Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Esta columna que me hace presente ante usted cada lunes, si usted así lo desea, ha llegado a su mayoría de edad… Lo digo, no porque haya alcanzado una madurez ejemplar -ni la columna ni yo, que en más de un aspecto sigo siendo un niño, y hasta de pecho-, o porque el gobernador, el administrador apostólico, el rector de la universidad o alguna otra autoridad de muy alta prosopopeya en el pueblo, permitan que sus ojos caigan sobre ella como si su lectura fuera un buen augurio para iniciar la semana, o se hubiera convertido en un texto que dicta línea, o porque haya alcanzado la deseada, ansiada y buscada pulcritud en la escritura, palabra que se transforma en belleza.

Nada de eso, ¡fuera bueno!… Llega a su mayoría de edad tan solo porque dentro de un par de días se cumplirán 18 años de su más antigua publicación, que surgió para honrar el nombramiento recibido como Cronista del Estado, que recibí el 28 de diciembre -es en serio- de 2001.

Quizá sea ligeramente excesivo afirmar que El Heraldo de Aguascalientes me enseñó a escribir, aunque ciertamente algo hay de eso, esto en función del acicate que ha significado la publicación semanal de estas líneas, las limitaciones que conlleva, y la práctica que esto ha significado…

Acostumbrado a otras dinámicas, por ejemplo en El Unicornio de El Sol del Centro, en donde inicié mi andadura periodística a fines de 1983 y publicaba cuando tenía algún texto, sin mayor compromiso, confieso que cuando inicié esta columna, en un primer momento experimenté momentos de terror ante la expectativa de que llegara el día de enviar el artículo y no tuviera algo entre manos y mente. Por fortuna ahora me falta tiempo, porque tema hay mucho, y también cuerda… ¡Hay tanto que decir sobre Aguascalientes! De hecho creo que ahora estaría en condiciones de sostener esta columna de manera cotidiana.

Ahora me acuerdo de la definición de gramática que me enseñaron en la primaria: “el arte de hablar y escribir correctamente un idioma cualquiera”. Igual ya no es así; ye ve come anden cambiande le lengue, pero yo sigo con la misma -chango viejo no aprende maroma nueva-, porque señora, señor: por una decisión de vida; una decisión preñada de una fuerte dosis de inconciencia, decidí cultivar este arte, llevarlo a una altura que evidentemente escapa a mi pobre experiencia de vida y conocimiento. Servidor de la palabra, me he proclamado, peregrino de la belleza. En todo caso quizá sea más preciso decir que el diario estimuló la búsqueda del perfeccionamiento de mi escritura, y de puntualidad.

En fin, aquí le dejo, dado que no es la primera ocasión en que escribo sobre la maravillosa, apasionante, tranquilizante, experiencia de escribir y publicar; compartir vivencias, información, reflexión, siempre buscando aportarle algo a usted, aplaudido lector; siempre, pero no quise dejar pasar la efeméride, que tiene algo de mágico por aquello de los 18 años. Por cierto que el pasado 28 de diciembre fue lunes. Aprovechando este viaje escribí sobre el tema de las inocentadas. El título fue el siguiente: “¡Gracias por su atención! Esta columna llega a su fin”, y lo hice no sin temor a que en el periódico me lo tomaran en serio y me dieran las gracias. No sucedió y aquí sigo, por lo que me siento agradecido con el periódico, y desde luego con usted.

Y ahora, a otra cosa más sustanciosa.

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Ayer se cumplieron 30 años de la inauguración del Teatro de Aguascalientes, el máximo escenario de la región, en un acto que encabezaron el presidente Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) y el gobernador Miguel Ángel Barberena Vega (1986-92). Por su parte el director del ICA era el sociólogo Jesús Gómez Serrano (1990-92). La maestra Esperanza Pérez me obsequió un programa de mano de la inauguración. Ella es esposa del maestro Filiberto Ramos, director de la Orquesta de Cámara de Aguascalientes, que se había formado un trío de años antes, y que actuó aquella noche en el concierto inaugural.

Aparte del programa de mano, se incluyó una hoja con información sobre el protocolo, que el maestro Lautaro Ortiz Juárez me hizo el favor de facilitarme. De acuerdo a éste, el teatro sería abierto a las 20 horas. 15 minutos después se daría la bienvenida al presidente Salinas. Acto seguido vendría la develación y lectura de la placa alusiva y luego el concierto. Al final se ofreció un vino de honor.

Me precio de haber asistido, junto con mi dulce compañía, al concierto inaugural. Mis dos primeras impresiones fueron de asombro y vértigo. La primera en la entrada, ante la monumentalidad del vestíbulo, su forma, sus líneas, etc., que aún hoy contemplo con interés. La segunda fue más fuerte todavía. Subimos hacia el balcón por el lado izquierdo y llegamos a la entrada de aquel. Recuerdo perfectamente que nos detuvimos ahí, donde se encuentra el barandal para bajar a la primera fila del graderío, y observé este espacio. Luego voltee para abajo; fue entonces donde sobrevino el vértigo, esto porque señora, señor: ¡aquello me pareció altísimo!

Como todos en este vecindario, había visto cómo avanzaba la construcción, y por tanto tenía una idea de sus proporciones, pero nunca preví su profundidad. Uno llega al lugar, y al entrar se sube una escalera de no más de dos metros desde la entrada hasta el borde del vestíbulo, que es también la parte más alta del patio de butacas, donde se encuentra la cabina. Desde ahí hasta la boca del escenario todo es bajada, para conformar la forma clásica del anfiteatro; la isóptica, pues, ese triángulo imaginario que debe existir para que todo el mundo vea claramente lo que ocurre en escena. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).