Moshé Leher

De manera inopinada, a falta de otra cosa que hacer que no sea estar rumiando problemas, y como el Pésaj impone que el Séder se celebre festivamente y con amigos, el jueves de la Semana Mayor, el pasado, decidí unirme a una expedición que, buscando aventuras salvajes y exóticas, se trasladó a un populoso balneario, que llámese como se llame, puede recibir el nombre común (a todos los balnearios de México, e incluso del planeta entero) de Resort Tepetongo.

Con matices poco significativos -beber whisky en lugar de pulque-, los balnearios del mundo -trátese de Benidorm o de Oaxtepec-, tienen en estos días algunas características comunes: más gente de la que es prudente meter, piscinas de aguas que terminan siendo venenosas, toboganes, puestos de todo pelo que venden todos fritangas indigestas, alcohol a granel y, más recientemente, música deplorable: sea ésta grabada o se tenga a uno de esos nuevos torturadores llamados Deejay (Disck Jockey, DJ…).

Iluso de mí llevaba un libro para sentarme en algún apartado, en los ratos muertos, bajo la sombra, y así no sentir que estaba tirado al vil ocio, porque ya se sabe que el ocio es la madre de todos los vicios, y a mí edad ya no estoy para andar de vicioso; fue imposible: no hubo ratos muertos, ni algún lugar apartado (había gente hasta arriba de los árboles), ni tampoco sombra.

Yo soy huraño y las multitudes primero me incomodan, luego me producen angustia y luego acaban por trastornarme, aunque como estaba con queridos amigos -algunos me quedan-, poco a poco asumí que había que dejarse llevar, incluso con esa música estridente que se encendía a las 10 de la mañana y no cesaba hasta bien entrada la noche.

Delante de nosotros instalaron, además de un pestilente puesto que vendía menjunjes fabricados con aromático atún, había uno de esos trampolines elásticos, a los que les añaden unos postes y un mecanismo eléctrico que sube y baja unas ligas, para pegar de brincos y de maromas.

No sé en qué momento, ya el viernes, mientras caía la tarde y comenzaba de hecho el Pésaj, decidí que a falta de cena del Séder de Pésaj (allí podría encontrar mucha fritanga pero ningún pan ácimo, así de difícil es cumplir con mis preceptos), una buena dosis de saltos y de adrenalina me serviría para salir del hastío en que me estaba sumiendo esa música, digna de peores purgatorios.

Esto no tendría ningún chiste, si yo tuviera 30, o 25 o 20 años, pero debe tenerlo cuando uno ya está mirando los 60; de allí a treparme a los toboganes, tirarme clavados -fallidos y ciertamente dolorosos- y trepar como chimpancé a unas enormes resbaladillas inflables, sólo mediaron un par de mezcales y la decisión de divertirme en asuntos peligrosos para un señor mayor, como lo soy, quizá por última vez en la vida.

Había un tobogán: alto, cerrado y oscuro y retorcido, al que los más jóvenes, otro amigo aquejado de la segunda adolescencia como yo, y el que escribe decidimos subirnos, no sin palpitaciones en el pecho, en el mío, pues ya que se arroja uno dentro, sin pensar, lo que sigue es un trayecto en tinieblas a toda velocidad, para terminar en un pequeño pozo de agua que, bien calculado, la verdad, servía para frenar el viaje.

La segunda vez fue más fácil; trepamos junto a una tropa de escuincles, que nos miraban con extrañeza, sobre todo a mí y a mi amigo también mayor; uno de los niños, más por precaución que por cortesía (temía morir apachurrado por nosotros), nos dio el paso y le dijo a su amigo:

-Oye tú, mira, mejor que pase el señor que se ve que tiene ya como 40…

Me sentí hasta joven… Hasta que el domingo, ya de vuelta de ese viaje surreal, vi que entre clavados y toboganes, mi cuerpo me dolía como si me hubieran apaleado el Canelo, Paquiao y Pipino Cuevas, pero juntos.

¡Jag Sameaj Pésaj!

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