Víctor Hugo Granados Zapata

El 23 de mayo se conmemora el Día del Estudiante y con ello la sociedad reconoce la lucha de las y los estudiantes que en 1929 buscaban la autonomía de la Universidad Nacional Autónoma de México y al final no sólo lo consiguieron, sino inspiraron a millones de estudiantes que años después saldríamos a las calles a exigir nuestros derechos, expresar nuestros pensamientos y sobre todo a no quedarnos callados ante las injusticias que nos acontecen a diario. Por otra parte, esta inspiración se ha visto incrementada por diferentes factores que inciden en la educación superior, comenzando por la falta de recursos y la enorme desigualdad que tenemos en nuestro país. ¿Cómo podríamos quedarnos de brazos cruzados viendo cómo el Estado violenta los derechos de nuestros compañeros?, ¿cómo podríamos aceptar un Estado represor? Las y los estudiantes somos el motor de transformación generacional, nuestro deber es salir a cuestionarlo todo, sin embargo, la realidad en México siempre termina superando la ficción… en este caso, para mal.

Si viajamos un poco al pasado, podremos recordar uno de los sucesos más escalofriantes de nuestra historia contemporánea, la matanza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968. Orquestada por el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz y su secretario de gobernación Luis Echeverría Álvarez, esta acción de represión estudiantil que consistió en abrir fuego a una protesta pacífica que buscaba el respeto a la autonomía de la UNAM y del IPN (debido al arresto de diferentes estudiantes dentro las instalaciones de dichos campus), pasaría a la historia por ser uno de los grandes monumentos a la represión, la violación a derechos humanos, el uso discrecional de las fuerzas armadas y, sobre todo, de cómo la crítica se callaba a balazos. Muchos estudiantes desaparecidos, otros arrestados y unos cuantos con “averiguaciones previas” (figura del sistema penal anterior) por tener complicidad en delitos como vandalismo, sedición e incluso de contrabando de armas. El ministro en retiro José Ramón Cossío Díaz desarrolla con mucha precisión este tema en su libro Biografía Judicial del 68, donde a través de un extenso análisis de los expedientes judiciales de aquella época nos muestra cómo se utilizó el derecho penal, los policías y a las instituciones de impartición de justicia para tratar de incriminar a estudiantes de ciertos delitos, sin pruebas ni testimonios concretos, sosteniendo un común denominador entre todos: que eran comunistas o tenían relación con grupos de esta misma naturaleza; de esta manera, el Dr. Cossío nos ilustra una de las actuaciones judiciales más deplorables en la historia de nuestro país, evidenciando la poca independencia que tenían los juzgadores en aquella época y el miedo que se le tenía a la crítica, pero sobre todo a la voz de los estudiantes.

Ojalá este tipo de eventos tan tristes fueran producto de una época de autoritarismo e impunidad, sin embargo, con el paso de los años se fue sofisticando la represión estudiantil y socavando aún más la libertad de expresión de los estudiantes. En 2014 ocurrió otro acontecimiento similar en el Estado de Guerrero, específicamente en el municipio de Iguala, donde 43 estudiantes de la escuela normal de Ayotzinapa fueron desaparecidos por militares del batallón 27 de Iguala y policías municipales. El contexto de este terrible caso fue una respuesta tras los enfrentamientos en Chilpancingo entre elementos del Ejército y estudiantes normalistas, donde estos últimos secuestraron 4 camiones el 29 de septiembre para trasladarse a las manifestaciones en Ciudad de México (por la conmemoración del 68), sin embargo, estos fueron interceptados por policías, quienes posteriormente abrirían fuego contra ellos debido a la resistencia que mostraron los normalistas. Horas después del suceso, varios estudiantes fueron asesinados por elementos de seguridad pública, mientras que se perdió el rastro del resto de los estudiantes. Días después del suceso, se encontraron fosas clandestinas con 28 cadáveres sepultados, sin embargo, no se pudieron identificar con certeza si éstos pertenecían a los estudiantes normalistas desaparecidos tras los conflictos con la policía y el ejército la noche del 29 de septiembre. De manera muy breve acabo de describir uno de los crímenes de Estado más impactantes que hemos tenido en los últimos años, sin mencionar el efecto que tuvo hacia las futuras generaciones que hoy en día vivimos con el miedo de salir a protestar cuando el Gobierno esté violentando nuestros derechos.

¿Aún seguimos teniendo casos así? Desafortunadamente sí. El martes 18 de este mes, un grupo de estudiantes de la Normal Rural Mactumactzá, en Chiapas, se manifestaron en una carretera de la misma entidad con la finalidad de que se les permitiera hacer su examen de ingreso de manera presencial, dado que no tenían el equipo necesario para hacer dicho examen a distancia. La respuesta de la policía fue detenerlos a los 95 estudiantes (74 mujeres y 21 hombres), quienes tuvieron que estar en prisión preventiva debido a los cargos que se les estaban imputando. El pasado domingo dejaron en libertad a las 74 mujeres estudiantes, retirándoles los cargos, mientras que el resto de los estudiantes hombres siguen privados de su libertad. ¿Cuál fue la causa que originó que salieran a manifestar? La brecha educativa tan extensa que vivimos hoy en día. ¿Cuál fue la respuesta del Gobierno del morenista Rutilio Escandón Cadenas? Criminalizar su protesta. Parece que los estudiantes no son respaldados por ningún Gobierno, ni siquiera por aquellos que se hacen llamar de izquierda.

La voz de las y los estudiantes siempre será pesada, transgresora, progresista y disruptiva; sin embargo, es nuestra voz la que promueve el cambio en la sociedad, la que visibiliza las injusticias que vivimos todos los días y que muchas personas se niegan a ver. Somos nosotros quienes representamos la lucha por un cambio al sistema que muchas veces nos ha obligado a callar por expresar lo que pensamos, por seguir líneas políticas diferentes, por manifestarnos por el hartazgo de los malos gobiernos, por pedir condiciones básicas para poder seguir estudiando… por querer mejorar nuestra situación y la de los demás. Estos días que celebramos a los estudiantes, hay que entender el sacrificio que han hecho miles de estudiantes para que hoy en día contemos con una representación digna, autonomía universitaria y una voz en la sociedad, y la mejor manera de rendirle homenaje a nuestros compañeros que ya no están con nosotros es seguir luchando por un mejor país. No los olvidemos y continuemos con su legado.