Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Cuando estudiante en la UNAM, un grupo de amigos éramos asiduos al teatro y a los cineclubes. La Difusión Cultural gozaba en aquel tiempo de un gran apoyo, de un gran prestigio y de un público fiel, constante y conocedor en su mayoría. La universidad tenía habilitados varios foros en C.U. y varios también en la ciudad, algunos prestados como el Teatro Hidalgo, otros habilitados como el Teatro Chapultepec convertido en el Arcos Caracol. Fue allí en el foyer mientras daban la tercera llamada y luego en el intermedio que escuché por primera vez a Óscar Chávez, el disco, lo pregunté, era Herencia Lírica Mexicana, una recopilación de canciones antiguas, tradicionales, del dominio público, rescatadas en buena medida en Zacatecas. Todavía no se estrenaba la película Los Caifanes, pero Juan Ibañez, su director era toda una figura del teatro, ya había obtenido premios en Francia por sus puestas en escena: Divinas Palabra y luego Olímpica. En el teatro universitario había grandes directores como el propio Juan, José Luis Ibañez, Ludwig Margules, Héctor Azar, Eduardo Mc Gregor, y jóvenes prometedores como Héctor Bonilla, Mari Carmen Círice, Claudio Obregón, José Estrada, Ramón Barragán y Óscar Chávez, entre otros. Yo me inscribí en el grupo de Héctor Bonilla, señorón, disciplinado, formal, técnico, generoso, y al cabo de unos meses José Estrada “El perro”, que había prestado el pequeño convertible de Los Caifanes para la filmación, y coordinaba los grupos de teatro estudiantiles en la UNAM, en una vuelta que dio a nuestros ensayos, me habló al terminar y me invitó a pasarme al grupo que dirigía Óscar Chávez, que utilizaba el teatro de Arquitectura. Sabes, me dijo, Oscar está montando el “Entremés famoso de los invencibles hechos de Don Quijote de la Mancha”, le hace falta quien haga de Quijote y tu me das el tipo.

Me incorporé al grupo, que, era las antípodas del de Derecho. Óscar: jovial, tolerante, vacilón, despreocupado, informal en su trato pero formal en su trabajo y en sus resultados. Con Bonilla el ensayo empezaba a las 4 pm, ni un minuto más y terminaba a las 6 pm, ni un minuto menos, con Óscar empezábamos como a las 7 pm y terminaba cuando nos íbamos. A veces a las 8, a veces a las 10, a veces a las 12. La Herencia Lírica había sido un éxito entre la intelectualidad, estaba de moda La Mafia, y se preparaba el estreno de la película que lo lanzaría a la fama. Como no tenía coche se movía en camión. A la salida del ensayo caminábamos a la Terminal, que entonces estaba a un paso de rectoría y allí un grupo, entre ellos Óscar, tomábamos el camión de la ruta Insurgentes-Bellas Artes. Nos sentábamos hasta atrás y él, todavía no era conocido sino en círculos muy especiales, cantaba sus canciones, todavía no empezaban las de protesta pero pronto empezarían, y los demás recorríamos el camión pidiendo una cooperación para el cantante que él repartía equitativamente.

La plática sobre las tradiciones, sobre las costumbres del altiplano, por alguna razón que no tengo clara, tenía relaciones familiares y amistosas en Zacatecas, de allí que su rescate empezara en esas tierras. La guitarra le servía para escenografía, todavía no la tocaba bien y en sus presentaciones se apoyaba en estupendo guitarrista sudamericano Mario Ardila, a su muerte prematura, encontró la magnífica compañía de Los Morales.

El 68 nos sacudió a todos. La marcha unificada y trunca que encabezó el rector Javier Barrios Sierra y que culminó con un acto multitudinario, la arenga del rector y el coro monumental de maestros y estudiantes cantando el Himno Nacional, tuvo como corolario la intervención entre otros artistas de Óscar Chávez, que se convirtió desde entonces en un símbolo, símbolo libertario.

Cuando regresé a Aguascalientes dejé de frecuentarlo. Años después, ya todo un artista reconocido imprescindible en la Feria de San Marcos, lo vi en el restaurante Francia, estaba parado en la caja. Me acerqué por detrás y empecé a cantar de aquel entremés:

“Por unos montes arriba,

de montaña muy oscura,

caminaba el caballero

lastimado de tristura…”

Sin voltear Óscar siguió el canto:

“Andando de sierra en sierra

de camino no se cura…

El caballo deja muerto,

y él a pie por su ventura”

Se dio la vuelta, y nos dimos un abrazo.

Amigo, hermano, no te cures de camino, sigue por tu ventura…