“Odiado y temido. Estoy muerto para todo el mundo. Escúchame: yo soy
el monstruo al que los hombres vivos matarían. Yo soy Drácula.”

COLUMNA CORTERecientemente, el autor de ascendencia irlandesa Bram Stoker cumplió 166 años de su natalicio. Escribió varios relatos cortos y algunas novelas que abordaron temas históricos e incluso dramáticos. Sin embargo, su nombre logró atravesar océanos de tiempo con una sola obra, donde su protagonista análogamente sería inmortal tanto en su contexto narrativo como en la realidad, una vez que se incrustó en el gusto colectivo: “Drácula”. Dado a luz por las leyendas valacas que hablaban de los misteriosos seres que moraban en las sombras para alimentarse de la núbil sangre de infantes y doncellas, esta singularidad histórica procede de los mitos perpetuados en la cultura rumana de Vlad, el Empalador, monarca que sobrepasaba cualquier concepto imperial debido a su peculiar gusto por la incrustación de gigantescas estacas en la anatomía verticalizada de sus enemigos. Hubo quienes aseguraron verlo beber la sangre de ellos e incluso comerse a algunos (la Condesa Bathory, otra figura hagiográfica, tomó nota y procedía a enjugar su cuerpo con hemoglobina fresca y cálida, dando pie a su propia leyenda). Folclor aparte, Stoker contempló en estos relatos populares la posibilidad y el potencial para estructurar una historia que abordara estos siniestros hechos y transformarla en una novela, donde la indiscutible atención recaería en un no-muerto de alcurnia, que proyectaba toda la decadencia de la aristocracia en el género romántico (no es casualidad ni caprichoso su nombramiento de Conde). Aun cuando la narración se poblaba de numerosos personajes meramente mortales, algunos incluso de potente autonomía, como Jonathan Harker, el agente de bienes raíces que vende al siniestro caballero una propiedad en Londres, o la mismísima Mina, prometida de Jonathan que sucumbe a la embestida feroz de este ser y lucha por no doblegarse ante él. Esta entidad, a la que definen como un “vampiro”, no es otra cosa más que la antropomorfización del terror colectivo, una bestia con piel de humano que, como un tiburón o una hiena, sólo busca alimentarse. Para ello fragua el exterminio de nosotros, mero ganado para saciar su apetito. Era inevitable que tan fascinante noción trascendiera y a partir de su estreno en librerías, “Drácula” ha sido hasta la fecha, no tan sólo un perenne éxito literario, sino además una de las integraciones culturales más exitosas, pues no deja de fascinar que incluso en lugares tan alienados a la cultura occidental como Pakistán o Laos, les sea familiar, al punto de consolidarse como referente. Un vampiro que concilia a la comunidad global mediante su apreciación.
Desde sus inicios teatrales e incluso cinematográficos, algo quedó muy claro con respecto al personaje: jamás se pretendió que de una forma u otra su naturaleza nocturna y cruel se diluyera con los rosados ácidos del romance (el mismo Stoker así lo manifestó en varias ocasiones cuando se le cuestionaba sobre la animalesca condición de este villano, pues creía que se trataba del adversario definitivo para una humanidad acallada y sometida por vías litúrgicas). Y sin embargo, diversos autores, tanto literarios como fílmicos, siempre vieron en el personaje una vena de tensión erótica que explotaron desde diversas ópticas. Frederich Wilhelm Murnau, cineasta pionero en el movimiento expresionista alemán durante la década de los años veinte, realizó una versión mutada del texto de Stoker, pues para cuando el director trató de llevar al cine esta obra, el autor ya había muerto y su viuda se resistía a lo que ella llamaba “banalizar su magnum opus mediante un entretenimiento tecnológico de feria” (recordemos que el cine aún no se validaba como expresión del arte en aquellos incipientes años). ¿El resultado? La maravillosa, sugerente y atmosférica “Nosferatu, Eine Symphonie des Grauens” (1922), donde el Conde Orlock, interpretado hipnóticamente por un Max Schreck caracterizado memorablemente, reproducía las acciones relatadas en la novela, al igual que el resto del reparto, y en sí, toda la historia no era más que una adaptación no oficial del exitoso libro, destacando las cualidades monstruosas del protagonista al llevar una letal plaga al Nuevo Mundo para arrasar con sus pobladores. Las reacciones no se hicieron esperar y rápidamente se consagró al personaje hematófago como un hito. A posteriori, Bela Lugosi fue el encargado de llevar la primera versión oficial a la pantalla grande en 1932, una vez conquistados los escenarios teatrales europeos interpretando al ahora famoso Conde. Su acento húngaro y la apostura regia que tenía acentuaron las características nobles de Drácula, seduciendo mediante el sardonismo y no con miradas lascivas o sugerentes. Su interpretación se tornó icónica y sólo se vería igualada con la intervención de Christopher Lee 30 años después a través de la Hammer Films (aun si hubo incontables intentos por incontables actores de arrebatarle el manto. Ni el mismo Lugosi pudo escapar de la gigantesca sombra que le confirió el vampiro). Lee se mostró aún más feroz y brutal, dejando en claro que el Conde, aún si su sustento provenía de voluptuosas doncellas llamadas Ingrid Pitt, nunca rozó el enamoramiento, y para muestra bastan los ojos inyectados de sangre que constantemente vemos en su demoníaca mirada para comprender que los vampiros no están hechos para enamorarse.
Durante los años setenta y ochenta brotaron incontables filmes que colocaron al Conde Drácula en innumerables situaciones y géneros, donde los directores y guionistas de la época sólo podían visualizar chispas de amor si se trataba de comedias (¿el peor pero más claro ejemplo? “Amor a la primera mordida”, con el eterno heteroflexible George Hamilton), hasta que Francis Ford Coppola cambió las reglas del juego con su oronda y majestuosa adaptación, eligiendo a Gary Oldman como un ser de la noche erotizado que supura pasión por su amada resucitada con el rostro de Winona Ryder (elemento ausente de la novela, cabe destacar). Coppola supuso que era la única forma de legitimar el relato sin caer en una línea de explotación o de reciclaje a versiones pasadas. Amén de una interesante puesta en escena y diversas jugarretas plásticas, la película en su médula es una historia de amor, y el motor mediante el cual se propulsó una motivación y excusa para ver a los vampiros como inmortales galanes incomprendidos. Más dañinas fueron las novelas de Anne Rice, ahora una cristiana conversa que se empeñó en mostrarlos durante la era de la música disco como pálidos poetas soneteros que sólo viven para dudar de su condición vampírica y promover el evangelio de la metrosexualidad.
El culmen lo encontramos actualmente con “Crepúsculo”, una saga de a mentiras que lo único que ha provocado es que se añore aquella época cuando de la boca de un vampiro brotaban afilados colmillos diseñados para desgarrar a su manjar humano. Una reflexión sería: todo debe ser procesado hasta arrebatarle cualquier vestigio de su elemento original para su consumo masivo, llámense papas fritas, hamburguesas, presidentes o hematófagos. Una estaca en el corazón para cualquier seguidor de estos profundos personajes, otroras dueños de la noche.

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