Por J. Jesús López García

En la Historia de Occidente, el aprecio por el pasado es relativo. Parece haber un poco más de estima en lo que pasó hace mucho tiempo, y a la vez parece haber un espíritu por descalificar lo inmediatamente pasado. El Coliseo de Roma no se encuentra en el estado en que está por la destrucción causada por una guerra -como el Partenón de Atenas- si no por su parcial desmantelamiento en la Edad Media para usar su material en la construcción de otros edificios. En la misma ciudad de Roma el Papa León X (1475-1521) hizo quitar los bronces del Panteón de Agripa para fundirlos y encargar al pintor, escultor y arquitecto Gian Lorenzo Bernini (1598-1680) el baldaquino de la Basílica de San Pedro. Puede hablarse de manera similar sobre grandes construcciones mesoamericanas para dar pie a las edificaciones de las ciudades virreinales. En suma, el pasado, sobre todo el pasado inmediato, produce en el mundo occidental, cierto desdén que se traduce en la destrucción parcial de sus referentes constructivos.

En la ciudad de Aguascalientes son comunes que los inmuebles llevados a cabo en el siglo XX, sean modificados sin el menor empacho. Cuando algún edificio “parece” viejo, se consulta en los padrones de fincas protegidas y al no estar en el catálogo se procede a su modificación sin más, como si su valor dependiese de una catalogación -y su correspondiente sanción en caso de pertenecer a un acervo e incurrir en la violación de su protección-. Hay construcciones de alrededor de setenta u ochenta años de antigüedad que aún poseen rasgos de la tradición formal vernácula, sin embargo que al estar fuera de todo supuesto de conservación, simplemente están a la espera de una modificación que sólo reportará -se prevé- un beneficio temporal, sin tomar en cuenta que la imagen que la ciudad se ha ido forjando, simplemente se desvanece. Por pocos años de servicio a un ”antro” por ejemplo, la finca sufrirá intervenciones que a la larga lo dejarán inhabilitada para nuevos usos posteriores, y a la ciudad con una cicatriz más que la irá dejando irreconocible.

Es muy cierto que muchos de los edificios intervenidos requieren operaciones constructivas complejas, y que lo que fue vivienda hace tantos años, ya no es tan sencillo de establecer como tal en nuestros tiempos donde el auto se ha vuelto tristemente imprescindible y los espacios tan grandes ya no son ocupados por familias de considerable número de integrantes. Igualmente es cierto que hay sectores de la ciudad que tienen un valor diferente al que tuvieron, y que para el propietario de una vieja casona ya no es redituable rentar su propiedad a una familia cuando los usos comerciales y de servicios pueden generar más beneficios, sin embargo es ahí cuando se hace patente el desequilibrio de las metrópolis donde la propiedad se ha vuelto más un medio de especulación de lucro y ya no un medio para habitar, o trabajar. Las ganancias pueden ser mayores pero los daños también. La ciudad se queda sin vivienda y se llena de locales que se vacían a partir de ciertas horas. La vida abandona en algunos sectores a la urbe.

De lo anterior la insistencia de propiciar vivienda en esas zonas de la capital donde los inmuebles antiguos están a la espera de nuevos habitantes, no de nuevos visitantes. Implican recientes maneras de habitar por supuesto, pero a medida que se incentive nuevamente la pertenencia a esos sitios, la vivienda irá atrayendo nuevos usos y maneras de apreciar a la ciudad de un modo más completo y no sólo en ocasión de pasar unas horas, encerrados en un lugar.

En la esquina conformada por las calles Antonio Arias Bernal y Talamantes, una casa de alrededor de los años cuarenta del siglo XX, en un sector del barrio de San Marcos donde aún se preserva el uso de la vivienda como el principal. Es una finca muy bien conservada y tratada, enmarcada en las tendencias revivalistas de corte neocolonial, donde destaca los arcos de medio punto en su fachada, el remate mixtilíneo y el guardapolvo diferenciado. Parece ser una casona antigua pero no lo es, sus vanos no poseen la relación vertical tradicional. Aún así, es ya una casa de nuestro pasado inmediato que sigue manteniendo su forma y su frescura de una manera limpia y sencilla debido presumiblemente al aprecio de inmueble por ocupantes y/o propietarios.

La urbe no puede congelarse en un tiempo específico. Tiene que mutar conforme a sus sucesivos momentos, pero lo mejor de cada momento debe cimentarse en el reconocimiento de lo que existe para apreciarlo, usarlo, dignificarlo y ¿por qué no? modificarlo mejor. Sin duda alguna que cada vez más con la vida vertiginosa que llevamos actualmente, este tipo de inmuebles va desapareciendo, sustituyéndolos por otros de ínfima calidad arquitectónica que solamente busca la inmediatez y el beneficio temporal. Es así como el patrimonio arquitectónico artístico -del siglo XX- se va perdiendo gradualmente. Aún quedan múltiples ejemplos, no los perdamos.

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