Por J. Jesús López García

La arquitectura otorga forma a significados, símbolos y a estructuras culturales de todo tipo. Desde las enormes pirámides a las grandes catedrales y palacios, los edificios dan un testimonio inmejorable sobre todos los factores que incidieron en un tiempo y en un espacio para explicar lo que un grupo humano, un asentamiento o un imperio, idearon para sobrevivir primero y trascender después en una incesante marcha en que las cosmovisiones se conjugaron con los logros tecnológicos.

Es un proceso que continúa y que sigue reforzando eso que definía Octavio Paz como  arquitectura un “testigo insobornable de la historia” o Víctor Hugo, como “el gran libro de la Humanidad”. En la era industrial, no sólo las grandes construcciones, sino también las edificaciones dedicadas al hombre común, representan un papel importante para fijar el tono de nuestros días.

Las casas con zaguán y patio tan propias del Aguascalientes anterior al siglo XX, son ya parte de un pasado en nuestra ciudad que sería muy complicado pudiesen volver. La construcción hace 100 años no se realiza con adobe, los terrenos son de frentes más reducidos y la mano de obra recurre consuetudinariamente al uso del concreto y el acero; las dependencias de las que constaban aquellas fincas ya no son de uso corriente hoy, y sin embargo, la cochera es incluso normativa en los inmuebles de nueva creación. La casa con patio además requería un cuidado acorde a su forma de habitarse: pausada y esmerada, lo que actualmente es un lujo pues nuestros horarios rápidos dan poco espacio al reposo, y a las tareas intensas de mantenimiento.

En la calle Antonio Arias Bernal, hay una casa que mantiene su paramento alineado, propio de las calles del centro de la ciudad, cuenta con la altura promedio de su contexto pero en dos pisos. Muestra un cuerpo superior enmarcado de manera muy libre, curvándose en su parte inferior que sobresale del paramento para generar un balcón. En planta baja destaca un arco rebajado que abarca en sentido horizontal a toda la fachada, dominada en su primer cuerpo por el acceso principal y la entrada de la cochera. El edificio responde a las tendencias posmodernas que desde los años 80 dominaban el panorama compositivo arquitectónico general. Tiene un muy buen estado de conservación y manifiesta en su fachada ese aire posmoderno que poco a poco va quedando como testimonio de un tiempo en retirada: los frentes amplios quedan atrás y construir una vivienda en partes del centro de la ciudad -y no un local comercial- se va revelando como un lujo. Poco a poco la presencia del auto irá cediendo su lugar a otros medios de transporte -por lo pronto las casas para el mercado medio se proyectan con un solo cajón para el automóvil-, y todo lo anterior, sin hablar del “vocabulario” de formas que se van quedando como los modismos en el lenguaje, como maneras de decir las cosas que van permaneciendo lejos.

Con todo, la arquitectura estará dispuesta para continuar hablando del tiempo en que fue realizada, pero con la bondad de establecer una conversación con sus vecinos, viejos y nuevos pues al final como en toda buena comunidad, en la diversidad de perspectivas y enfoques y en la variedad de edades, está su riqueza. Los edificios son cápsulas de tiempo que nos hablan de sí mismos, pero también de aquellos que habitándolos, van moldeando a nuestras ciudades a partir de sus usos, sus costumbres, sus maneras de producir, sus modos de interactuar con los demás.

Afortunadamente son muchos los inmuebles que alejándose de una construcción genérica y simple sólo abocada a generar una renta, siguen “comentando” su idea de ciudad y de albergar a sus ocupantes. Pueden ser grandes edificaciones o muy pequeñas, pueden ser hermosas o feas, de peso representativo para la comunidad o totalmente de uso particular, pero incluso ello contribuye a conocer nuestro tiempo y nuestro lugar.

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