Ramón Andrés, un poeta y ensayista español que posee una erudición, una memoria asombrosa y que ha escrito libros maravillosos, acaba de publicar en la revista “El Cultural” un artículo al que ha titulado “Los del otro lado”. En él nos pone frente al espejo para que nos miremos tal como somos, completamente desnudos, sin los disfraces ni las máscaras con las que circulamos por el mundo y nos relacionamos con los demás.

Todo ello a la luz de esta guerra de Ucrania en una Europa que se engañó a sí misma pensando que había aprendido la lección tras sufrir dos conflictos bélicos mundiales en el siglo pasado, con las carnicerías y los horrores que conocemos todos. Nos dice Ramón Andrés:

“Si consideramos que quien vive en la otra orilla del río (rivus) es el rival, así lo explica la etimología, caeremos en la cuenta de que estamos abocados a la discordia y al continuo recelo. Reconocer en el prójimo un puente parece vedado a una especie como la nuestra, tan proclive al desacuerdo y la ambición. Stig Dagerman escribió que nuestra necesidad de consuelo es insaciable; lo es también nuestra ansia de violencia. Asombrados ante los desmanes de una guerra que hoy se libra en suelo europeo, olvidamos que venimos de interminables luchas, de crímenes innombrables, y que nada, ni los adelantos tecnológicos ni la escolarización masiva ni las condiciones de vida más favorables nos han hecho mejores ni más pacíficos. Incorregibles, como la retorcida rama a la que se refería Kant”.

Este pensamiento sobre lo que somos me recuerda lo que ha expresado repetidamente Arturo Pérez-Reverte, reportero bélico antes de ser escritor, y que plasmó en “El pintor de batallas”, una de sus novelas más oscuras.

Las terribles y certeras palabras de Ramón Andrés son un revulsivo para los partidarios del buenismo, cuyas expresiones sobre esta guerra o sobre cualquier otro tipo de fenómeno inquietante que descubre lo que nos afanamos en ocultar, se ve amplificada hoy en las redes sociales mediante palabras edulcoradas y llamados a la paz y la concordia universal que, aunque bien intencionados, pecan de ingenuidad. Parecen ser más el intento de mostrarse públicamente ciudadanos ejemplares y buenos cristianos, que la búsqueda realista de, si no un remedio, por lo menos un paliativo para el sufrimiento ajeno y la desazón propia.

Termina su artículo Ramón Andrés citando al moralista La Bruyère, quien decía que “si en la tierra sólo hubiera dos pobladores, cada uno vallaría su parte”. ¡Cuánta razón!

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