Moshé Leher

Imposibilitado, aquí en mi torre de marfil que es este sauna doméstico, de desenmascarar al impostor que se hizo pasar por mí durante los festejos ya concluidos, hasta donde entiendo (algún aprendiz de flamenco pega berridos intentando una bulería en mi vecindario, según escucho), tuve que responder, hoy por cienmillonésima vez, que a mí en la verbena esa me fue de perlas, por el sencillo motivo de que no me paré, más allá de la plaza de toros.

-¿Cómo te amaneció de Feria?- me preguntaba uno, esta mañana, al verme hacer ejercicio en el gimnasio donde trato, en vano, de mantener la juventud ya ida.

Le contaba, amén de que este es el año 19 en que no me acerco por allí, que ayer me acerqué al perímetro, pues tenía una invitación de mi querido Ramón Ávila a un programa de televisión, de esos que él hace con asiduidad encomiable, que transmite en un restaurante sito en las inmediaciones, pero ya fuera del perímetro ferial.

-Llegué a las 4 de la tarde, luego de llegar al lugar por calles casi desconocidas -le explicaba-, para no tener que meterme al tráfico; hice el programa, charlé un poco con Ramón, terminada la transmisión y, luego, él se fue a la corrida que cerraba al serial y yo, por donde vine, a mi casa.

Se unió a la conversación otro conocido mío. A ambos les conté de un año en que comencé mi trimestre de rigor de abstemio, que suelo cumplir los tres primeros meses de cada año, y lo fui prolongando mes con mes hasta llegar a agosto; Aquel año, les contaba, fui dos o tres veces a la verbena, yo era joven y dado a la jarana, y me sucedieron dos cosas: la primera, que sin copas encima pude ver que a eso de las once, doce de la noche, el ambiente comenzaba a cargarse de agresividad: miradas desafiantes, puños apretados, pequeñas bandas de camorristas buscando bulla, una circunstancia que suele pasar desapercibida a los que a esas horas ya están por el mismo tenor.

El segundo asunto es que, asalariado y pobre como estaba entonces (ahora ya solo estoy pobre), notaba que el dinero, que se esfumaba en esas noches vaporosas de verbena, duraba en mi cartera de manera casi milagrosa, de tal manera que llegaba al día de paga con reservas en el bolsillo, mientras que en otras circunstancias el dinero que yo recibía el viernes se había esfumado para la madrugada del domingo, cuando mucho.

-Y eso que eran otras ferias -medió el primero.

Luego un tercero, que también se unió al chismorreo, nos hizo un inventario de los más que abusivos precios que allí se aplican a los feriantes de hoy en día: platillos mal cocinados a quinientos pesos, o botellas que valen en un supermercado 300 pesos y allí se venden a dos, tres mil pesos, lo que confirma mi tesis de que la crisis de la que tantos se quejan -nos quejamos- es una alucinación colectiva que desaparece al cuarto jaibol.

Entiendo, por supuesto, la necesidad de estas experiencias colectivas donde se borran los límites de la moral, que Fromm llama ‘orgiásticas’ y que la Kristeva analiza en su estudio sobre el carnaval: experiencias colectivas que sirven de catarsis para sociedades sumidas en una normalidad alienante, por más que yo ya superé esa etapa, y entiendo la peculiar contingencia de la urgencia de un desahogo colectivo, luego de dos años en que el confinamiento desató vaya usted a saber cuántos de nuestros demonios interiores, tras dos años de suspensión de cualquier noción de normalidad, con ese encierro que, entiendo, está causando una epidemia de neurastenias.

Había también motivos políticos, también explicables, para echar la casa por la ventana: querían una Feria que expresara su éxito en la concentración ingente de multitudes y entiendo que lo lograron. Y con creces: prueba superada.

Lo que sigue, a mi entender, es comenzar a estudiar, insisto, un modelo de fiesta abrileña que no nos desborde, pues lo que sigue es batir marcas superlativas sobre concentración de ebrios y derroche de dinero gastado en alcohol, en el entendido de que si esto sigue creciendo año con año, el perímetro e instalaciones del festejo de un futuro próximo comenzará en los suburbios de Calvillo, so riesgo de pronto extenderlo a Jalpa, Zacatecas. Y eso por el poniente, pues ya puestos a crecer con síntomas de elefantiasis un mal día para ir de un restaurante sito en Rincón de Romos, a la Plaza Monumental y de allí a un antro en La Labor, habrá que trasladarse o en helicóptero, o en una futura versión local del Tren Maya.

Pero mejor ya no doy ideas, porque no vaya a ser…

¡Shavúa Tov!

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