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Luis Ortega Douglas o de la resistencia social a la modernización

Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

En 1981 tuve el privilegio de conocer y trabajar una temporada en el Archivo General del Estado, que entonces se encontraba en un edificio que ya no existe, edificado en el sexenio del profesor Enrique Olivares Santana, y derribado a principios de los ochenta del siglo anterior para convertirlo en un estacionamiento de servidores públicos, primero, y luego en Plaza Patria. En ese edificio estaban diversas oficinas públicas, Tránsito, Educación Física, Registro de Electores, y al fondo el archivo, que entonces dirigía el extinto Ángel Hernández Arias.

En ese tiempo no existía todavía el Archivo Histórico, que fue fundado en 1982 y que inició en el mismo edificio, en realidad el embrión de lo que es hoy, porque en rigor era aquello una estantería por llenarse y algunos escritorios, pero eso sí, estaban ahí su primer director, que lo fue el profesor Alejandro Topete del Valle, acompañado por una serie de personajes que son hoy investigadores consolidados, Jesús Gómez Serrano, Yolanda Padilla Rangel, Pilar González y Elizabeth Buchanan, si la memoria no me engaña.

Entonces todo documento estaba concentrado en el Archivo General, incluyendo la valiosísima hemeroteca, ahora resguardada por el Archivo Histórico.

Iniciaba yo mi andadura profesional a la sombra del secretario general de gobierno de la administración del señor Rodolfo Landeros Gallegos (1980-86), el licenciado Joaquín Cruz Ramírez, que me tendió la mano en esos difíciles momentos del salto mortal que existe entre la vida estudiantil y la laboral.

El licenciado Cruz había sido director de El Sol del Centro en una de las etapas más interesantes de este diario, entre julio de 1956 y 1966, aproximadamente (tengo presente la primera fecha, pero no la segunda, disculpe usted). Entonces, me envió al archivo a buscar los textos que él escribió, frecuentemente firmados con el título de“Columna del director”.

Por otra parte, debo decir que entonces había terminado la licenciatura en Ciencia Política, en la heroica Universidad Autónoma Metropolitana de la Ciudad de México, y desde luego un tema con el que estaba bastante familiarizado era el de las relaciones de la prensa con el poder; con el gobierno, y ahí lo dejo. Entonces me llevé la sorpresa de la vida al hojear el diario García Valseca en los años que van de 1956 a 1962, lapso en que el Ejecutivo estatal estuvo encabezado por el ingeniero Luis Ortega Douglas.

El rotativo atacaba casi a diario al gobernador, e incluso hubo un día, en marzo de 1959, en que literalmente pidió su caída. Bueno, no era el diario quien solicitaba semejante cosa, sino el dirigente de la Federación de Trabajadores de Aguascalientes, nuestro Fidelito, Roberto Díaz Rodríguez, pero en todo caso el diario le daba cauce a su petición, la cual era otra anomalía porque señora, señora, ¿cómo era posible que quien encabezaba el sector obrero del PRI se enfrentara al gobernador, que en los hechos encabezaba al partido?

Aparte, son los años del gran escándalo propiciado por la realización de los dos primeros murales que pintó el chileno Oswaldo Barra Cunningham en el Palacio de Gobierno, un episodio de lo más divertido que mucho se ha comentado, y en el que vaya a usted a saber por qué artes como fue que una afamada prostituta ascendió a la pared del principal templo cívico de Aguascalientes, y ahí sigue desde entonces. Por cierto que mi conocimiento de este episodio se vio enriquecido con la entrevista que tuve el privilegio de hacerle a su autor, cuando en 1989 se apersonó de nueva cuenta en Aguascalientes para pintar otros dos murales en la sede del Ejecutivo estatal, el primero en la pared de las oficinas del gobernador y el segundo en el muro norte del primer patio y en el zaguán.

En síntesis, esta primera aproximación a aquellos años me llevó a la conclusión de que fue entonces cuando tuvo lugar el último gran conflicto entre la sociedad y el gobierno y que a partir de entonces, y desde la administración del profesor Olivares Santana(1962-68), Aguascalientes vive una perpetua luna de miel con sus gobernantes.

Finalmente, debo decir que conocí al ingeniero Ortega Douglas, a quien traté en un par de ocasiones, aunque quizá fuera un exceso afirmar semejante cosa, y más bien fui mudo participante en dos reuniones, una en su casa y otra en el restaurante La Codorniz Vagabunda, ubicado en la esquina de la avenida José María Chávez y la actual Avenida Ayuntamiento, que entonces no existía. Esta última reunión debió ocurrir hacia principios de 1976 -fue la primera ocasión en que escuché hablar de un vino blanco alemán muy popular, el liebfraumilch, que según la Wikipedia significa “leche de la mujer amada”, pero que yo recuerdo como “leche de virgen”, lo cual no deja de ser un contrasentido, muy poético, pero contrasentido. El hecho es que el ingeniero Ortega mandó traer una para rociar una reunión interminable en la que él era el centro.

No viene al caso informar cómo fue que fui a dar a esta comida en la que en rigor ni siquiera pronuncié palabra y más bien presté una atención concentrada en el personaje, al que ahora recuerdo como un hombre festivo, ligero, de invariable buen humor.

Ya le contaré más sobre esto. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).