Para mis padres (q.e.p.d), mi esposa y mis hijos, a quienes debo lo que soy.

Luis Muñoz Fernández.

El campo de México ha sido pródigo en frutos. También ha rendido abundantísima cosecha de personajes sabios, sapientes dichos y galanas ocurrencias.

Don Abundio es prototipo del ranchero mexicano. Tan apegado está a la tierra que parece hecho de tierra. Posee al mismo tiempo su humildad y su grandeza. Es dueño, entonces, de una sabiduría innata heredada de sus antepasados y que heredará a sus hijos y nietos. […]

Tú que lees esto, y yo que esto escribo, tenemos la desdicha de vivir en la ciudad. En ella hay tantas cosas que casi somos una más entre ellas. Hemos perdido el contacto con la tierra. Eso nos quita fuerza de alma y cuerpo. Vive en nosotros el mito del gigante Anteo, invencible hasta que Hércules lo levantó en sus brazos para separarlo de la tierra, de donde provenía su fuerza.

Quizás estas páginas sirvan para volver a recordar nuestros orígenes. Esos principios –ese principio– están en la tierra. Están en nuestra tierra. Si regresamos a ella, siquiera sea en la lectura, regresaremos a nosotros mismos.

Armando Fuentes Aguirre ‘Catón’. Don Abundio el del Potrero, 2017.

 

Hace más de 40 años, cuando todavía vivía en España, recuerdo la ocasión en la que, viajando en coche con mi padre, le externé que quería ser zoólogo. Él, con ese sentido práctico aguzado tras la traumática experiencia de la Guerra Civil Española y la no menos terrible posguerra, me dijo: “Hijo, mejor busca alguna carrera con la que puedas ganarte la vida”. De esta manera abandoné mis aspiraciones de convertirme en biólogo y escogí la Medicina como profesión.

Con el tiempo, tras coquetear con algunas ramas de la investigación biomédica básica y recordando el sentido práctico de mi padre, decidí especializarme en Anatomía Patológica, una disciplina que combina armoniosamente las bases científicas de la Medicina con su aplicación al diagnóstico y la clasificación de las enfermedades.  Tiene como eje principal el estudio anatómico y microscópico de los órganos, las células y los tejidos, aunque en la actualidad llega también a los niveles moleculares de la organización de la materia viva para entender e identificar los mecanismos íntimos de las enfermedades.

Poco a poco caí en la cuenta de que con la Anatomía Patológica había regresado a una forma de la Biología que me permitía satisfacer mis viejas inquietudes sin dejar de contar con un razonable modus vivendi. También me fui dando cuenta que la Medicina es en realidad hija de la Biología, aunque esta filiación no es tan evidente para la mayoría de los médicos. En los últimos años hemos ido comprendiendo que la teoría de la evolución de las especies, uno de los fundamentos de la biología moderna, puede ayudarnos a entender el origen de algunas enfermedades y que, además, explica en buena parte el comportamiento de los tumores malignos.

Así que el interés en la Biología me ha acompañado hasta la actualidad y lo he cultivado como aficionado leyendo libros de divulgación científica y, también, lo he expresado mediante algunos de estos escritos semanales. Asimismo, lo he canalizado a través de algunas conferencias que he llegado a impartir cuando se ha presentado la ocasión. Ha sido una circunstancia especialmente afortunada mi interés por la Bioética, ya que en ella tienen cabida las reflexiones sobre la ecología y el efecto devastador de la acción humana en el medio ambiente, así como los alcances y los riesgos de la biología molecular y la reciente ciencia de la genómica.

Por eso ha sido una verdadera suerte que en los últimos años se haya puesto de moda lo que los angloparlantes llaman nature writing, es decir, la literatura sobre la naturaleza. En este género han aparecido libros maravillosos, algunos escritos por autores de antaño cuyas obras han sido reeditadas, y otros muchos por una serie de autores contemporáneos que nos muestran su profundo interés por todo lo viviente y, particularmente, su preocupación por la forma en la que los habitantes de las ciudades nos hemos desconectado del entorno natural con graves consecuencias para nuestra salud anímica y corporal. En este sentido, Edward O. Wilson, uno de los biólogos contemporáneos más destacados y notabilisimo divulgador de la ciencia, nos dice lo siguiente en su obra más reciente titulada Los orígenes de la creatividad (The origins of creativity. Liveright Publishing Corporation, 2017):

Durante casi la totalidad de los 100 mil años en los que ha existido la humanidad, la naturaleza ha sido nuestro hogar. En nuestros corazones y desde nuestros más profundos miedos y deseos, seguimos adaptados a ella. Diez mil años después de la invención de las granjas, los pueblos y los imperios, nuestros espíritus todavía residen en la tierra materna del mundo natural. […]

No vivimos ni podemos vivir por mucho tiempo fuera de este medio ambiente autosustentable. Existimos en un nicho ecológico estrecho dependiendo finalmente de su generosidad. El mundo natural tiene un poder aleccionador y vida eterna, por lo que tenemos buenas razones para llamarlo ‘Madre Naturaleza’. […]

Este es el punto que quiero señalar: la experiencia de la naturaleza, para quienes han aprendido a asimilarla, es un bien mágico.

Esta literatura sobre la naturaleza expresa una gran nostalgia por la vida silvestre y en las últimas décadas ha fomentado de manera creciente todo tipo de actividades que intentan restablecer la conexión perdida u olvidada con nuestro entorno natural. En otros países han surgido numerosos grupos dedicados al excursionismo y a un derivado llamado senderismo, que consiste en recorrer pie caminos y veredas, a través de los campos y los bosques, disfrutando del paisaje desde valles y laderas. Lamentablemente, en nuestro México actual esas prácticas tan benéficas están muy restringidas por el riesgo real que representa el imperio de la delincuencia.

Varias han sido las circunstancias que han llevado a estos autores hasta lejanos y solitarios parajes. Hemos dedicado con anterioridad algunas líneas a Henry David Thoreau, que cultivó con gran fortuna la literatura sobre la naturaleza. Tomemos ahora las memorias de Doug Peacock, cuyo libro Mis años grizzly. En busca de la naturaleza salvaje (Errata Naturae, 2015) tiene para mí un gran valor porque me lo regaló mi hija Brenda con su primer sueldo como Licenciada en Letras Hispánicas. Peacock nos enseña qué hacer si nos tropezamos con un oso:

Durante la confrontación con los osos, tenemos que demostrar al grizzly que nuestras intenciones son pacíficas, pero sin mostrar docilidad o debilidad. Tenemos que permanecer tranquilos e inofensivos, pero al mismo tiempo ponernos a la defensiva. Hay que evitar los movimientos bruscos y los ruidos fuertes, y eso incluye vociferar y hacer aspavientos.

La mayoría de los ataques de grizzly son consecuencia de que la gente echa a correr o intenta trepar a un árbol. Una vez que el oso nos ha visto es demasiado tarde para trepar. En eso, los folletos del gobierno se equivocan: hay que olvidarse de los árboles. En el Parque Nacional Denali en Alaska se cronometró a un grizzly corriendo a cuarenta y un millas por hora ( unos 66 km/hr).

Leyendo ese párrafo, uno entiende la verosimilitud de la famosa secuencia de la película El renacido (The Revenant, 2015), en la que el protagonista es atacado y gravemente herido por un oso.

La lectura de libros como este y otros muchos de su tipo nos permite, siguiendo a Catón, reencontrarnos con nosotros mismos.

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