Jesús Antonio de la Torre Rangel[1]

Parte 2

En el diálogo que se narra entre Mercedes y Virginia Ybarra, –hermanas del protagonista principal–, y doña Cuquita Padilla y Rosa, esposa e hija, respectivamente, de don Manuel Díaz Infante, se menciona a Encinillas. En ese lugar, perteneciente al municipio de Ojuelos, nació mi madre, Martha Rangel Alba, mi abuelo, Antonio Rangel y mis bisabuelos Andrés Rangel y Sara Rangel. En la novela se cuenta una anécdota, según la cual la hacienda de Atencio fue escenario de un combate entre revolucionarios, estando, en esos momentos, la familia Díaz Infante en Ojuelos, en misa; cuenta Cuquita Padilla: “El señor cura no nos dejó salir del templo hasta que terminó la refriega; entonces le prestaron una sotana a mi marido y se fue con ella puesta caminando a Encinillas, donde su primo le facilitó una mula para que pudiera regresar a la casa, acá en Aguascalientes.” (p.140). Eso sucedió en 1913. Al frente de la hacienda de Encinillas debió estar mi bisabuelo Andrés –mi abuelo tendría entonces 10 años–. No sabía del parentesco de los Rangel con la familia Díaz Infante. Quise confirmarlo con Jovita Rangel –prima hermana de mi mamá–, y me dijo que ella sabía del parentesco, pero sin poderme precisar más. Lo que sí añadió, es que Cuquita Padilla y Manuel Díaz Infante habían sido padrinos de bautizo de su mamá, mi tía Raquel González Hermosillo de Rangel.

Por la novela me enteré, además, que la palabra Atencio es de origen huachichil que significa “lugar del aire”. (p. 142)

La Hacienda de Santa Rosa de Lima, propiedad de la familia Ybarra, es mencionada muchas veces en la novela, y en la misma se llevan a cabo varias acciones. Santa Rosa de Lima es vecina de Montoro, en donde se encuentra un predio de Chela de Lara –mi esposa– que heredó de sus padres. Vamos seguido a Montoro, un lugar que tiene similares características geográficas y climáticas que Santa Rosa. Así que también la novela, en esto, me “habla de tú”. Antes, para llegar a la hacienda de la familia Ybarra, se llegaba en carro hasta “Puerta Cochera”, de allí en adelante el viaje era a caballo; ahora, se llega en carro hasta allá, pasando por Milpillas y se pasa también, necesariamente, por Montoro.

Se habla también de la construcción de la “Presa Calles”, en San José de Gracia, en el capítulo “Agua sobre San José” (págs. 172-175). El viejo pueblo, estando en donde se planeó que fuera el vaso de la presa, quedó inundado y, por supuesto, sus habitantes lo desalojaron forzadamente. Eso sucedió por los años que se narran en la novela, precisamente en 1926. Los comuneros de San José de Gracia, muchos años después, se decidieron a demandar indemnización por las tierras inundadas. Se nos encomendó, como despacho jurídico, el asunto; tenemos más de veinte años litigando y ahora sí, el pago ya se está obteniendo. Un pago, por supuesto, que no compensa el despojo ni mucho menos el sufrimiento de los comuneros afectados directamente cuando se construyó la presa.[1]

Se menciona a mi tío, el doctor Rafael de la Torre (págs. 413 y 443), como el último médico que vio, como profesionista, a Lupe Ybarra, en su enfermedad fatal. Rafael de la Torre era medio hermano de mi papá, Jesús Antonio de la Torre García.

Se menciona al “Lic. Loza” (p. 423); debe tratarse del Lic. Miguel Gómez Loza, destacado cristero, beatificado por la Iglesia hace algunos años. Es el abuelo de nuestra amiga, la Maestra María Jiménez Gómez Loza, profesora que fue, por muchos años, de la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

El capítulo dedicado a Pachita Tostado también lo sentí cercano. Se titula “Pachita Tostado y El Paráclito” (p. 425-429), porque siendo niño conocí a la admirable y virtuosa mujer, en casa de mi abuela materna, Socorro Alba, y siempre he admirado su obra.

Me gustaron mucho dos historias marginales de la novela, que me parecieron conmovedoras. “La muerte de Genovevo Portier” (p. 363 y sig.), obrero metido a combatiente cristero, conectado con el capítulo “El dolor de los desplazados” (p. 389 y sig.); y la historia de Sebastiana, la cocinera de la familia Ybarra, narrada en el capítulo denominado “La despedida de Cuca” (págs. 413-415), que casi me hace llorar.

Por lo que he dicho, ha sido para mí, una experiencia muy agradable la lectura del libro Morir en el silencio de las campanas. He aprendido y gozado mucho.

Aguascalientes, octubre 2022.

[1]Cfr. Jesús Antonio de la Torre Rangel, “Historia de un despojo y de un litigio agrario: el caso de San José de Gracia y la Presa Calles”, en Revista del Instituto de Investigaciones Jurídicas No. 15, Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, San Luis Potosí, 2008, págs. 109-126.

 

 

[1] Profesor-investigador de la Universidad Autónoma de Aguascalientes.