Modernidad Senil: Avenida Madero # 128

Por J. Jesús López García

La arquitectura de la Escuela Moderna es la cristalización de un proceso intelectual y técnico que tuvo su origen en la Revolución Industrial del siglo XVIII y del pensamiento ilustrado de ese momento. Después del racional neoclásico, el romanticismo echó mano de formas eclécticas incentivadas en buena medida por la explosión tecnológica que generó desarrollos y materiales constructivos inéditos y por ello no utilizados.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX fue una centuria representada de forma mayoritaria arquitectónicamente por el trabajo de los ingenieros civiles y por aquellos profesionales que tenían un conocimiento profundo de la naturaleza de los materiales y el dominio de la técnica constructiva, hasta el retorno a la palestra de los arquitectos de Chicago y Nueva York en norteamérica y de los arquitectos adscritos en las vanguardias artísticas en Europa, particularmente en Alemania.

Los expertos hicieron uso de los adelantos sociales y técnicos, combinándolos con una nueva perspectiva plástica y simbólica para configurar una arquitectura «moderna» desligada –eso creían o querían– de un pasado anómalo, y con ímpetus entusiastas y optimistas en lo referente a la utilización de la ciencia y la racionalidad como soportes de una actual manera de proyectar espacios habitables y de un ejercicio experimental para producir frescos significados.

La síntesis de la modernidad arquitectónica se obtuvo durante las décadas de los años veinte y treinta del siglo XX a través de excelsas obras, baste citar la Bauhaus en Dessau (1925) por Walter Gropius, la Fallingwater –Casa Faufmann o de la Cascada– (1936-1939) por Frank Lloyd Wright, la Villa Savoye (1929) por Le Corbusier o el Sindicato Ferrocarrilero (1939-1941) por Francisco M. Treviño en Aguascalientes –éstas dos últimas con los postulados lecorbuserianos: edificio sobre columnas, planta libre, fachada libre, ventana horizontal y terraza jardín.

Entre los ejemplos mencionados existen diferencias notorias para quienes, siendo arquitectos o no, aprecian o disfrutan la arquitectura, pero sin duda alguna lo que concilia a estas realizaciones llevadas a cabo en Estados Unidos de norteamérica, Europa o en Aguascalientes, son características formales, intelectuales, plásticas y técnicas semejantes.

Al margen de la ubicación cronológica –como tantas otras en el mundo–, comparten el cosmopolitismo, su confianza en la llegada de circunstancias mejores para todos –lo cual es la médula del concepto «moderno»–, así como también el ánimo incitador y de ruptura; ¿Pero qué pasa cuando lo nuevo deja de serlo y la provocación y la separación vienen de otras fuentes de naturaleza más estridente, tales como el cine, la música, la política? ¿Qué ocurre cuando lo reciente ha perdido el soporte intelectual o cuando su plástica y sus técnicas han sido asimiladas en un programa? Sucede que lo nuevo deja de serlo y se transforma en un ente viejo.

A partir de ello la novedad, más que la búsqueda de lo nuevo, se propone como una tabla de salvación para continuar con el esplendor perdido. El clímax de la arquitectura Moderna ocurrió hace casi cien años, pero incluso sus ejemplares seguidores de la segunda mitad del siglo XX adolecen también de cierto agotamiento. Coloquialmente llamamos «antiguos» a los inmuebles añejos que construidos en piedra, obedecen a los cánones y formas tradicionales –sin importar que entre algunos de ellos medien hasta cerca de trescientos años de diferencia como el templo de San Antonio de 1908 y el núcleo de San Diego del siglo XVII– sin embargo a todo aquello que por sus formas y naturaleza constructivas nos es aún cotidiano, le llamamos simplemente «viejo».

El edificio ubicado en la calle Madero #128, a sólo media cuadra de la Plaza de la Patria, construido en lenguaje «tardo moderno», sede muy buen tiempo de una reconocida institución bancaria, erigido durante los años ochenta de la pasada centuria, es una obra de buen y discreto diseño que aún conserva la sobriedad de su concepción original y que sin embargo, a pesar de su altura y su reconocible forma, pasa desapercibido en su ecléctico contexto.

El agotamiento de las fincas se acompaña después de todo, del cansancio de las actividades que contiene o detona. La cotidianidad y la naturaleza de la utilización de la mayor parte de los edificios modernos y «tardo modernos», de carácter más operativo, terminan como la oxidación por dotar de herrumbre a aquello que se va dejando al azar del paso del tiempo.

La arquitectura Moderna posee aún los gérmenes de su revolución y de su experimentalidad pero se le ve –por la gente que la aprecia– como a varias bandas de rock de más de 50 años de edad, con más nostalgia que expectación.

Sin embargo, su naturaleza subversiva y empírica aún coexiste, sólo es cuestión de adentrarse en los planteamientos y propuestas, y como en esos grupos de rock aludidos, es cuestión de adecuar nuestra percepción al enfoque y veremos que su brillo aún persiste y que basta con pulir un poco la superficie, para que vuelva a alumbrar el paisaje construido de nuestras ciudades. La sobria arquitectura en Aguascalientes está en nuestro diario recorrer.

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