Máquina para habitar

Por J. Jesús López García

Hasta el siglo XVIII la casa era para las élites uno de los elementos que definían el estatus familiar, la mejor representación del papel de sus ocupantes en la sociedad; no es extraño entonces que la definición de una familia incluso se podía ligar simbólicamente a ese lugar en que transcurría la existencia en su cotidianidad o en los eventos mas sobresalientes. La Casa de Valois, la Casa de Habsburgo o Casa de Austria, y así podemos ejemplificar con innumerables temas similares, pero para el común de la gente, la casa hasta ese mismo siglo constituyó un objeto utilitario que servía lo mismo de refugio que como un lugar donde la intimidad se vivía de manera parcial pues una vez terminada la luz diurna, era el dormir la mejor alternativa de actividad posible, después de consumir algún alimento.

Hasta la Revolución Industrial en el siglo aludido, la vivienda de cualquier persona empezó a considerarse no solamente como un bien utilitario en sí mismo, sino como un objeto sujeto a la ley de la oferta y la demanda, susceptible también de estar ceñido a un precio de mercado, esto por la expansión urbana producto del asentamiento en las ciudades de una gran planta fabril, destino cada vez más atractivo a grandes masas de población que abandonando el campo, emigraron a los núcleos urbanos.

Una vez asentado ese proceso migratorio y agudizada la cada vez mas acuciante necesidad de planificar la construcción de un lugar en dónde habitar, se comenzó a estudiar cómo la vivienda de la gente común tenía la potencia suficiente para influir de manera decisiva en la forma en que una ciudad debía funcionar, desarrollarse y hacer crecer a la ciudad misma. La “Ciudad Industrial” ideada y llevada parcialmente a la práctica por el arquitecto francés Tony Garnier (1869-1948) en las primeras décadas del siglo XX, destacaba junto a los distritos fabriles, los dedicados a los servicios o aquellos de uso cívico, los distritos dedicados a la vivienda.

En el IV Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (CIAM) en 1933, se firmó la “Carta de Atenas”, manifiesto en que se postularon las bases del urbanismo moderno -bajo el cual aún se planifica buena parte de las ciudades contemporáneas- y en él, se destacó la función de la vivienda como una especie de hábitat especializado en las funciones más básicas del ser humano y de su entorno social más inmediato. Desde esa perspectiva y en concordancia con la gran demanda de casas y de la fuerte influencia de la funcionalidad como la esencia de la eficiencia moderna, el arquitecto suizo Charles-Èdouard Jeanneret-Gris, llamado Le Corbusier (1887-1965), concibió a la casa como una “máquina para habitar”, incorporándola al instrumental moderno que la era Industrial producía para el vivir contemporáneo.

Los edificios surgidos de esta concepción doméstica fueron inmuebles de disposición simple en apariencia que se manifestaban en su exterior como paralelepípedos puros, dejando atrás los ritmos compositivos de pilastras, dinteles, jambas y entablamentos. El mismo Le Corbusier, produjo tras su modelo “Dom-Ino” -estructura de 6 columnas, 3 losas de concreto armado y unas escaleras, listo para que el ocupante por su cuenta lo cerrara y compartimentara según conviniera a sus necesidades-, los prototipos de las casas “Citröhan” en la ciudad de Stuttgart, Alemania en el año de 1925, en su 4ª versión, con los que definía su estética de la máquina a través de su “purismo” formal. Ambas casas de plantas libres, fachadas con vanos horizontales y estructura independiente, fueron además sus primeros ensayos en postular sus 5 puntos primordiales para la nueva arquitectura moderna.

Aquello que los años 20 y 30 era una ruptura con la organización, la disposición y la forma de la casa tradicional, se convirtió en pocos años gracias a la sencillez de su planteamiento y modalidades de construcción, en una paleta de soluciones funcionales y estructuras que se repetirían de maneras variadas hasta la fecha. El edificio ubicado en la calle Lic. Francisco Primo de Verdad No. 334, es un claro ejemplo de lo referido, con una estructura de concreto armado, respaldada por algunos muros de carga en su interior que no impiden tener una fachada hasta cierto punto independiente, vanos horizontales y algunos voladizos a manera de terraza, todo en un paralelepípedo sencillo. Este inmueble de los años 60 o 70 ha ido mutando en cuanto sus materiales de recubrimiento, herrerías y canceles, pero en su diseño primigenio continúa siendo repetido hasta nuestros días.

La casa como una máquina para vivir ya no es una concepción tan vigente, sin embargo aún se concibe como un objeto que debe ser funcional y en la medida de lo posible, de apariencia, al menos, moderna. En nuestra ciudad aún existen un buen número de edificios con las mismas características, ya que durante el arribo de la modernidad arquitectónica en los años 50 la sociedad aguascalentense vio con buenos ojos el acceso a esta. Particularmente el centro se vio “inundado” de casos que presentaban conceptos de la nueva arquitectura.