Luis Muñoz Fernández

Hace años que un escritor americano popularizó el término “deep work”: trabajo profundo, trabajo que requiere concentración y silencio y largos periodos de tiempo sin interrupciones, para poder zambullirte de pleno en la tarea que te invade. En estos intervalos de tiempo, es más probable que entres en un estado de flujo (flow).
En estos últimos meses no he podido profundizar en nada, porque no he tenido tiempo (el viaje a Japón no ayudó en esto; no me arrepiento para nada, pero ha tenido consecuencias). He ido de acá para allá apagando fuegos —que si materiales extra para El libro de las plantas olvidadas, que si pinturas vegetófilas para Facebook, que si Stories para Instagram…

Y aunque tengo un calendario y me organizo decentemente, siento dentro de mí la necesidad creciente de cambiar el ritmo, y emprender (o retomar) algún “deep project” por mi cuenta.

Aina S. Erice. Un jardín de proyectos & planes vegetófilos para el 2020, 1 de enero de 2020.

Tras años de realizar la misma tarea –y ya llevo más de diez años de escribir, casi sin interrupciones, esta columna semanal– existen por delante dos caminos: o seguir haciendo lo mismo, o hacer otra cosa. En esta segunda opción cabe la posibilidad de dejar por completo de escribir, o bien de escribir de diferente manera. Creo que debo escribir de otra manera. Intentarlo al menos. No sé si lo lograré.

Inspirado por el epílogo que antecede a estas líneas y que tomo como una señal, creo que ha llegado el momento de escribir algo que vaya más allá de las dos columnas semanales que escribo para El Heraldo de Aguascalientes (además de El Observatorio, también escribo desde hace más o menos un año El ciudadano atento). Si llevo tantos años escribiendo para este periódico es, qué duda cabe, porque me gusta y lo disfruto, sin que eso quiera decir que sea fácil y que no me tome tiempo, todo lo contrario.

Desde hace casi dos años, en una semana convencional, además de escribir ambas columnas, escribo el guión de una cápsula radiotelevisiva de la Universidad Autónoma de Aguascalientes en la que hago divulgación cientifica durante 7 a 9 minutos todos los viernes por la mañana, que se titula Ciencia y conciencia. Pasión por la ciencia para hacer conciencia. Es una labor también muy agradable y que me tomo muy en serio porque estoy convencido de que nuestra “anemia científica” es una de las causas, aunque no la única, de nuestro subdesarrollo material e intelectual.

Dado que los dos libros que he publicado hasta ahora (Mesa de autopsias. Reflexiones de un patólogo provinciano, 2011 y Mesa de autopsias. Segunda entrega. Más reflexiones de un patólogo provinciano, 2017) han sido recopilaciones de mis columnas semanales, una forma de cumplir con el propósito de escribir algo diferente es acometer la empresa de escribir un libro de un solo tema.

Hacerlo seguramente implicará una profunda reorganización de mi rutina semanal, lo que me enfrentará casi inevitablemente a la disyuntiva de cancelar, aunque sea temporalmente, algunas de mis actividades literarias actuales. Todo ello forma parte de las reflexiones a las que invita esta temporada de inicio de un año que, con su numeración arábiga en la que se repiten dos veintes, parece tener connotaciones cabalísiticas… ¡otra señal!

Una tarea como la que pretendo es una apuesta arriesgada, pues aunque la Universidad Autónoma de Aguascalientes ha sido hasta ahora mi casa editorial y lo ha hecho de manera excelente, no existe garantía alguna de que se proponga seguir siéndolo. Además, de los dos libros citados, sólo el primero fue publicado en formato impreso y el segundo se publicó en formato electrónico. Hijo del siglo pasado como soy, en el fondo de mi corazón me gustaría volver a publicar en el formato tradicional. Nada como hojear el papel (reciclado, si ustedes quieren, por aquello de la ecología y la sustentabilidad) y ver plasmados los pensamientos en auténtica tinta.

