Luis Muñoz Fernández

Despierta nuestra admiración la canciller alemana Angela Merkel por la forma en la que ha conducido a su país durante esta pandemia. Desde México, contemplamos con asombro no exento de envidia su manera de gobernar aplicando las medidas adecuadas, en el momento oportuno y con la magnitud necesaria para lograr que el impacto sanitario y económico de la epidemia sea mucho menor que el que se ha observado en otros países.

Para una sociedad como la nuestra que siempre espera dar con el gobernante providencial que resuelva todos sus problemas, la física y política alemana es un sueño inalcanzable. Por eso han circulado en las redes sociales numerosos memes en los que se le coloca junto a nuestro presidente para agigantar las diferencias que los separan en desdoro del mexicano.

Esta simplificación excesiva de la realidad sociopolítica pasa por alto algo fundamental: igual que los seres vivos, los líderes no aparecen por generación espontánea. No alcanzan el poder por designación divina. Ni siquiera en el cónclave del Colegio Cardenalicio. Todo lo contrario, son el fruto natural de la sociedad de la que provienen, de sus características y de sus tensiones. Son el producto nacional por excelencia.

Visto así, el asunto da para una reflexión mucho más profunda. Apunta directamente al nudo gordiano que ninguno de nuestros sucesivos “Alejandros”, ha querido o ha sabido deshacer: la educación de nuestro pueblo. Por no haber logrado educarlo con la extensión, la profundidad y el nivel necesarios, toda empresa que implique la colaboración decidida y desinteresada de todos los mexicanos enfrenta grandes dificultades.

Volvamos a la pandemia que hoy nos ocupa. Ante la ausencia de una vacuna y de un tratamiento antiviral verdaderamente eficaz, e incluso en el caso de que contásemos con ambos, es indiscutible que la única medida que puede frenar la rápida expansión de este coronavirus tan contagioso es el confinamiento domiciliario aunado a las prácticas higiénicas que todos conocemos.

Sin embargo, nuestra falta de educación, en unos más y en otros menos, da al traste con esta estrategia de probada eficacia. Todos los días vemos o sabemos de reuniones concurridas de personas de todas las edades que parecen ciegas y sordas a las advertencias de las autoridades sanitarias.

Uno se pregunta dónde está nuestro civismo. Mucho me temo que se quedó atrapado en aquellos lunes de honores a la bandera.

 

Comentarios a: cartujo81@gmail.com