Claudia Guerra 
Agencia Reforma

CDMX.- Quizá el retrato más cercano de la personalidad de Quino habría que buscarlo en Felipe, uno de los personajes de Mafalda: “tímido, amable, introvertido, parece que anduviese de puntillas por la vida para no molestar a los demás”.

Una descripción a cargo del periodista Daniel Samper Pizano en el prólogo de Toda Mafalda, esa biblia de más de 600 páginas atesorada por los miles de lectores del genial dibujante argentino.

Joaquín Salvador Lavado, mendocino, vecino de Milán, ciudadano español, hijo de andaluces, de buen comer y vestir, cinéfilo, un argentino que no hablaba de futbol.

Un humorista que mereció una plaza con su nombre en Buenos Aires, ser analizado y publicado en Italia por Umberto Eco, quien en 1969 presentó Mafalda la contestataria, y a quien alcanzó la censura del régimen franquista en España, pero más tarde obtuvo el Premio Príncipe de Asturias en 2014.

A través de Mafalda creó con sus lectores una relación afectiva, ayer sacudida por la noticia de su muerte a los 88 años debido a un accidente cerebrovascular, y sembró una conciencia social y política.

“Basta leer Mafalda para darse cuenta qué he tratado de decir a los lectores: estar por la paz, contra la explotación humana y del planeta”, respondió a Grupo REFORMA sobre sus causas, en 2007.

En entrevista, Samper Pizano señala que los comentarios que hacía a través de sus tiras eran de una persona progresista, insatisfecha con el mundo, donde hay explotados y explotadores y diferencias sociales y económicas.

“Eso lo creía Quino y lo manifestaba en sus historietas y también de viva voz.

“Siempre fue un hombre de izquierda, y nunca lo ocultó”, asevera Samper Pizano, quien fue su vecino y amigo en Madrid.

La sopa que detestaba Mafalda tenía un significado político: los gobiernos que hay que tragarse a diario, sobre todo en la época de las dictaduras en América Latina.

LA FAMOSA NIÑA
Mafalda nació para una campaña de una nueva línea de electrodomésticos Mansfield de la empresa Siam di Tella. Querían una historieta que combinara el estilo “Peanuts” con “Blondie” (Snoopy y Lorenzo y Pepita, en México) para publicitar los productos de forma encubierta.

Todos los nombres de los personajes deberían comenzar con la letra “m”. Quino tomó el nombre de una niña llamada Mafalda que había visto en la película argentina Dar la cara.

La campaña no se hizo ni los productos Mansfield salieron al mercado, pero Mafalda nació el 29 de septiembre de 1964, cuando Quino ya vivía en Buenos Aires, en la revista Primera Plana. Eran los años 60 de Los Beatles, La dolce vita, Kennedy, el Che Guevara y Juan XVIII como refiere el periodista y escritor colombiano.

Mafalda y sus amigos son, en palabras de Samper Pizano, el “genial revulsivo” de nuestra tranquilidad, que iba al fondo de las cosas, y podía ser leída tanto en Argentina como en Italia o Reino Unido.

“Lo que más llega es la capacidad de Quino para ahondar en los personajes, en la relación de los personajes. Es un Ibargüengoitia que dibujaba en vez de escribir”, expresa el periodista y escritor colombiano.

Como lo plantea Samper Pizano en el prólogo a Toda Mafalda, Quino supo crear un mundo con sus personajes, de los que habría que preguntarse si en realidad son niños: “O si lo que ha hecho Quino es albergar en cataduras infantiles ciertas reflexiones, angustias, ternuras y alegrías sin edad”.

HÉROE DEL CÓMIC
Durante 10 años dibujó Mafalda, hasta junio de 1973. La resucitó después sólo en ocasiones para causas como campañas de UNICEF o de higiene dental, pero jamás aceptó ofertas comerciales.

Pero la huella de Quino se ha dejado sentir en las generaciones de historietistas y moneros que le sucedieron.

BEF reconoce una deuda con la obra monumental del dibujante argentino.

Después de Mafalda dedicó los siguientes 40 años a explorar el medio, resalta BEF, con un humor bastante “agridulce” y momentos prodigiosos de su narrativa gráfica.