Para esta nueva empresa tengo ya dos proyectos en mente. Uno es el de escribir un libro sobre ética y bioética para patólogos aprovechando lo trabajado para realizar la tesina del Máster en Bioética y Derecho que cursé (en línea) años atrás en el Observatorio de Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona. Dicho documento actualizado y ampliado con una pesquisa de la bibliografía reciente, amén de incluir las reflexiones hechas a partir de la experiencia profesional personal y de otros colegas, puede ser un libro útil para los médicos patólogos en formación y para los que tienen ya cierto recorrido en la práctica profesional. Creo que podría llenar un hueco significativo en este campo.

Los patólogos no solemos detenermos a pensar en las implicaciones éticas y bioéticas de nuestro trabajo, muchas veces porque nos sentimos (o nos hacen sentir) desvinculados de la atención de los pacientes para quienes, como es natural, los médicos clínicos y los cirujanos son los protagonistas de primera línea. Sin embargo, sus decisiones y acciones dependen muchas veces de lo que los patólogos escribimos en nuestros reportes. No en balde, el doctor Juan Rosai, uno de los patólogos más destacados del mundo, escribió un libro al que tituló Guiando la mano del cirujano. La historia de la patología quirúrgica en Norteamérica (American Registry of Pathology/AFIP, 1997).

Tocando el tema de la patología o anatomía patológica, como también se la conoce, reconozco que, pese a estudiar y diagnosticar casos dignos de presentación en congresos y/o de publicación en revistas del ramo, mi actividad en este sentido ha sido relativamente escasa. Si se ha mantenido, aunque muy mermada, ha sido gracias a la extraordinaria generosidad de algunos colegas médicos e investigadores como el doctor Javier Ventura Juárez de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, cuyo entusiasmo por la ciencia es muy grande y cuya alma dadivosa me ha incluido en algunas de sus investigaciones científicas publicadas en revistas internacionales cuando he aportado a ellas parte de la materia que las ha hecho posibles.

De modo que en el empeño de ir más allá de lo hecho deberé incluir la presentación y publicación de aquellos casos estudiados que sean dignos de ser compartidos con la comunidad médica y científica a la que me honro en pertencer. Por fortuna, los casos verdaderamente interesantes nunca faltan cuando, estando en activo dentro de la patología, se tiene una mente abierta y se enfrentan los desafíos diagnósticos que siempre aparecen.

Recientemente, una de las hijas del doctor Gerónimo Aguayo Leytte, distinguido neurólogo de Aguascalientes a quien considero mi hermano espiritual, me preguntaba si a estas alturas todavía se daba la ocasión en la que, al empezar el análisis microscópico de un nuevo caso, no supiera de inmediato el diagnóstico. Le respondí con un enfático “¡por supuesto!”, a lo que agregué que era ese tipo de casos el que seguía haciendo tan atractiva para mí la práctica de mi profesión. De ahí la importancia de conservar una mente abierta, es decir, una mente de niño. No olvidemos lo que dijo Jesús (Mateo 18:3): “Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”.

El doctor Alberto Lifshitz, médico y humanista mexicano muy reconocido, además de presidente de la Academia Mexicana de Médicos escritores, señala lo siguiente en un ensayo titulado El paciente y el libro (incluido en el libro Los fracasos de la Medicina y otros ensayos, 2019): “R. S. Downie, en su libro Las artes curativas, dice que hay herramientas distintas de las científicas para enfrentar la enfermedad, la ansiedad y las lágrimas de la vida humana. Leer permite vivir vidas adicionales, en las que se obtiene consuelo y alegría que ayudan a atemperar el sufrimiento por la enfermedad”. Coincido completamente. Del leer se desprende a veces el escribir y esa puede llegar a ser la tarea en la que ocupe, en el caso de llegar más o menos íntegro, el tiempo de la jubilación que no parece ya tan lejana como antes. Por eso debo esmerarme desde ahora en “afilar el lapicero”, como se titula un libro del pedagogo catalán Daniel Cassany.

¿Y el segundo libro que me gustaría escribir? De eso hablaremos en una próxima ocasión.

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