José Luis Quintanar Stephano

En la actualidad, la obesidad es un problema de salud pública que afecta prácticamente a todos los países del mundo, incluyendo a México. Desafortunadamente en nuestro país este problema se ha inclinado más hacia la niñez, con las consecuencias previsibles como trastornos metabólicos, cardiovasculares, inmunológicos, endócrinos y cáncer, entre otros.

La obesidad se define como el aumento de peso corporal más allá de las necesidades orgánicas y que surge como resultado de la acumulación excesiva de grasa en el cuerpo, particularmente en los adipocitos o células grasas. Tal acumulación se debe a una ingesta de alimentos desproporcionada en relación con el gasto energético, es decir, que acumulamos a través de los alimentos más energía de la que consumimos.

Un punto clave en el mantenimiento del equilibrio energético del cuerpo es el apetito, el cual se define como el deseo natural de ingerir alimentos. Existe en nuestro cerebro una estructura llamada hipotálamo encargada de regular múltiples funciones entre ellas la ingesta de alimento. Normalmente, cuando los niveles de alimento disminuyen en el cuerpo se activan neuronas del hipotálamo (Centro del hambre) induciendo la sensación de hambre y así el comportamiento alimentario. Una vez que se ha incrementado el nivel de alimento, se activan otras neuronas del hipotálamo (Centro de la saciedad) las cuales inhiben al Centro del hambre y se deja de ingerir alimento (sentirse lleno o satisfecho). Este comportamiento es lo que ocurre normalmente para darnos el balance energético día con día para mantener nuestras actividades corporales.

Como es de suponerse, nosotros podemos en cierto grado modificar la actividad de estos dos centros, ya sea por nuestras costumbres culturales, hábitos, economía, trastornos psicológicos, etcétera y que nos pueden llevar a un desbalance energético ya sea en situación de anorexia o de obesidad.

Sin embargo, no toda la responsabilidad recae en la falta de fuerza de voluntad para contener el apetito y reducir la obesidad. El grupo de científicos dirigidos por el Dr. Jeffrey Friedman de la Universidad Rockefeller en Estados Unidos, publicaron en 1994, que en ratones con una mutación en los genes llamados ob, no se producía una hormona llamada leptina y los ratones no saciaban su hambre y se mantenían obesos. Investigaciones más recientes muestran el mecanismo de acción de la leptina asociado con el apetito. La leptina se produce principalmente en los adipocitos y por vía sanguínea llega al hipotálamo, al centro del hambre, haciendo que se inhiba el apetito. Ingestas hipercalóricas crónicas causan fallas en las señales que genera la leptina al unirse a sus receptores y la sensación de hambre se mantiene, induciendo una ingesta desproporcionada de alimento y por tanto un desbalance energético causando obesidad por sobrealimentación.

Aunque algunos casos minoritarios de obesidad se deban a problemas genéticos y no a malos hábitos alimentarios o falta de fuerza de voluntad, la mayor parte de la obesidad actualmente es causada por dietas hipercalóricas. Por lo tanto, una dieta balanceada y ejercicio pueden ser recomendables para mantener un estado saludable desde el punto de vista energético.

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