Winston Churchill profetizó nuestro presente cuando dijo aquello de “el problema de nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles sino importantes”. Hoy a la importancia la llamamos éxito, que podemos definir como la posesión y consumo despreocupado de bienes materiales. Posesiones y consumo son la medida de los seres humanos. Los valores intangibles, si bien se invocan con cierta frecuencia (“ofrecemos una educación basada en valores”),en la práctica carecen de importancia y se reducen asimples elementos de ornato. Alguien con valores pero sin éxito es para fines prácticos un fracasado, un don nadie, uno más entre los muchos seres insignificantes de la muchedumbre que se hacina en todos los rincones del mundo.

Posiblemente porque provengo de ese humus, siempre he tenido debilidad por los más frágiles. Incluso en terrenos tanaparentemente ajenos como la paleontología, mis homínidos favoritos son los neandertales, porque hasta hace poco se les imaginaba toscos, brutos, torpes, feos, carentes de los refinamientos y las complejiades que otorga la cultura y la civilización. Bastó eso y saber que debo llevar en mí algunos de sus genes para que me identificase con ellos.

Hoy me topé con una palabra que si acaso había leído alguna otra vez, cuyo significado ya no recordaba: mindundi. Se la adjudicaba a sí mismo en un artículo reciente el escritor Javier Cercas que, sin embargo, acaba de ser elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón R, vacante desde la muerte en 2022 del escritor y traductor Javier Marías. Según el diccionario, mindundi significa “persona insignificante, sin poder ni influencia”.Me parece una buena palabra por eufónica y apropiada si lo que se busca es la economía del lenguaje.

Además del éxito, en esta sociedad se aprecia mucho la rapidez, la celeridad. Por eso el historiador francés Laurent Vidal, en su ensayo Los lentos. La resistencia a la aceleración de nuestro mundo del siglo XV a la actualidad, considera que la lentitud suele asociarse a los mindundis. Por lentos entiende a aquellos que no son capaces de mantener el paso acelerado que carateriza a la vida urbana actual. Sobre su ensayo nos dice “que trata precisamente de la cuestión de los ritmos sociales, pone de manifiesto la existencia de un patrón rítmico que se instala en los inicios de la modernidad clásica, con la aparición de un discurso religioso (que asocia la lentitud a la pereza, considerada un pecado capital) y de un discurso económico (que valora la rapidez en los intercambios comerciales y en la producción). En el momento de la incorporación al trabajo de las masas sociales [los mindundis, digo yo], las palabras y las imágenes se unieron para imponer la supremacía de la velocidad como símbolo de eficacia social y de modernidad consumada”.

Pese a que los lentos carecen de influencia social, Vidal nos recuerda que fueron precisamente ellos  –“los campesinos, cajeros, reponedores, carniceros, panaderos, asistentes a domicilio, guardias de seguridad, trabajadores de manteniemiento, empleados de obras públicas, choferes, etc.”– quienes mantuvieron funcionando el mundo durante la reciente pandemia, mientras los demás nos recluíamos en nuestras casas. Sólo una desaceleración de la vida por aquella causa los sacó a la luz. No es que sean inferiores, sino que viven en un segundo plano en el que la vida transcurre a un ritmo más reposado.

Parece oportuno citar aquí la Breve teología de la lentitud del cardenal portugués José Tolentino Mendonça:

“Tal vez necesitamos recuperar ese arte tan humano que es la lentitud. Nuestros estilos de vida parecen contaminados irremediablemente por una presión que escapa a nuestro control; no hay tiempo que perder;queremos alcanzar las metas lo más rápidamente posible; los procesos nos desgastan, las preguntas nos retrasan, los sentimientos son un puro despilfarro; nos dicen que lo que importa son los resultados, sólo los resultados. A causa de esto, el ritmo de las actividades se ha tornado despiadamente inhumano”.