de algodón: los trajes me incomodan y la corbata me causa ahogos.

¡Shavua Tov!

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