RENÉ URRUTIA DE LA VEGA

Recientemente y con motivo de la renovación de las presidencias municipales, en México vuelve a tocarse el tema del mal denominado Mando Único, que no es otra cosa sino una medida que se adoptó hace ya varios años por parte de algunas entidades federativas y municipios para tratar de resolver el problema que aqueja a la mayoría de los gobiernos municipales, que tiene que ver con la gran incógnita de ¿con quién y cómo enfrentar el grave, prioritario y trascendente tema de la seguridad?

Pues bien, a alguien se le ocurrió alguna vez que para tener mejores condiciones y resultados en materia de seguridad, en lugar de que cada policía o institución policial tuviera un mando propio, toda vez que las capacidades de la mayoría -la gran mayoría- de las policías no son suficientes para enfrentar los grandes retos de la seguridad y la cada vez más violenta violencia, era mejor que se unieran esfuerzos para que la estrategia fuera una misma y la fuerza operativa fuese mayor, de manera que les permitiera salir adelante con el reto de la creciente problemática delictiva. Lo cierto es que la experiencia de años en la implementación de esa estrategia nos dice que no ha funcionado en lo más mínimo, al menos no ha funcionado para que la inseguridad y la violencia disminuyan, no ha funcionado para que la ciudadanía se sienta y esté más segura, esa medida en la que algunas policías municipales ceden el mando a favor del Estado solamente ha servido para que éste acumule la información y la utilice en su propio beneficio, quizá ha sido útil para muchas cosas, pero no para dar resultados consistentes y eficaces en lo que se refiere a la prevención del delito y de la violencia, tampoco para la disminución sostenida de la delincuencia, porque si cualquier estrategia que se proponga o se implemente no busca esos objetivos, entonces todo lo demás para lo que pueda servir, no sirve para nada y todo se queda, como ha ocurrido desde hace tanto tiempo, en acciones aisladas que simplemente sirven de justificación para el gobernante en turno.

Lo cierto es que esa estrategia que equívocamente se ha denominado Mando Único, lo único que hace es ir en contra de algo que resulta indispensable para un estado confederado, para una república democrática, que es algo a lo que se denomina coordinación, ese concepto que está en el olvido, aunque no del discurso político ni de la demagogia. La coordinación, en materia de seguridad, es indispensable, es un factor que no puede faltar nunca, debe ser un tema central de cualquier estrategia que pretenda ser eficaz y que pretenda empezar a resolver la gravísima problemática social que significa el aumento constante de los índices delictivos, de la corrupción, de la cifra negra, de la falta de capacidad de las instituciones y su debilitamiento constante ante las decisiones políticas y de un larguísimo etcétera.

La coordinación en materia de seguridad es una de las condiciones principales que, de darse, permitiría fortalecer a las instituciones operativamente, siempre que se trate de una coordinación de verdad, no simulada ni únicamente presente en el discurso, una en la que los egos personales e institucionales queden supeditados al compromiso social y a la responsabilidad, una coordinación en la que toda la capacidad de una corporación y la voluntad de quien la dirige se pongan al servicio del ciudadano sin importar delimitaciones geográficas, cuestiones políticas o cualquier otro factor que implique un sesgo en el enfoque.

El Mando Único es una de las mejores maneras de eliminar la posibilidad de coordinación efectiva entre policías, además de que riñe definitivamente con la idea de fortalecimiento de las instituciones; mediante el esquema de Mando Único es el Estado el que asume el control de la Policía Municipal, normalmente nombrando al titular de la dependencia municipal designando a un policía estatal que será quien dirija a la corporación, es decir, que se nombra a un elemento de otra corporación muy distinta, sí, dije: muy distinta, porque en realidad las policías locales son policías muy distintas a las policías estatales y éstas a las policías ministeriales o investigadoras, evidenciando todo ello que la coordinación se vuelve cada vez más compleja y difícil de obtener y que nombrar a un elemento de una policía para que dirija a otra no puede ser una buena idea; cuando se nombra a un policía estatal para que mande o dirija en una policía municipal, lo que inmediatamente ocurre es que llega con un séquito de compañeros de la misma corporación desconfiando completamente de todos los elementos de la corporación a la que viene a dirigir y, de la misma forma, los elementos de la corporación municipal desconfían abiertamente del director impuesto y de su grupo de cercanos que lo acompañan, que normalmente llegan no sólo a protegerlo, sino a ocupar los cargos de primer nivel, desplazando a los policías municipales que consideran tener el derecho de acceder a ellos, de manera que jamás se da esa sinergia entre la tropa y los mandos, sin la cual no se puede pedir que la institución policial funcione adecuadamente. Lo mismo ocurre cuando en una Policía Municipal se nombra como mando, ya sea director o secretario, a un Policía Federal -hoy Guardia Nacional- o a un miembro del Ejército.

Esta realidad es la que prevalece mis queridos amigos, es una realidad que, junto con muchas otras que se han dado a lo largo de la época contemporánea, ha condicionado el mal funcionamiento de nuestras policías y no ha permitido que las estrategias, acciones y medidas implementadas o que pretenden implementarse para mejorar ese servicio público, den los resultados que todos necesitamos. Es por ello que seguimos insistiendo en que nuestras instituciones policiales requieren ser nuevamente fundadas sobre bases distintas, pues no puede ser que algo que no ha dado resultado se siga proponiendo por tanto tiempo y se ignoren tantos estudios y propuestas de expertos y especialistas en el tema que se la pasan predicando en el desierto de lo privado sin que los entes públicos los escuchen, salvo para firmar convenios de colaboración que terminan por no transformar nada, quién sabe porqué será.

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