Para el señor Muñoz, en su día.

Sin haberlo planeado con anticipación, pensé en escribir sobre mi padre justo este domingo en el que se celebra el Día del Padre. Todo sucedió al leer el boletín semanal –newsletter, le dicen– sobre filosofía que publica el periódico El País, escrito por Jaime Rubio Hancock. Esta semana se titula Necesitamos más cinismo. De entrada, parece un título provocador, un contrasentido, pero no es así.

Lo que pasa es que hay dos tipos de cínicos. Los seguidores de cierta corriente filosófica de la antigua Grecia y los que hoy llamamos propiamente cínicos, es decir, sujetos que, según el diccionario, “actúan con falsedad o desvergüenza descaradas”. Y es muy importante distinguir entre unos y otros, porque como dice Eduardo Infante, profesor de filosofía y autor de No me tapes el sol. Cómo ser un cínico de los buenos, lo único que tienen en común los cínicos antiguos y los modernos es que “su comportamiento provoca escándalo en los demás”. En otros aspectos, sobre todo en los ideales, son completamente opuestos.

Como podrán ustedes adivinar, mi padre, sin saberlo, practicaba el cinismo filosófico. He llegado a esa conclusión al leer a Hancock, que cuenta la famosa leyenda sobre Diógenes de Sinope (412-323 a.C.), del que se dice que cuando Alejandro el Grande se encontró con él a las afueras de un gimnasio en Corinto, le dijo: “Soy Alejandro”, a lo que Diógenes respondió: “Y yo Diógenes, el perro”. Alejandro le preguntó : “¿Por qué te llaman Diógenes, el perro?”, y este le dijo: “Porque alabo a los que me dan, ladro a los que no me dan y a los malos les muerdo”. Sin dejarse impresionar, Alejandro le respondió: “Pídeme lo que quieras”, a lo que Diógenes replicó: “Quítate de ahí que me tapas el sol”.

Pues bien, puedo contarles una anécdota de mi padre en la que puede equipararse a Diógenes. De orígenes muy humildes como mi madre y víctimas ambos de una guerra fratricida, aprendió desde muy joven el oficio de mecánico de maquinaria textil en una época en la que hacía un siglo que a Sabadell, la ciudad en la que yo nací, la llamaban “la Mánchester catalana” por ser un centro textil de primer orden. Todavía recuerdo que cuando yo era niño se escuchaba en muchas de sus calles el golpeteo incesante y rítmico de los telares de sus numerosas fábricas y talleres.

Fue su destreza con esas y otras máquinas la que lo llevó primero a recorrer varias fábricas de España, Portugal, Sudamérica, Centroamérica y, sobre todo, de México. Y esa fue la razón, junto a su pundonor y laboriosidad, por la que llegó a ser jefe de mantenimiento de dos fábricas textiles de Aguascalientes. Y ahora viene la anécdota. En una ocasión en la que estaba reparando una de aquellas máquinas, tendido en el suelo bajo los hierros del artefacto, con las manos llenas de grasa empuñando sus herramientas, el dueño de la fábrica se acercó a él y le preguntó: “¿Qué necesita, Sr. Muñoz?”, a lo que mi padre respondió “Que no me quite el tiempo y me deje trabajar”. Ahí está: Diógenes revivido, reloaded, como dirían ahora.

Uno de los ragos más llamativos de aquellos cínicos antiguos –a los modernos los podemos escuchar todos los días en tribunas y púlpitos– era la llamada parrêsía que, según Michel Foucault, apareció por primera vez en la literatura con Eurípides. La palabra significa “hablar franco, libre, sin reservas, decir veraz”. Es interesante que este filósofo francés dedicase al cinismo el último curso que dictó en el Collège de France bajo el título El coraje de la verdad.

Pienso que tal vez heredé la parrêsía de la que rara vez hacía gala mi padre, rasgo que algunos rencores le granjeó entre los miembros de la aristocracia del barrio. Esa franqueza en el hablar, tan chocante entre quienes gustan del autobombo y el guayabazo, se me da a mí con más largueza que a mi padre y reconozco que me ha atraído no pocos odios africanos. Lejos de arrepentirme, quiero decir que me honro en seguir la estela de quien se ganó a pulso el título más que nobiliario de señor Muñoz.