Moshé Leher

En enero de 1914, cuando ya bullía en el aire el miasma sulfuroso que estallaría poco más de tres años más tarde, Filippo Tommaso Marinetti llegaba a Moscú para difundir la buena nueva: la era de la máquina y la guerra, y esa nueva poética que exaltaba esa virilidad que, en junio de ese año arrastraría al mundo a esa matanza continuada que, contando el interregno de dos décadas, duraría hasta el otoño de 1945; allí se encontraría, Marinetti, no sólo con Malévich y Maiakovski, sino con el ‘Himno Futurista’, con música de Arthur Lourié y letra de aquel último…

Un par de días antes, de anteayer, le había enviado a mi hijo una monografía, de un Daniele Lombardi, sobre la relación entre la escuela dodecafónica rusa y el Futurismo italiano y, a través de éste, con la Escuela de Viena (Schoenberg y algunos más), con Debussy y Stravinsky, quizá en revancha por haberme regalado, y obligado a leer la biografía del francés de Stephen Walsh, un libro de un musicólogo, escrito para melómanos profesionales y del que, naturalmente entendí de la misa la mitad.

Hablando de Debussy, éste musicalizó para Satie sus Gymnopedies Número 1, una pieza que en las manos de mi hijo se vuelve de una ligereza y un vigor que dotan de solidez a una brisa refrescante.

Me explico y me dejo de divagaciones: Cuando mi hijo vivía conmigo, y ya van para dos años que el pajarraco voló, y muy lejos -de esta tierra donde los criminales persiguen a las fuerzas de la ley con la bendición presidencial-, despertaba muy temprano, antes del amanecer, por más que digan que el sol no madruga para ver el amanecer, y tocaba su piano, que ahora es un silente mueble negro que rumia silencios en el salón.

Tocaba a Satie y alguna cosa más, y yo le escuchaba mientras iba regresando de esa especie de plácida muerte que es el sueño; ahora que en mis madrugadas hay silencio, nada extraño más que esas notas que escalaban por los muros de casa hasta mi alcoba y se enredaban, así, ligeros y pesados a la vez, con la parte final de mi sueño.

Cuento esto luego de que, hace semanas, mi hijo me dio una noticia estremecedora, de alguna manera quiere desarrollar su vida profesional ligado al mundo del arte, lo que me ofrece un fugaz sentimiento de orgullo, pero me hace exclamar, entre ayes y quejidos, como el poeta: ¡Que Yahvé te proteja!; ¿Qué no ves cómo le fue a tu padre por andar haciendo rimas sobre el sexo de los ángeles?

No hace mucho el intercambio fue sobre la escultura de Richard Serra, la transparencia en la arquitectura, y las trampas del posmodernismo, que él me ofreció con el libro de Hal Foster, sobre arte y arquitectura (Foster el autor genial de ‘Diseño y delito’), al que correspondí con los detalles, y hasta una reproducción facsimilar del ‘J’Acusse’, de la portada de L’Aurore parisino, publicado el 13 de enero de 1898, como una carta abierta de Zolá a Féliz Faure, presidente francés, cuando el Caso Dreyfus.

Anoche hicimos una videoconferencia desde las dos orillas del Atlántico, porque me iba a leer un par de capítulos de una monografía que está haciendo sobre asuntos de estética y democracia, lectura en el transcurso de la cual intercambiamos dardos envenenados, compartimos citas y bibliografía, hicimos un poco de esgrima con las mutuas ironías, para tener que reconocer que de alguna manera di al mundo un polemista terrible, y un pequeño erudito de apenas veinte años.

Mérito suyo, pues tiene de dedicación todo lo que yo tengo de indolencia, pero debo decir, orgulloso, que me asombra no sólo su finura intelectual y su lucidez mental, ni su memoria prodigiosa (le recuerdo, yo y mi hipertimesia, que el olvido es consuelo, y le recuerdo al desafortunado paisano Irineo Funes, el de Borges), sino su claridad de miras.

Aunque luego me acuerdo que alguna vez eso se dijo de mí y pido a los cielos que le ampare; por lo menos el ya se escapó de las garras de esta ciudad.

¡Shalom Shabat!

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