Moshé Leher

Hace muchos años un bembo -que era bembo entonces y creo que empeorado con los años- nos adelantó, en aquel viejo café de Electro AB, toda una sociología:

-El mexicano es un sujeto de naturaleza individualista…- explicó y yo me puse a imaginar a esos mexicanos calvinistas que su delirante imaginación estaba perfilando. Tenía ‘pruebas’ para sostener su teoría.

-Vean nada más que los éxitos de los mexicanos en el mundo suelen ser logros individuales; por ejemplo, digamos en los deportes, vean cómo los naturales de estas tierras suelen ganar pruebas individuales, como la marcha, o el boxeo. En cambio -alzó el dedo como si fuera un Sócrates-, vean lo mal que nos va en los deportes de equipo.

Yo le exigí que, a la luz de su teoría, nos explicara porque somos tan malos en otros deportes individuales, como el lanzamiento de jabalina, el tenis, las carreras de cien metros; ya que andábamos sentenciosos, también expresé mi opinión, luego de hablar de la organización comunitaria de las poblaciones indígenas o al gregarismo que nos trajeron los españoles, y me aventuré a decir que a los mexicanos les gusta andar en bola, pero que solos, o acompañados, solemos ser desastrosos.

Iba a hablarle de algunas ideas, ya no mías sino de Samuel Ramos, de Bartra, hasta de Octavio Paz, pero la refutación de su teoría de lo mexicano, que seguramente concibió un día que estaba borracho perdido, le gustó más bien poco, lo que deduje por varios gestos, digamos objetivos: la mueca que puso, la mirada flamígera, las peladeces que me dijo y, finalmente, la manera en que se fue del café -sin dejar para pagar su cuenta.

No voy yo, líbreme Yahvé de tal cosa, a elaborar yo mismo y aquí, ante ustedes que son unos lectores tan decentes, una sociología al respecto; no lo haré porque, como dijo Borges de escribir novelas, a mí esos asuntos me dan infinita pereza. Además ni me van ni me vienen.

Sostengo que a los mexicanos les gusta andar en bola y muy mis ideas.

Más que hacer teorías bembas, lo que quiero expresar es mi extrañeza ante esa actitud mexicana de sentir que un encuentro con un connacional en el extranjero es un motivo de alegría y un pretexto para irse a emborrachar juntos (para acabar arrastrando el prestigio nacional cantando a las tantas, y en plena calle, el Cielito Lindo); si ese encuentro es con un grupo de topógrafos de Pachuca o, mucho peor, con paisanos de su terruño, aquello parece ser ya el summum de la felicidad.

Digo esto hoy mismo que en la mañana uno que conozco me contaba que había sabido de mi estancia en España, que en algún momento debimos coincidir en Sevilla, donde, para más inri, habían improvisado una juerga él y una bola de personas de estas tierras chichimecas que se encontraron por allá, en una corrida de toros, en la que, por cierto, tuve la buena fortuna de no verlos (me hubieran amargado la tarde, el día y hasta el viaje).

Sin ofender, le explicaba, no sé por qué iba yo a querer toparme del otro lado del Atlántico a… Aquí entra el nombre de un par de tipos a los que considero unos verdaderos plomos, a los que evito como a la peste aquí, de tal manera que no veo la gracia de acabar con ellos en un tugurio andaluz, como si fuéramos amigos del alma.

Para tales encuentros desafortunados, que los he tenido, he desarrollado una técnica que consiste, básicamente, en aprender unas frases de rumano, otras de serbocroata y algunas más de tagalo, para cuando me llaman en alguna calle o plaza extranjera por mi nombre, poner cara de ‘de qué diablos me está hablando usted, señor’, soltar una retahíla de frases cuyo significado ignoro, y luego decir en un español con acento ucraniano: usted me confunde con otra persona.

A veces los veo rascarse la cabeza y largarse, afortunadamente, diciendo entre sí: juraría que se trata de… Un día que lo encuentre por allí le voy a contar que en el Puente de Carlos de Praga nos encontramos a un tipo que es su doble exacto, aunque tal vez más bajito y con algunos kilogramos de más.

¡Shavua Tov!

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