Luis Muñoz Fernández

Me parece un grave error que se eduque a los hijos para que sean primordialmente competitivos y poco para que sean solidarios. Se podrá decir que se les puede educar en ambas cualidades, sin embargo, mucho me temo que son mutuamente excluyentes, habida cuenta de que el diccionario define la competitividad como “rivalidad para la consecución de un fin” y la solidaridad como “adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”.

Esta idea de la competitividad, muy de moda en estos tiempos, consigue criar –instruir, educar, dirigir– retoños que serán futuros seres humanos capaces de todo con tal de pasar por encima de los demás, lo que suele conducir agraves abusos e injusticias.

Es justamente a los más favorecidos, quienes más posibilidades materiales tienen de ser solidarios, a los se les “educa” en un feroz espíritu competitivo que alimenta el apetito para conservar e incrementar la riqueza heredada. Recién egresados de la universidad aspiran a iniciar su vida laboral con un alto cargo directivo. Eso de empezar desde abajo, que lo hagan los de abajo, que para eso nacieron ahí.

Que la rivalidad entre los seres vivos tiene raíces biológicas y opera como un factor determinante de la selección natural es algo comúnmente admitido y la base de lo que se conoce como darwinismo social, concepto peligroso que posiblemente Darwin mismo no hubiese aceptado.

Lo que no cuenta con un consenso tan amplio es justamente lo contrario: la colaboración como un factor de la evolución biológica. Uno de sus proponentes fue el geógrafo, biólogo y anarquista ruso Piotr Kropotkin (1842-1921). Lo hizo escribiendo “El apoyo mutuo” (1902) en respuesta a Thomas Henry Huxley (“el bulldog de Darwin”), para quien la vida de los animales era una lucha desesperada entre ellos.

Kropotkin nunca negó la realidad e importancia de la competencia entre los seres vivos para sobrevivir, pero aportó el concepto de colaboración como un factor de peso en la evolución. Y más en el caso concreto del ser humano, afirmando que “en el progreso ético del hombre, el apoyo mutuo -y no la lucha mutua- ha constituido la parte determinante”. Llegó a estas conclusiones tras su estancia en Siberia Oriental y el norte de Manchuria entre 1862 y 1866, donde estudió a las poblaciones de humanos y animales de aquellas regiones en las que la vida era durísima.

El sabio ruso nos enseñó que también la solidaridad está fuertemente enraizada en nuestra biología.

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