Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Una capirotada de horror ochentero

(Nota: Esta película se exhibe en cartelera comercial y se incluye en este espacio por su naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

El director James Wan simplemente no tiene remedio. La dicotomía que plantea su labor como cineasta resulta frustrante, pues por un lado detectamos su claro aprecio por el género de horror mediante las lecturas de su técnica y narrativa que argamasan la mayoría de sus cintas, que además dejan claro su entender de la cámara, la puesta en escena y el montaje, procediendo con mucha pulcritud o cierta osadía, y por el otro, este australiano de ascendencia malaya simplemente no deja de fagocitar a los directores que le precedieron, estructurando sus historias y ritmo a niveles paralelos a los de Carpenter, Raimi, o De Palma en un ejercicio posmoderno de amalgama estilística e idioléctica donde no sobrevive la del mismo Wan , pues después de ver sus películas siempre queda esa rancia sensación a refrito. El colmo llega ahora con “Maligno”, una película que no teme recorrer todos los pasillos de la serie “B” cayendo en absurdas e incluso ridículas manías argumentales que buscan vender lo impresentable, tal vez procurando revivir el milagro del cine basura ochentero (y vaya que abunda en referencias al respecto) olvidando aquello que permitió la supervivencia de aquellas películas a las que ahora se les reverencia en el altar del culto: honestidad. Wan mete barroco visual y el pie en el acelerador hasta el fondo creyendo que la vertiginosidad del viaje nos hará obviar las precarias venas formales de su estilo pero continúa fallando al tratar de embonar su pretencioso cuadrado en el circular orificio del horror trash.
Alejándose de los horrores sobrenaturales, Wan se pone ahora la camiseta del “horror corporal” a la Cronenberg con amplios ribetes de “La Mitad Siniestra” de Stephen King, para contarnos la historia de Madison Mitchell (Annabelle Wallis), mujer embarazada casada con Derek (Jake Abell), hombre que la violenta física y verbalmente al punto de culparla por tres abortos naturales previos. Es precisamente durante una de las golpizas que él le propina cuando la arroja a una pared donde Madison se golpea fuertemente la cabeza. El resultado es la aparición de una figura lánguida, despeinada y de raro andar que asesina brutalmente a Derek y que se hace llamar “Gabriel”. Este ser entabla una vendetta contra unos médicos que trataron de eliminarlo hace años y con los que, al parecer, también tienen una conexión con Madison, quien a su vez está ligada psíquicamente a Gabriel por motivos que se guardan para el descabellado tercer acto donde todo vale, y no exagero. Por supuesto, no podría ser una película de James Wan sin personajes policiacos, y aquí los infortunados son los detectives Kekoa Shaw (George Young) y Regina Moss (Michole Briana White) quienes primero sospechan de Madison y después enfrentarán la ira de Gabriel, mientras que la hermanastra de Madison, Sydney (Maddie Hasson), también se involucrará e incluso despejará el misterio sobre la identidad de Gabriel y su nexo con Madison.
El problema de la cinta no son sus ocurrencias delirantes o esperpénticas rayando en la banalidad grotesca, pues el cine de horror hace de esto su eje vital para entretener e incluso argumentar, sino la necedad de Wan por abandonar cualquier intento de propuesta y refugiarse en los cálidos brazos del idiolecto ajeno, ya que cada situación, estrambótica o dramática, se puede rastrear fácilmente hasta el director o película que le dio vida. El otro gran problema es su insulso afán por aparear lenguajes disímbolos en su cinta, confiriéndole a su monstruo propiedades artemarcialistas y de combate dignas de una película de “Matrix” sacando de la jugada el factor terrorífico para adentrarse en la acción posmoderna heredada de “John Wick” e imitadoras. “Maligno” pudo ser algo especial hace 35 años, pero ahora sólo se percibe como una capirotada de género que no contribuye o coopera en algo a la percepción del espectador como sus colegas Ari Aster o Edgar Wright y esa es una postura muy mezquina para alguien que obviamente tiene afinidad y conocimiento sobre el cine de horror.

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