“Power Paola, Liniers, Montt, todos le hemos robado algo a Quino, desde su dibujo aparentemente sencillo que en realidad tiene un gran complejidad hasta sus mecanismos de humor, sus estrategias narrativas”, dice BEF, quien descubrió muy chico su vocación leyendo a Mafalda.

Lo considera un maestro al que coloca a la altura de Osamu Tezuka en Japón, Hergé en Bélgica o Uderzo en Francia. Uno de sus héroes del cómic, en definitiva.

Como asienta Samper Pizano en un artículo que escribió para Soho, la visión escéptica de Quino se refleja en sus cartones.

Un Quino más ácido ya sin Mafalda, donde habla sobre el psicoanálisis, el poder y la pareja, considera Trino, quien también se reconoce como hijo del dibujante argentino y gracias a él, encontró su vocación.

“Sus tiras están hechas con una genialidad a prueba del tiempo”, comparte Trino, quien atesora una fotografía de finales de los años 80 con Quino y Rius, sus héroes junto con Sergio Aragonés.

Supo que en México se forjó esta tira apócrifa donde Mafalda muere atropellada por un camión de sopa y le dijo a Trino: “Solo ustedes los mexicanos hacen ese tipo de cosas”.

Hacia el final de su días dejó de dibujar, con la vista afectada por glaucoma. Había vivido con su esposa Alicia Colombo entre Milán, Madrid, París y Buenos Aires, pero al final, por su salud, su capacidad para desplazarse se vio limitada.

Un hombre que sabía apreciar lo gracioso y lo ejercía dibujando, que podía ser como el tímido Felipe, pero también capaz de lanzar las dolorosas e incisivas preguntas de Mafalda, dice Samper Pizano.

“El humor es el azúcar que se pone a este papel existencial que Quino supo preparar y analizar”.

SU TRAZO ENTRE REGIOS
Dos veces vino a Monterrey Joaquín Salvador Lavado “Quino”, papá de Mafalda: en 1999 y en el 2004.

La primera vez, el caricaturista de 66 años conversó con Francisco Calderón, cartonista de EL NORTE, en la Cineteca Nuevo León.

Esa vez comentó por qué había preferido crear a una pequeña para aquella campaña publicitaria de electrodomésticos, que no se hizo, y que dio origen a la tira célebre.

“¿Por qué una nena y no un nene? Me gustan mucho más las nenas que los nenes, perdonen, supongo que uno también tiene una parte femenina y en ese momento el movimiento de liberación de la mujer estaba haciendo un lío en el mundo entero bastante grande.

“Me pareció que podía aprovechar esto también como elemento”.

Quino recorrió en esa ocasión el museo Marco, donde visitó las exposiciones de Henri Cartier- Bresson y Enrique Guzmán; el Museo de Monterrey, que exhibía su Cuarta Bienal y en cuyo jardín bebió una cerveza, y Chipinque, donde dijo en son de broma al descubrir unas estructuras en el cerro: “Y esas antenas, ¿qué fruto dan?”.

Volvió en el 2004 a la Feria Internacional del Libro para sostener un mano a mano con Eduardo del Río, “Rius”.

Mafalda cumplía 40 años y, su padre, 50 de monero.

En aquel encuentro ante mil personas los acompañaron Jis y Trino y fue el segundo quien dijo al presentarlos: “Es como estar entre Lennon y McCartney”.

Quino habló en torno a la leyenda de que Mafalda había sido atropellada por un camión de sopa.

“Eso es mentira, algo que sólo aquí en México se pudo haber inventado”, precisó entre risas.

“Jamás dibujé algo así, sino que la dejé de dibujar porque simplemente me cansó”.

Más adelante, un joven del público preguntó qué esperanza había para los pueblos de Latinoamérica. Rius dijo que ninguna, que no había salida.

Quino aseveró: “Creo lo mismo que Rius, que hemos llegado a problemas terribles, pero hay que tener fe. Siempre habrá sangre, pero poco a poco se ha podido vivir mejor. Históricamente soy un pesimista, pero hay que demostrar un poco de fe sobre todo ante este público donde hay tantos jóvenes”.

Una década después, en el 2014, Mafalda llegó al medio siglo y, su autor ganó el Premio Príncipe de Asturias.

Y a partir de ayer, él y sus personajes obtuvieron la inmortalidad… si es que no la tenían ya.