¿O más bien “Megalomanía”?

Es de humanos caer en el autoengaño, y el corazón cinéfilo no deja de anhelar el momento en que un cineasta ya consagrado como Francis Ford Coppola resucite en calidad de propuesta y trabaje algo, aunque sea aproximado, a sus portentos del Nuevo Hollywood como El Padrino (1972) y secuela, La Conversación (1974) o Apocalipsis Ahora (1979), siquiera al menos a su labor inquisitiva y exploratoria como La Ley de la Calle (1983), Peggy Sue, su Pasado la Espera (1986) o su lectura sobre Drácula (1992), amacizadas por guiones llamativos e interpretaciones firmes. Pero parece que ya es vano esperar algo así, pues a pesar de permanecer en activo y zambullirse en aguas experimentales atribuladas por sifones de pretensión como Tetro (2009) y Twixt (2011), el maestro Coppola simplemente participa del cine canalizando su poder creativo en la forma sin considerar las posibilidades narrativas del fondo, y el culmen de tal despropósito es este opus cuyo título es la clave de lo recién escrito: Megalópolis, una película de ambiciones desmedidas que, en sus espectaculares vistas, puesta en escena y marco argumental macro, pareciera que se cumplen, pero la historia se queda en mendrugos de posibilidades que nos dejan muy hambrientos y desengañados al ver que aquella ilusión de ver al cineasta renacer queda en eso, un sueño o fantasía que ahora luce incorpóreo.
Inspirándose en un evento real acontecido en la República Romana (509-527 a.C.), conocido como la Conjuración de Catilina, sobre un intento fallido de golpe de Estado por parte del semi populista Lucio Sergio Catilina contra su archienemigo político Marco Tulio Cicerón, Coppola urde un proyecto de generoso tamaño que fue cocinando desde fines de la década de los 80, pero que por falta de fondos no pudo echar a andar (en el 2001 estuvo muy cerca, al punto de rodar 30 horas de segunda unidad y lecturas de guion donde se conjuntaron nada menos que Paul Newman, Uma Thurman, Robert De Niro, James Gandolfini, Nicolas Cage, Leonardo DiCaprio, Russell Crowe y Kevin Spacey, al final frenado porque su libreto original contenía una escena de atentado terrorista que “predecía” el ataque aéreo a las Torres Gemelas) hasta ahora. Su historia se ubica en una Nueva York ucrónica llamada “Nueva Roma”, donde la tecnología es integral para el desarrollo social y todos los constructos culturales, ideológicos y conductuales semejan a los de la Roma antigua. Esta fabulosa urbe está al borde del cambio, uno liderado por el brillante artista César Catilina (Adam Driver), quien ha creado un poderoso elemento llamado “Megalón” capaz de generar la construcción de una nueva metrópoli que él denomina “Megalópolis”, diseñada para albergar su sueño de una utopía perfecta, pero tiene como adversario al alcalde Franklyn Cicerón (Giancarlo Esposito), adherido a un estatus quo retrógrada marcado por la avaricia, intereses creados y la guerra partidista. En el punto medio se encuentra Julia Cicerón (Nathalie Emmanuel), la hija del alcalde, cuyo amor por César divide sus lealtades y la obliga a considerar a fondo qué cree ella que la humanidad realmente merece: la visión de Catilina o la de su arcaico padre.
En este combate, a través de diversos escenarios que replican en cauce futurista los cánones conductuales y situacionales de los romanos de la antigüedad, desfilan no sólo constantes eventos que redundan la tesis del filme sobre el progreso versus la mentalidad estacionaria, similar a las líneas ya trazadas por Metrópolis de Fritz Lang; también pululan varios personajes que aportan minucias a la trama, interpretados por actores de gran talla o reconocibles, aquí cumpliendo roles de ornato como Jon Voight en el rol del emperador Crasso, Shia LaBeouf como su estropeado y muy anodino heredero Clodio, y Dustin Hoffman cumpliendo sólo con su presencia física. Sin demasiado interés en producir ritmo o dinámica narrativa, el disperso Coppola nos mete de lleno en un imaginario bello para apreciar como una galería en movimiento, pero insustancial en cuanto a prosa cinematográfica, marinándolo todo en barroquismo argumental donde los diálogos dramatúrgicos se hacen notar, y elementos que debieran ser símbolos de importancia se quedan en la mera conveniencia, como la inexplicable habilidad de Catilina para controlar el tiempo a su antojo.
Reconocer a Megalópolis sólo como un fracaso es producir una mirada reduccionista como espectador en base a expectativas. Pienso que este trabajo es un panfleto sobre un sueño fallido de un director iconoclasta cuya visión se consumió, siendo el valor de este monumental trabajo en futilidad una alegoría que va de la mano con los mismos temas que maneja la cinta sobre portentos inalcanzables. El mismo Catilina lo dice en la película: “Todo imperio cae cuando nadie cree en él”, y justo eso es lo que ocurre con Megalópolis y probablemente con el mismo Francis Ford Coppola.

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