Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Estoy contándole de mi más reciente publicación, un libro que recibió la luz del Sol bajo el sello editorial de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, y que lleva por título el mismo que estas líneas, aproximadamente. En entregas anteriores le conté cómo fue que conocí al ingeniero Luis Ortega Douglas, y ahora, si me permite, fantaseo con la imposible posibilidad, algo que ni el ingeniero Ortega ni yo teníamos en mente en aquel momento en que coincidimos en una comida a mediados de los años setenta del siglo anterior, coincidimos lo suficientemente cerca como para acercarme y decirle algo así como lo siguiente: “Mucho gusto, ingeniero. Permítame presentarme, yo seré su biógrafo político… Dentro de 40 años”; algo así, porque de eso se tratan estas líneas. Quizá me habría mirado con compasión, dudando de mi dicho, o tal vez con indiferencia, pensando en los años de vida que le quedaban -entonces andaría en los 65 años… Había nacido en 1911 y murió cinco años después, en 1980-, y contestaría que le daba lo mismo, dado que ya no estaría aquí para leer semejante biografía, en el caso de que efectivamente llegara a realizarse. Tal vez pediría objetividad y consideración de todos los factores en juego; tal vez. ¿Cómo saberlo? ¡Pura fantasía!

Pero bueno. Voy al grano. Por principio de cuentas me encanta la idea de ser pionero en un tema; de referirme a algo sobre lo que prácticamente no hay antecedentes. Ciertamente varios colegas hemos trabajado con anterioridad el asunto de los murales del Palacio de Gobierno, y en particular el doctor Luciano Ramírez Hurtado; el escándalo que provocó su realización, pero lo hemos hecho de manera aislada, sin profundizar prácticamente nada en el periodo.

Por mi parte le dedico a esta materia un apartado de un capítulo, pero lo hago buscando demostrar que es posible considerar a los murales, y en particular el primero, como un gesto modernizador del gobierno, en el contexto de la plástica que se puede apreciar en Aguascalientes.

La apuesta básica de mi trabajo, que estoy incluyendo en el título de estas líneas, es que como gobernador, Luis Ortega Douglas presentó a la sociedad una propuesta modernizadora de gobierno, que sin embargo se topó con la resistencia, no de la sociedad en su conjunto, sino de algunos sectores, que se sintieron afectados en sus intereses, muy concretamente de propietarios urbanos y los vitivinicultores, éste último sin duda el sector empresarial más fuerte de la época.

Esta propuesta modernizadora tuvo que ver con la manera de gestionar el gobierno, los elementos de la administración, e incluso la manera de cobrar impuestos, la duplicación del espacio administrativo -crecimiento del área física del Palacio de Gobierno- las tareas pendientes del desarrollo urbano, e incluso detalles aparentemente irrelevantes como el acto de documentar su gestión administrativa con cine, o el establecimiento de una oficina de prensa, etc.

Pero este tema de la resistencia es más profundo que lo anterior, y tiene que ver con nuestro equipamiento genético; nuestra forma de ser. Frecuentemente nos perturba lo desconocido, lo nuevo, y de entrada lo rechazamos; resistimos sin siquiera pasarlo por el cedazo fundamental de la reflexión. Quizá el ejemplo más accesible de esta forma de comportamiento nos lo ofrecen los niños frente a ciertos alimentos, que los rechazan porque sí, sin probarlos; nomás por contreras…

Esto fue lo que pasó con algunas iniciativas del gobierno de Ortega Douglas, y a final de cuentas esta resistencia no hizo sino retardar obras tan importantes como la Avenida de la Convención, y López Mateos, que cotidianamente prueban su valor.

Aquí tendría que decir que por lo menos los proyectos de estas dos obras no eran de Ortega, sino que venían de años antes, de la época en que gobernó el estado el ingeniero Jesús María Rodríguez Flores, El chapo (1944-50), pero que quedaron en fase de planeación, dada la resistencia que enfrentaron.

Y ahora, si me permite, quiero fantasear un instante con aquello del “hubiera no existe”… En el transcurso de la primera mitad del siglo anterior Aguascalientes perdió algunas industrias importantes. Desde luego el ferrocarril siguió siendo el principal establecimiento fabril de la ciudad, pero se perdieron dos, una fábrica de productos de maíz y otra de jabón. No es que fueran las grandes industrias ni mucho menos, pero el impacto emocional fue importante y muchos fueron poseídos de la idea de que Aguascalientes no podía industrializarse. ¿Por qué? ¡Cómo!, si somos la tierra de la gente buena, si nuestra mano de obra de muy buena calidad, si nuestra ubicación geográfica es inmejorable. ¿Entonces, por qué no podemos atraer nuevas inversiones? A esto habría que sumar los esfuerzos infructuosos para establecer una fábrica de carros de ferrocarril; aprovechar algo de la infraestructura que había quedado en desuso de la fábrica de productos de maíz, y aprovechar la cercanía con las vías del ferrocarril. Aquí habría que preguntarse qué era en realidad lo que obstaculizaba el logro de estos objetivos. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).