
Alicia Giacinti Comte
Fes es una ciudad marroquí fundada en el siglo VIII por árabes muladíes.Su nombre significa el pico de la pala, se escribe con S. Es considerada la capital cultural de Marruecos y ahí está la universidad más antigua del mundo fundada en 859 y cuya sede es la mezquita Al-Qarawiyyin, dentro de la medina. La primera universidad europea, la de Bolonia, se fundó en 1088.
Fes es una ciudad grande, su medina, será la más extensa e intrincada que conoceremos. Tuvimos la suerte de hospedarnos en un riad como llaman a los pequeños hoteles ubicados en antiguos palacetes o grandes casas. Nuestro riad se llama Al Akim y está en una estrecha callejuela dentro de la Medina. Es hermoso con dos patios con pisos y paredes de azulejos bellamente decorados y con fuentes de aguas cantarinas. En el primer patio están la recepción y el café, con mesas bajas y cojines. Ahí fuimos cálidamente recibidas con un té delicioso, mientras llenábamos, cómodamente sentadas, los formularios de ingreso. En el segundo patio está el restaurante, con mesas pequeñas de fierro y sillas acojinadas. Se accede a las habitaciones por una escalera angosta. La nuestra está en el cuarto piso, es muy amplia con un lindo baño y balcones al patio. Los desayunos y las cenas son variados, abundantes y muy sabrosos, aunque sin opción de elegir porque todo te lo traen a la mesa.
Es día 11 de julio de 2025 y, desde anoche que llegamos, en Fes está lloviendo, en realidad creo que traemos la lluvia con nosotras. Nuestro guía, un amable señor mayor que se llama Abdul, llegó tempranito para comenzar un día que promete mucho. Comenzamos el paseo en la gran avenida de Hasan II, la zona verde de la ciudad, en donde hay un campo de golf, un hipódromo y canchas de tenis. Todo construido por los franceses, colonizadores de la región, por lo que la arquitectura, en esa zona, tiene un aire galo. Los marroquíes la equiparan con los Campos Elíseos de París.
La primera visita fue a la explanada que está frente al palacio real con sus siete puertas doradas, espectaculares, aunque datan apenas de 1968. Nuestro guía es muy cuidadoso con sus turistas a quienes trata con una confianza y afabilidad tales que pareciera que llevara meses acompañándonos. En la mayor de las puertas doradas nos leyó una inscripción en árabe que tradujo al español. Es un poema filosófico, que debió repetir para grabarlo. Se dio tiempo para hacernos fotos.
Siguió lo mejor, un prolongado y demorado recorrido a través de los recovecos de la medina, que es la ciudad antigua y el corazón de la ciudad nueva. En sus 9600 callejuelas no entran vehículos grandes. Abundan sí, los carritos de mano, las motocicletas y bicicletas y hay que esquivarlas. La medina hay que vivirla y para vivirla hay que caminarla, aguzando los cinco sentidos, morosamente, tras un guía experto, puesto que es un laberinto en el que fácilmente te puedes perder. Un dato en Marruecos, a diferencia de otros países islámicos, no puedes entrar en las mezquitas (con la excepción de la de Hasán II en Casa Blanca, la más nueva) sólo puedes atisbar el interior, si tiene las puertas abiertas, o conformarte con mirar por los intersticios de puertas y ventanas. Así lo hicimos.
En la medina de Fes hay nada menos que 145 medersas o madrasas que son lugares de estudio y de aprendizaje. Notables son la Medersa de Bou Anania, a donde entramos al patio central con corredores y columnas y paredes labradas con motivos vegetales y grafías árabes. Conocimos también la Madrasa Attarin fundada en 1323. La fuente Neijarine, en la plaza del mismo nombre, llamada también de los carpinteros, data del siglo XVII y todavía los vecinos van ahí por agua; está decorada con azulejos verdes, rojos, blancos y azules que forman grandes flores.
Es importante decir que dentro de la medina cada tipo de comercio o artesanía tiene un espacio determinado, ocupando varias calles o manzanas. En el barrio de los carpinteros encontramos un sinnúmero de talleres donde fabrican desde cosas sencillas hasta verdaderas obras de arte como los palanquines para las novias. La zona huele a maderas finas y a barnices y se escucha el chirriar de las sierras y el golpear de los martillos. Y es que la medina es una sinfonía de colores, olores y sabores, además de sonidos y texturas que vas gozando a cada paso. Está el área de los dulces, esos dulces árabes deliciosos hechos con miel de abeja, ¡una probadita! otros de azúcar de variados colores, la de los frutos secos, los dátiles gigantes ¡mmm! las nueces, las almendras… y la de las especias olorosas, coloridas, mostradas en grandes tambos acomodados con arte. Y las hierbas medicinales… En el barrio de los alfareros vimos toda clase de cacharros, grandes y pequeños, algunos con una decoración verdaderamente artística y en el de los caldereros puedes admirar enormes vasijas y objetos de decoración martillados, y escuchar el sonido metálico, musical del trabajo de los artesanos.
En otra parte están las pescaderías, las pollerías, donde eliges un pollo vivo y ahí lo sacrifican, y las carnicerías en donde se expende hasta carne de dromedario. Una de ellas adorna su puerta con la gran cabeza disecada de uno de esos camélidos. El olor de esa parte de la medina no es muy agradable que digamos, como no lo es del todo el del barrio de los peleteros en donde venden objetos de piel de todo tipo, tamaño y precio. Las tiendas tienen grandes ventanas a un patio extenso en el que, en tambos enormes con agua, cal y excremento de paloma, se suavizan las pieles, hay otros tambos en que se tiñen con tintes vegetales y puedes ver a los trabajadores literalmente metidos en ellos. Vimos largos tendederos con pieles ya suavizadas o teñidas. Continuamos hacia la zona de los tejedores donde todavía se usan telares de pedal. Entramos a uno de esos establecimientos para observar el trabajo y las prendas terminadas. Sentados alrededor de un salón como un espectáculo fuimos mirando y tocando las diversas texturas de los tejidos, que cambian según los materiales y el proceso de su fabricación. Nos mostraron cómo se pone el turbante árabe y la bella modelo fue Elena, mi nieta.
En la zona de los joyeros pudimos asombrarnos con las filigranas de oro, plata y acero que crean tanto para ornato personal como de casa, hermosas y delicadas. Caminamos la medina por más de ocho horas, llovía hasta en los pasillos techados pues el agua lluvia se colaba por los intersticios de la lámina de los techos, el piso era un gran charco, así que pasamos el día ensopados, pero fascinados. Hubo una pausa para comer, con bastante apetito, y por supuesto, en la calle de los restaurantes. Como es usual, para abrir boca dispusieron en la mesa pan árabe y platitos con preparaciones de vegetales. Como plato fuerte elegí un tajini de cordero delicioso.
Al caer la tarde salimos de aquel dédalo de callejuelas para abordar nuestro autobús hasta un mirador desde donde, a la distancia, observamos el tremendo recorrido que hicimos dentro de la medina. Desde los minaretes se llamaba a la oración de la tarde, era momentos de dar gracias a Dios por la oportunidad de conocer Fes, una ciudad mágica, apasionante y llena de cosas asombrosas. Para cerrar el día y descansar, nada mejor que un tonificante baño Hamam y un masaje antes de la espléndida cena. Dormimos como reinas en nuestro Riad.








