Por J. Jesús López García 

Las nueve hijas de Zeus, gobernante de los dioses del Olimpo y Mnemósine, diosa de la memoria (según en la versión de Hesíodo): Calíope, Polimnia, Terpsícore, Melpómene, Erato, Euterpe, Talía, Clío y Urania; fomentaban la inspiración de los hombres a través de la poesía, danza, el arte, el amor, el teatro, la astronomía, la filosofía, la historia y las Bellas Artes, la música y el arte lírico.  De su nombre, “musas”, viene la palabra griega museion, el lugar de las musas, derivando de ello nuestro contemporáneo museo.

En la Grecia clásica existían gliptotecas y pinacotecas, espacios en que se exhibían esculturas y pinturas respectivamente. Las más famosas son las que guardaban los propileos o puerta de acceso a la Acrópolis de Atenas. Espacios de purificación e inductores de la catarsis que había de propiciarse en el témenos o espacio ceremonial donde se desplantaban los templos del Erecteión y el más importante, el Partenón.

El concepto actual de museo no proviene de esos antiguos espacios, si bien toma su nombre de las antiguas musas y por ello se puede consagrar a las artes plásticas, a la historia, a la ciencia y de ahí a una cantidad de objetos de atención de todo tipo: del cine, del cartel, de la joyería, de la comida, del rock, del chocolate, de la policía, entre otros, donde lo lógico y lo extraño dan una muestra de la diversidad de los intereses de la vida moderna.

Los museos contemporáneos, tal y como se acotó, no provienen de aquellos espacios de la antigüedad grecolatina, aunque de ella toman su nombre, ya que la democratización que la Ilustración y la relativa holgura en los estilos burgueses de vida traídos por la Revolución Industrial, abrieron las colecciones privadas de la aristocracia típica al público general. Esos conjuntos fueron dispuestos en los grandes palacios ya devenidos recintos de exposición.

En principio no había un trabajo museográfico, sin embargo en París los pintores del siglo XIX acudían al Louvre para estudiar a los grandes maestros de tiempos remotos, solicitando en múltiples ocasiones se descolgasen los que estaban almacenados en la parte superior de los muros para apreciarlos de manera más fehaciente y cercana. Esos objetos artísticos no poseían aún el aura de veneración laica que ahora detentan, de ellos aprendieron los maestros modernos, así como con los impresionistas y los cubistas.

A los palacios transformados en museos como el extraordinario Louvre en Francia, el Del Prado en España o el State Hermitage Museum en Rusia, se unieron edificios en apariencia disímbolos respecto a la experiencia sensorial de un museo, tal como la estación de tren de Orsay en París, lo que genera una tendencia a reciclar estructuras de factura industrial para alojar museos. En México el “Museo Universitario del Chopo” -utilizado de forma primigenia como pabellón en una exposición universal- es un caso a nivel nacional. A la par de esta tendencia a reutilizar edificios como museos, surge la conceptualización del conjunto como pieza de arte en sí misma, tal y como observamos en los impactantes bloques Guggenheim de Nueva York por el arquitecto Frank Lloyd Wright, o el de Bilbao por el profesional Frank Gehry, obras emblemáticas de sus ciudades respectivas y de la arquitectura en general, pero tan impresionantes en su concepción espacial y volumétrica que lo ahí expuesto estropea su relevancia, absorbido por la experiencia espacial.

Es complejo lograr la neutralidad requerida para apreciar obras de arte o resaltar arquitectónicamente colecciones de elementos de historia; en algunas ocasiones el edificio es un postulado que avasalla más al visitante que su contenido, tal el caso del “Museo Histórico Judío y del Holocausto” de Daniel Libenskind; pero en materia de arte, y sobre todo, de arte contemporáneo heterogéneo y diverso, como es la utilización de estructuras simples –varias  preexistentes– ha resultado muy eficiente, baste citar el “Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez” en Zacatecas (una antigua cárcel) o el neoyorquino Dia-Beacon, que en sus inicios tuvo una vida original dedicada a la galletería industrial, siendo una fábrica de la empresa Nabisco.

En Aguascalientes se han abierto puertas de estructuras industriales en las inmediaciones de los antiguos talleres de ferrocarril, siendo el “Macro Espacio para la Cultura y las Artes” (MECA) un ejemplo local de la reutilización de edificios fabriles con fines expositivos, artísticos y de convivencia social. Obra del arquitecto Hugo Félix Sánchez con el apoyo en la propuesta de iluminación del perito José de Jesús González Toledo, el edificio aunque ya no llamado “museo”, oculto hasta hace poco a los habitantes de la ciudad, se abre a una nueva avenida proporcionando con su fachada intervenida una cara urbana contemporánea sobrepuesta al perfil dentado de la nave industrial original, juntando en un golpe de vista la tradición ferrocarrilera aguascalentense con un quitasol arquitectónico cambiante con los juegos de luz, y abierto al público interesado en conocer o acercarse a la experiencia sensorial e intelectual de lo que ofrecen las musas modernas.