Moshé Leher

Zeneca (Astra), Cioran y la Sonora Dinamita: coda -con ce, vuelvo a aclarar.

Han pasado tres, cuatro horas y pronto lo que era una fila interminable de individuos (individuas e individues: menuda gilipollez), se volvió un pequeño carnaval callejero, conforme nos acercábamos a la puerta que daba acceso a un auditorio grandotote dentro de la CU.

Por fortuna aquella fue una mañana nublada, con apenas intervalos soleados, por lo que, seguramente, nos ahorramos escenas desagradables de desmayos y soponcios; con el Cioran bajo el brazo (“soy marginal como persona. Vivo en la periferia de la especie y no sé con quién ni a qué afiliarme”, justo como yo), me puse a meditar, no ya en la proverbial paciencia de esta gente, sino en lo sorprendentemente organizados que pueden ser cuando toca.

Descontando a los que se fueron a Estados Unidos a vacunar (el summum de los fifís, diríase), había gente allí de casi todo pelaje, incluidos sujetos con pintas de esas que quitan el aliento; nadie peleó por un lugar, ninguno, hasta donde vi, quiso meterse a la fila por las malas, no hubo ni discusiones, ni querellas de ninguna especie. La gente avanzó conforme esa lenta fila se movía, sin que la presencia de tres camionetones de la Guardia Nacional, con uniformados armados hasta los dientes (¿Para qué?) fuera otra cosa que anecdótica.

Para ponerle un toque de altura a esto (y verme, la verdad, medio mamerto), citaré a Séneca: “…dejando intacto el pleito, emprenderé una tarea no difícil: defender a los dioses”. Léase ‘siervos de la nación’ allí donde el bético dice ‘dioses’.

Y es que, la verdad sea dicha, debo admitir que, lo que yo vi, en las dos ocasiones que me tocó ir a la vacuna, el comportamiento de dichos y presuntos servidores fue buena y en al menos una ocasión ejemplar: los sujetos resultaron estar coordinados, se mostraron educados y en general se mostraron amables y diligentes, un asunto del que deberían tomar nota no pocos funcionarios estatales y municipales, y sobre todo sus jefes. Con el concurso de paramédicos, enfermeras y personas de bata blanca, que no supe si eran médicos, estudiantes o pasantes de medicina, el último tramo del proceso de vacunación fue todo lo ágil que podía ser, si contamos que allí estábamos miles de personas.

No entendí lo del merolico que nos recibió micrófono en mano, hablándonos del procedimiento a seguir desde el primer vestíbulo, pues hubo un momento que no supe si se trataba de guiarnos en la última parte del proceso, o de vendernos unas cubetas de plástico, pero a partir de allí todo rodó de la mejor manera. Bien organizados todos, fuimos avanzando rápidamente, ingresamos en el salón, hicimos una segunda espera para que se nos registrara, tras lo cual en cosa de cinco minutos estaba uno ya en la última fila, la de la vacunación.

Una mujer de mediana edad, bajita y sonriente, y medio sádica, me aplicó la vacuna: tras advertirme ‘ahí va el piquetote’ (sic), me pinchó y asunto casi acabado, pues nos acomodaron en hileras de sillas para ver si a alguno de nosotros le daba allí mismo el telele. Por fortuna, salvo una señora a la que le tomaron la presión, nadie azotó, y tras quince minutos de espera nos dieron la salida, cinco horas después de que llegué al final de una fila, que seguía siendo, a esas horas, kilométrica.

Dicho lo dicho, para que vean que no soy de los que todo lo ven o lo quieren ver mal, otro asunto que no entendí fue la deplorable música que nos acompañó al final del proceso, ritmos de baja estofa, de esos que alimentan los gustos más vulgares (que parece que desde la autoridad quieren fomentar), donde no faltó la infame Sonora Dinamita y de ahí para abajo, incluidas varias piezas del vomitivo reggaetón, o como se llame esa cosa.

Y no es que esté exigiendo que para tales ocasiones se toque a Stravinsky o a Mahler, pero hay entre los que mandan una pulsión insana -y esto lo hacen desde los tres niveles de Gobierno, que se dice-, por alimentar el más cutre de los gustos populares, seguramente pensando, no sin razón, que un pueblo alienado con tal bazofia auditiva, es luego un ente sin voluntad y sin capacidad de protestar por nada.

Y poca cosa más que decir, salvo de que ya pasaron desde ese día, seis jornadas y por lo visto no me he muerto, lo que me deja de lo más tranquilo.

¡Mazel Tov!

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