Luis Muñoz Fernández

Cuando alguna persona sabe cuál es mi especialidad médica, la Anatomía Patológica o Patología, y se entera de que dedico buena parte de mi actividad profesional al diagnóstico del cáncer, suele preguntarme si ya sabemos qué lo causa. Invariablemente, mi respuesta es la siguiente: conocemos las causas de algunos tipos de cáncer, pero, en general, sabemos mucho más sobre los mecanismos que transforman una célula normal en una maligna, que sobre la causa o causas específicas de muchos de los tumores que afectan al ser humano.

Hoy sabemos que alrededor del 20% de los cánceres humanos en todo el mundo está relacionado con algún virus. De todos esos virus cancerígenos, los más importantes desde el punto de vista sanitario son el virus de la hepatitis B y el virus del papiloma humano (VPH). En realidad, los virus del papiloma humano constituyen una familia formada por unos 70 tipos genéticamente distintos.

La historia de cómo hemos ido conociendo el papel que juegan algunos virus en la aparición de ciertos es muy interesante y sólo tiene poco más de un siglo. Empezó hacia finales del siglo XIX, cuando un microbiólogo ruso llamado Dimitri Ivanovski descubrió que la causa de la enfermedad del mosaico del tabaco, una plaga que provocaba grandes pérdidas en estos cultivos, era algo mucho más pequeño que las bacterias comunes, tal vez una bacteria diminuta o una especie de veneno. Martinus Beijerink, un microbiólogo danés, llegó a la misma conclusión en 1898 y llamó al agente infeccioso contagium vivum fluidum (un líquido vivo contagioso o “virus”). Desde luego que los virus no se harían visibles sino hasta el desarrollo del microscopio electrónico a finales de los años treinta del siglo pasado.

Los estudios y descubrimientos de los científicos que se dedicaron a estudiar la relación entre los virus y el cáncer a lo largo del siglo XX nos ayudaron a entender mucho mejor cómo funcionan nuestras células, en especial cómo se reproducen, e impulsaron el desarrollo de la biología molecular, la rama de la biología más importante y con mayor impacto de la actualidad, cuyas aplicaciones en el diagnóstico y tratamiento de los tumores malignos están cambiando el rostro de nuestro combate contra el cáncer.

Tomemos como ejemplo el caso del virus del papiloma humano o VPH, que causa el carcinoma cérvico-uterino (cáncer del cuello de la matriz) y varios tumores malignos en la región anogenital, la cabeza y el cuello. Es un virus que se transmite por contacto sexual, tal como lo supuso el cirujano italiano Domenico-Rigoni Stern en 1842, cuando notó que el carcinoma cérvico-uterino era mucho más frecuente en mujeres casadas que en monjas y mujeres vírgenes.

A principios del siglo XX, Richard Shope descubrió que la causa de las verrugas en forma de cuerno –aparatosas pero benignas– que aparecían en la piel de los conejos se debía a la presencia de un virus. Junto a Peyton Rous en el Instituto Rockefeller de Nueva York, que ya había encontrado un virus que producía cáncer en la pechuga de las gallinas, demostró que si inyectaba el virus de las verrugas de los conejos en los tejidos profundos de estos animales se desarrollaban tumores muy agresivos. Se trataba del VPH. Rous recibió por todos estos estudios el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1966.

Hacia la década de los setenta, Harald zur Hausen, un científico alemán, pensó que el VPH era responsable del carcinoma cérvico-uterino. Tras muchos años de trabajo en el laboratorio, en 1983 logró encontrar en las biopsias de aquellas mujeres el material genético del VPH que, como el nuestro, es el ácido desoxirribonucleico (ADN). Este descubrimiento lo hizo merecedor del Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 2008.

Michael Anthony Epstein, un patólogo inglés, se empezó a interesar en un tipo de cáncer frecuente en cierta región de África tropical cuando en 1961 escuchó en Londres a Dennis Parsons Burkitt, un cirujano irlandés que había estudiado y tratado varios casos de un tumor que crecía en la mandíbula de un número llamativo de niños ugandeses. Epstein pensó que ese cáncer podía tener relación con un virus transmitido por la picadura de algún insecto debido a que los casos eran especialmente frecuentes en aquella parte de África ecuatorial. Le pidió a Burkitt que le enviara muestras de los tumores y de la sangre de los niños afectados. Tras más de veinte intentos infructuosos, en 1963 y con la ayuda de su asistente Yvonne Barr, el doctor Epstein pudo ver con el microscopio electrónico (que había aprendido a usar con el biólogo celular George Palade en el Instituto Rockefeller) las partículas virales en una de las muestras enviadas por Burkitt.

Tras décadas de trabajo, Michael Epstein fue reconocido como el primero que demostró que un virus era el agente causal de un cáncer en seres humanos. Hoy sabemos que el virus de Epstein-Barr está relacionado con varios tipos de cáncer, entre ellos el linfoma de Burkitt, el linfoma de Hodgkin, algunos linfomas de pacientes con sida, el carcinoma nasofaríngeo y otros carcinomas similares en otros órganos como en el estómago y la enfermedad linfoproliferativa postrasplante. Juntos suman 200 mil nuevos casos de cáncer cada año en todo el mundo.

Michael Epstein ingresó como miembro de la prestigiosa Royal Society en 1979 y fue nombrado caballero del Imperio Británico en 1991. El pasado 6 de febrero de 2024, hace apenas unos días, falleció.

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