Luis Muñoz Fernández

A la memoria del Dr. Manuel Campuzano Fernández (1925-2022)

No existe una sola historia de los cirujanos, sino muchas. El tratamiento de las enfermedades mediante intervenciones que hoy llamamos quirúrgicas apareció desde la más remota antigüedad en todos los continentes. Son bien conocidas las técnicas para reparar la nariz y tratar las cataratas que se desarrollaron en la antigua India hace muchos siglos. Lo mismo podemos decir de las trepanaciones practicadas tanto entre los incas como entre los antiguos griegos. Y no se diga de la gran escuela de la cirugía que siempre ha sido la guerra. Nunca han faltado conflictos bélicos en los que los cirujanos de campaña practiquen y hagan progresar su arte.

En Europa, cuna de la medicina occidental, los cirujanos iniciaron su andadura en medio del desprecio de los médicos. Ya en el Juramento Hipocrático (c. siglo V a. C.), dirigido a los futuros médicos, se prohíbe la práctica de ciertas operaciones quirúrgicas: “No operaré a nadie por cálculos, dejando el camino a los que trabajan en esa práctica”. Los antiguos cirujanos, que igual sacaban una muela podrida que rasuraban las barbas (“barberos sacamuelas”), estuvieron por siglos impedidos de llegar al interior del cuerpo por sus tres grandes enemigos: el dolor, las hemorragias y las infecciones.

Primero se organizaron en gremios como la Compañía de los Cirujanos-barberos que se fundó en Inglaterra en 1540. Poco a poco adquirieron prestigio y respeto y se les permitió incorporarse a las escuelas de medicina. En el siglo XIX, le dieron un vuelco a sus humildes orígenes y empezaron a convertirse en las estrellas emergentes de la nueva medicina científica que se enseñaba en París, Londres, Edimburgo, Viena y Leiden. Sus enemigos seculares fueron derrotados uno a uno con la invención de las ligaduras vasculares y otros procedimientos hemostáticos, la anestesia, la asepsia y la antisepsia. Hoy son los protagonistas indiscutibles y nos asombran con sus innovaciones.

Fruto excelso de esa ascensión fue el doctor Manuel Campuzano Fernández, experto en las operaciones de un órgano escondido y terrible cuando enferma: el páncreas. Cirujano en jefe del el Instituto Nacional de la Nutrición, lo dirigió con mano firme y bondadosa entre 1982 y 1992, lapso en el que fui médico residente y luego adscrito del Instituto. No tuve con él la estrecha cercanía de otros que lo han recordado en su reciente desaparición, pero lo rememoro con afecto y admiración y pienso que dejó en mi persona una huella particular y benéfica. Médico integral, fue maestro de generaciones y su pérdida, como la de todos los grandes, nunca será resarcida.

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