Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Varios maestros que leyeron el anterior escrito me cuestionaron, “y si te cesaron el primer año de servicio, ¿cómo es que continúas trabajando hasta la fecha?”. Efectivamente, se requiere aclarar lo que pasó después:

Cuando salí de la oficina del Supervisor, con el cese en la mano, un maestro (más o menos de mi edad en aquel entonces) me dijo: “No seas tonto, ve a Morelia y quéjate con el Director Federal de Educación; él te puede ayudar”. Ese mismo día me fui a Morelia y después de esperar tres días, finalmente pude entrevistar al señor Director Federal. “¿Cuál es tu asunto?” –me preguntó tajante–. Recuerdo haberle dicho tímidamente: “Señor Director, me cesaron y quiero su ayuda”. Puse en su escritorio el documento del cese firmado por el supervisor García Viveros y el Secretario General de la Delegación Sindical. Lo leyó someramente y me cuestionó, “¿Qué hiciste?”. “Señor, el Supervisor dice que violé la normatividad por haber atendido en la escuela a 136 alumnos de 6 a 65 años de edad en primer grado y a dos en sexto; y por haber dividido al grupo, sin autorización, en tres turnos para atenderlos de 8 a las 21 horas, con dos intervalos…”. Me interrumpió el Director para preguntarme, “¿Y por qué atendiste en la escuela a los adultos?”. Argumenté: “Porque no sabían leer y escribir, jamás habían tenido escuela, y yo fundé la primaria para el servicio de todos los habitantes del rancho; además, ellos me pidieron que les enseñara a leer y escribir, lo que hice con gusto”. “¿Y qué más hiciste?” –me siguió cuestionando–. “Organicé a los habitantes del lugar para llevar a cabo actividades de higiene y salud los sábados y domingos, así como para realizar eventos sociales, culturales, deportivos y recreativos, con todos los pobladores. También integré comisiones para gestionar la construcción de la carretera, la instalación eléctrica, agua potable, servicios de correo y telégrafos, así como para la construcción del edificio escolar”, y concluí diciéndole: “El edificio escolar y un tramo de la carretera ya fueron inaugurados por el Gral. Lázaro Cárdenas; la luz eléctrica en dos o tres meses ya estará en servicio y las demás solicitudes están en vías de autorización”. Nuevamente me interrumpió el Director para preguntarme, “¿Y los 136 alumnos que atendiste ya saben leer y escribir?”. Le contesté con gran seguridad: “135 ya saben leer, escribir, sacar cuentas básicas y tienen nociones fundamentales en todas las demás asignaturas; sólo falta un niño con discapacidad pero está muy avanzado, en dos meses más estará dominando la lectura; y los dos alumnos de sexto ya presentaron examen de admisión en la Secundaria de Tacámbaro, habiendo obtenido el primero y el tercer lugar en la lista de aceptados; y si Usted desea comprobar los aprendizajes de todos los alumnos, señor Director, puede ordenar un examen y los resultados avalarán mis palabras”. Don Benjamín Muñúzuri, nombre del Director Federal de Educación, se quedó mirándome por un buen rato y llamó a su Secretario Particular para indicarle: “Mañana se va Usted con este maestro a Tacámbaro, llévese el jeep de la Dirección, y le dice al supervisor Eleazar García Viveros lo siguiente, tome nota: 1) El cese del profesor Flaviano Jiménez queda sin efecto por órdenes mías; 2) Que no retenga los cheques del profesor Jiménez y que se los entregue, es el pago por sus servicios durante el ciclo escolar; y 3) El profesor Jiménez va a escoger la escuela primaria de la zona en la que él quiera trabaja el próximo ciclo escolar y que la orden de cambio la debe firmar el Supervisor”. Dadas las indicaciones, el Secretario Particular dijo: “Se hará lo que Usted me ha indicado señor”. Por último, Don Benjamín nos instruyó: “Los espero en mi oficina, cuando regresen de Tacámbaro, para que me cuenten cómo les fue”. Ante este orden de hechos, tan sólo alcancé a decir “Gracias, señor Director”, y salí de la oficina titubeante, incrédulo, preguntándome si realmente era cierto lo que había ordenado el Director Federal; en eso me alcanzó el Secretario Particular para decirme la hora y el lugar donde nos veríamos, el día siguiente, para trasladarnos a Tacámbaro.

Evidentemente, el Supervisor se molestó al conocer las indicaciones del Director Federal de Educación, en relación con mi caso, pero las tuvo que acatar y trató de cuidar las formas con el Secretario Particular. De regreso a Morelia, fuimos a la oficina de Don Benjamín para rendirle cuentas de lo sucedido en Tacámbaro, y aproveché el momento para pedirle un favor más al señor Director, consistente en que me cambiara a otra zona escolar. “¿A dónde quieres el cambio?” –me preguntó–. “A una zona de pueblos indígenas” –le contesté, petición que me autorizó de inmediato. Cuando me entregó la orden de cambio, me dijo: “Mira muchacho, te voy a dar un consejo, si te toca trabajar con un supervisor o con una autoridad superior que sea hombre de bien, de clara inteligencia, culto y que entienda de leyes y de educación, puedes seguir trabajando igual o mejor aún, como en el rancho donde laboraste, y no tendrás problemas; pero si te toca trabajar con alguien que no ve más allá de su nariz, que no entiende de leyes, ni de educación; entonces cuídate muchacho porque los tontos, y con poder, son como las mulas, te dan las peores patadas el día que menos esperas, aun cuando desarrolles tu mejor trabajo”.

Con esta advertencia, me fui a trabajar a una zona indígena de Michoacán por varios años, en donde puse mi mejor empeño para educar a los niños, a los jóvenes y a los adultos. Años después, por azares del destino, vine a prestar mis servicios al estado de Aguascalientes.