Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

¿Cuál era la misión en materia educativa?, ¿tan sólo denostar y acabar con la evaluación docente? Y acabando con la evaluación, ¿la misión está cumplida? Sea dicho con todo respeto, la misión estará cumplida, en el campo educativo, cuando todos los niños, todos los adolescentes y todos los jóvenes del país estén estudiando en una escuela digna; cuando ningún educando abandone sus estudios ni repruebe; cuando a los estudiantes, de todos los niveles, se les otorgue una educación de calidad; cuando los egresados de las escuelas superiores tengan trabajo asegurado y bien remunerado; y cuando la educación realmente sea factor de cambio y progreso para México. Solo entonces tendrá sentido “misión cumplida”.
Para ello, no es suficiente cancelar la evaluación docente para que el sistema escolar funcione eficazmente; habrá que formular y operar un plan nacional de educación sustentado en la ley y en la filosofía del pueblo mexicano, de donde emanen los fines y los saberes que han de formar al tipo de ciudadano y ciudadana que se desea. Y para cumplir, a cabalidad, con estos fines, propósitos y nociones que se establezcan, invariablemente se requiere la intervención de una noble estirpe de maestros que con vigoroso espíritu de servicio contribuyan al mejoramiento constante de la educación; maestras y maestros que no se atemoricen ante el mínimo desafío que se les presente, sino maestras y maestros que sepan enfrentar sabia y bizarramente los cambios sociales y culturales que se tienen enfrente como la creciente incorporación de las madres de familia al mundo laboral, las transformaciones en la organización familiar, la pobreza, la desigualdad social, el aislamiento, la violencia y la inseguridad, entre otros. Por tanto, los maestros deben tener conciencia que a las escuelas asisten niños, adolescentes y jóvenes, en las que unos cuentan con todo lo necesario para cursar sus estudios, con oportunidades para jugar libremente, de relacionarse con los demás, de acudir a eventos culturales y de esparcimiento, así como para interactuar con los medios electrónicos a su alcance; mientras otros no tienen los recursos ni las oportunidades para desenvolverse en la más elemental justicia social. Estas adversidades y desigualdades de la sociedad y de la población escolar, imponen a los maestros el desafío en la atención pedagógica, bajo el supremo principio que todos los estudiantes, independientemente de su condición, tienen el derecho de recibir educación de calidad; así como también tienen el soberano derecho de ser formados en las ciencias y tecnologías más avanzadas para ser capaces y competitivos en el concierto mundial. Y para esto, el Gobierno de la República debe diseñar y operar el plan nacional educativo, el cual aún no tiene claridad hasta la fecha, toda vez que los esfuerzos se han gastado, únicamente, en satanizar a la evaluación docente.
El documento rector de la educación, antes de pensar en la evaluación de estudiantes y de maestros, primero, tiene que definir los fines y los propósitos educativos; establecer el modelo que se ha de seguir en el proceso educacional; precisar la organización curricular de la enseñanza (léase programas de estudio); perfilar el enfoque y las novedades pedagógicas; proponer distintos procedimientos metodológicos y técnicos; prever los tiemposy los recursos que se deban destinar para llevar a feliz puerto la formación integral de los mexicanos. Y cuando estén operando los servicios escolares, entonces sí, periódicamente, habrá que evaluar los aprendizajes de los estudiantes con el objeto de constatar el grado de eficacia de la enseñanza y, por otra parte, analizar distintos factores de influyen en el proceso educacional; para con base en estos datos tomar decisiones en la reorientación y mejoramiento de la educación.
El tiempo apremia, el plan nacional se requiere ya para saber el rumbo de la educación. Los niños, los adolescentes y los jóvenes, merecen conocer las bases académicas de su formación.