Jesús Eduardo Martín Jáuregui

“Fuchi caca”, chistosa expresión. De la abundancia del corazón habla la boca, dice el evangelista…¿será por eso?.

El cuento es escatológico, pero que le vamos a hacer, el Jefe AMLO lo provoca. En una tribu del norte, chichimecas probablemente, el gran jefe sufrió de una terrible constipación luego de haberse despachado dos canastillas de cardonas, una de chaveñas y otra de taponas. Al no haber pípilas disponibles, acudieron al brujo y le informaron “Gran jefe, no caca”. El brujo recetó leche agria y manzanilla, pero no le probó, los emisarios regresaron con su cantinela “Gran jefe, no caca”. El brujo aderezó su pócima con guamúchiles y guámaras verdes y mandó que el cocimiento lo tomara como agua de uso. Por la noche regresaron los emisarios “Gran jefe, no caca”. El brujo admitió la necesidad de su intervención personal, fue a la tienda del jefe, cantó, bailó y le suministró una purga de caballo disimulada con aguamiel. A la mañana siguiente la tienda del brujo estaba rodeada de guerreros. El que iba al frente apostrofó al brujo: “Gran caca, no jefe”.

No pude menos que acordarme del cuento por el chistoso y maloliente discurso de AMLO, en Milpa Alta, alcaldía de la Ciudad de México, cuando dialogaba con el pueblo náhuatl: “Pero no sólo es eso, es también que ya hay una nueva corriente de pensamiento y eso se debe a nuestro movimiento, porque antes ni en la academia, ni en las universidades se trataba el tema de la corrupción, mucho menos en el parlamento, en los discursos políticos, no se mencionaba ni siquiera la palabra. Ahora es distinto, todos los días la estamos mencionando y no sólo eso, el corrupto está quedando mal visto, estigmatizado. Fuchi caca. Esa es la transformación, por eso estamos avanzando, porque nos rinde el presupuesto, se hace mucho más con menos.”

Ya conocemos lo desmemoriado que es el Presidente, aunque la desmemoria selectiva se parece tanto a la mentira, y más que la sola mentira la perversa pretensión de engañar a un pueblo de origen indígena. Quienquiera que conozca un poco de historia reciente de nuestro país, recordará que una de las banderas de campaña del presidente José López Portillo, fue precisamente el combate a la corrupción: “La corrupción somos todos”, sostenía. No quiere recordar AMLO que su antecesor Miguel de lo Mas Gris, también enarboló la bandera anticorrupción y creó una secretaría con funciones para combatirla. En el combate a la corrupción gobiernos priístas detuvieron y procesaron a personajes emblemáticos como la Quina y la señora que le apodan La Maestra, y otros como Napito y el mismo Ebrard prefirieron huir antes que someterse en su país a un juicio por corrupción. Así que, aunque el Presidente no quiera acordarse, la corrupción ni le es desconocida, ni le es ajena, ni le es lejana, y desde hace muchos años los mexicanos hemos vivido, hemos tolerado, hemos compartido, hemos practicado, hemos luchado y muchas veces sucumbido ante la corrupción.

Pero la desagradable expresión que puede ser graciosa en un chilpayate a un anciano no le queda, y lo que es peor puede ser indicio, me lo dijo una amiga estudiante avanzada de sicología, de una fijación anal, retentiva, sádica, controladora. Como no acabé de entenderle pero pensé que podría interesarle a mis inermes, incondicionales y desaprehensivos lectores, les convido dos o tres cositas que me encontré al respecto.

En la etapa anal el niño expulsará dócilmente los excrementos como «sacrificio» al amor o los retendrá para la satisfacción autoerótica y más tarde para la afirmación de su voluntad personal. Con la adopción de esta segunda conducta quedará constituida la obstinación (el desafío), que, por tanto, tiene su origen en una persistencia narcisista en el erotismo anal.

La significación más inmediata que adquiere el interés por el excremento no es probablemente la de “oro-dinero, sino la de regalo”. Es decir, Freud subraya que el niño considera sus heces como una parte de su cuerpo del que él se va a separar.

  1. Ferenczi (1927) plantea que las dos situaciones traumáticas educativas claves son el destete y el control de esfínteres. Afirma que las heces representan un “intermediario” entre sujeto y objeto y habla de una “moral de los esfínteres”.
  2. Abraham distingue dos fases en el interior del estadio sádico-anal: en la primera, el erotismo anal está ligado a la evacuación, y la pulsión sádica a la destrucción del objeto; en la segunda, el erotismo anal se liga a la retención y la pulsión sádica al control posesivo.
  3. Jones sostiene que la capacidad de concentración está ligada al acto de la defecación y lo relaciona con el origen del pensamiento.
  4. Heimann afirma que las experiencias anales son narcisistas e incomunicables.
  5. Meltzer analiza la constelación característica de la seudomadurez ligada al erotismo anal. En su teorización la analidad es una defensa frente a la relación con el pecho y, luego, frente a la relación con la madre. Toda situación de abandono o de soledad aumentará la masturbación anal, que se erige como una defensa narcisista.
  6. Green (1990) le otorga mucha importancia a la analidad primaria y considera que la regresión anal conduce a la desestructuración del pensamiento, porque la excitación insuficientemente ligada ataca a los pensamientos y es proyectada al exterior de un modo tan violento que no puede ser ni reintroyectada ni metabolizada.

En Lo Puberal, P. Gutton cita a B. Rouzerol en “La dérision ou l’humour perverti” (1980) dice: “El autor relata la observación (durante una psicoterapia) de un niño encoprético cuyo funcionamiento, a nuestro entender, maníaco, es ejemplar. La lectura de este texto a partir de nuestras reflexiones sobre la reactivación del funcionamiento maníaco en el estadio anal (uso y abuso del esfínter). “Sólo atacando al objeto externo lo mantiene la irrisión paradójicamente vivo, pues si lo ridículo mata, es también el garante de que esto no tiene importancia; asimismo, el libreto del perverso resulta el garante de que la castración no ha tenido lugar; de igual modo, las heces que desaparecen renacen en una nueva defecación para anular el hecho de que las materias fecales pueden enterrarse y secarse.

¡”Meter en caja” es, cabalmente, fecalizar al otro y resucitarlo por su omnipotencia!

 

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